Los refugiados sirios se mueven con cuidado por la jungla urbana de Ammán

Abdul faces many difficulties in exile. He is unfamiliar with Jordan and worries about getting along as well as how to make a living. But at least he feels safe. [for translation]

Abdul ve la televisión con su familia en el piso de Ammán en el que viven. Lleva retraso en el pago de la renta y no sabe cuánto tiempo más les dejarán quedarse.  © ACNUR/J.Kohler

Ammán, Jordania, 31 de Mayo (ACNUR) – Abdul, un refugiado de 37 años, originario de la ciudad de Alepo, en el norte de Siria, se mueve por las míseras calles del distrito de Al Ashrafyeh en Ammán con sospechoso cuidado.

Este hombre menudo, padre de cuatro hijos, uno de ellos enfermo, intenta no permanecer demasiado tiempo en la calle y cuando sale de casa, no se relaciona con nadie. "En el barrio no me meto con nadie", dice. "No digo nada. No tengo trato con ellos".

La tensión se percibe claramente en Al Ashrafyeh, barrio al que en los últimos meses han ido llegando familias sirias en busca de refugio. En esta comunidad, que dista de ser próspera, existe preocupación por la carga que puede significar la presencia de los refugiados.

"Las rentas han subido un cien por cien", dice Mohammed, un electricista de 27 años que ha pasado toda su vida en este orgulloso barrio. "Los propietarios de las viviendas prefieren alquilárselas a sirios porque pueden aprovecharse de ellos e intimidarlos y cuando se cansan, pueden mandarles que se vayan a cualquier otro lugar".

El pasado y el presente van dejando a Abdul con la sensación de que el mundo se va estrechando a su alrededor. Todavía no está acostumbrado a Jordania y está preocupado por integrarse pero también por cómo ganarse la vida; además de todo esto, Mahdi, uno de sus hijos, tiene diabetes.

La vida de Abdul en la gran urbe de Ammán, capital de Jordania, refleja en buena medida el tipo de crisis de refugiados que está teniendo lugar. Más de 800 días de guerra civil han puesto a la población en una situación extremadamente difícil y este creciente acoso está haciendo huir del país a unos 250.000 sirios al mes. Muchos de ellos llegan a Ammán, a Beirut en el Líbano y a otros centros urbanos donde intentan encontrar una forma de ganarse la vida.

Este conflicto es una amenaza para toda la región y supone una importante presión para los gobiernos y comunidades que acogen a los refugiados y que ya han dado repetidas muestras de generosidad. La proporción de refugiados sirios en Jordania alcanza un asombroso diez por ciento de la población. Como Abdul, el 75 por ciento de los refugiados no vive en campamentos, por lo que su presencia pondrá a prueba a toda la sociedad.

ACNUR ha empezado a proporcionar apoyo económico a 40.000 personas que necesitan esta ayuda desesperadamente. Las familias reciben una media de 125 dólares al mes como contribución para el pago del alquiler y para cubrir otras necesidades básicas. Si dispusiera de más financiación, la agencia podría distribuir ayuda a otras 4.000 familias más en cuestión de días.

Para ACNUR, el caso de Abdul es un ejemplo de esta nueva realidad a la que se enfrenta la agencia y que está obligando a tomar una serie de decisiones muy difíciles. "¿Quién es más vulnerable?" pregunta Volker Schimmel, que dirige la unidad de ACNUR sobre el terreno. "¿Una familia de diez personas encabezada por una mujer sola o una familia de cuatro personas con dos niños discapacitados? Este es el tipo de decisiones que nos vemos obligados a tomar en estos momentos".

Lo que más preocupa a Schimmel es que estas decisiones puedan hacer que las mismas familias a las que ACNUR está intentando ayudar se vuelvan aún más vulnerables: puede que los niños se vean obligados a trabajar o que las madres tengan que recurrir a medidas desesperadas, incluso a la prostitución.

Abdul espera recibir ayuda para hacer frente al alquiler que no ha pagado en los últimos dos meses; le preocupa que el propietario los expulse. "Espero que ACNUR me ayude", dice.

El mecanismo al que ha recurrido Abdul para soportar esta situación ha sido encerrarse en sí mismo. Se sienta en uno de los cuatro colchones donados por ACNUR y pasa horas viendo la televisión y fumando un cigarrillo tras otro. Comportarse así le está haciendo perder la confianza sí mismo y le hace hablar en voz baja de su vida en Siria.

Abdul podría, con toda seguridad, estar haciendo cosas más útiles por su familia, pero su mente vacila entre el pasado y el presente. Llegó a Jordania desde Alepo el pasado día uno de enero, traumatizado por la guerra.

Antes de huir vio como su tío estallaba, literalmente, delante de él, en la calle, mientras caminaba frente a su casa. No sabe lo que le mató. "No estaba luchando. No combatía en ninguno de los bandos", dice Abdul, casi en susurros. "Estaba simplemente caminando por la calle, hubo una explosión y murió".

En noviembre del año pasado, había huido de su hogar con su familia para instalarse en una escuela de la ciudad. Escuchaba llorar a sus hijos cuando las bombas explotaban y sonaban los disparos. Cada noche, a medida que fue empeorando la violencia, su llanto se iba haciendo más intenso y más desesperado. "Hay una gran diferencia entre estar aquí y estar en Siria", dice. "Aquí estamos seguros. En Siria no estamos seguros".

Por Greg Beals desde Ammán, Jordania

Gracias a la Voluntaria en Línea Ana Muñoz Pérez por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.