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Personas mayores obligadas a huir de las maras en El Salvador

Historias

Personas mayores obligadas a huir de las maras en El Salvador

Amenazada de muerte por las maras, Margarita Ramírez* huyó a México, donde empieza su vida de nuevo a los 72 años.
7 April 2017
Margarita Ramírez, una refugiada de El Salvador, en su nuevo hogar en México.

Margarita Ramírez* ya sabía quiénes estaban llamando a su puerta nada más escuchar los fuertes golpes. Cuando entreabrió la puerta vio a varios miembros de la pandilla Barrio 18, que controlaba el barrio en el que vivía.


"¿Dónde está tu hijo?", preguntó de forma calmada uno de ellos.

Margarita, que se ganaba la vida vendiendo pan en un pequeño puesto ambulante en su ciudad natal, en el oeste de El Salvador, reconoció a muchos de los pandilleros que llegaron a su puerta esa noche. Desde hacía años mantenía una frágil paz con estos jóvenes, dándoles pan para así llevarse bien con ellos. Pero todo cambió cuando la pandilla comenzó a acosar a su hijo José, de 37 años, dueño de una pequeña tienda de ultramarinos. No había podido pagar el "impuesto de guerra" que le exigían y ahora se escondía en casa de Margarita.

"¿Mi hijo? No lo sé. Él no está aquí", respondió Margarita fríamente.

Mientras tanto, José recorrió silenciosamente la habitación trasera, saltó por una ventana y huyó a todo correr por el callejón. S alió del barrio y nunca volvió. "Yo estaba ahí de pie, mintiéndoles, y sólo le pedía a Dios que me diera fuerzas, porque mi corazón hacía: bum, bum bum", dice, golpeando su pecho. Aquella tarde logró engañarles. Pero al día siguiente regresaron con una amenaza: "o nos lo entregas o nos deshacemos de ti como venganza".

Esa fue la gota que colmó el vaso. Margarita sabía que tenía que irse. Con sólo una pequeña bolsa de ropa, esta mujer, de 72 años, partió antes del amanecer, se dirigió a la estación de autobuses más cercana y salió de El Salvador para siempre. Aquella noche, llegó al río que delimita la frontera entre México y Guatemala y lo cruzó en una balsa improvisada.

"No sabía nada de México cuando vine aquí", dice. "No conocía a nadie. Ni siquiera sabía que tendría que cruzar un río. ¡No sabía nada de nada!"

Un número creciente de hombres, mujeres y niños están huyendo de las pandillas callejeras o maras, cuya influencia se extiende por todo El Salvador, Guatemala y Honduras, donde cometen delitos que van desde el narcotráfico, la extorsión y el robo hasta la violación y el asesinato. Entre los solicitantes de asilo en México de los llamados países del Triángulo Norte de Centroamérica, hay cada vez más personas mayores como Margarita, que enfrentan dificultades específicas.

"Comenzar de cero en un nuevo país es muy difícil, pero puede ser aún más difícil para los refugiados mayores", explica Mark Manly, representante de ACNUR en México. "Muchos de ellos son los pilares de su familia y de su comunidad, pero otros se enfrentan a problemas particulares debido a enfermedades o al peso de los años".

Tras llegar a México a mediados de 2016, a Margarita se le reconoció la condición de refugiada y ahora es residente legal en México. Gracias a la ayuda económica de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, puede pagar el alquiler y obtener alimentos de un banco de alimentos. "En El Salvador, vi a personas de mi edad que caían y morían. ¡Vives todo el tiempo con una enorme tensión!", dice, al tiempo que destaca la oportunidad que le ha dado la vida de poder empezar de cero en el sur de México. "¡A los 72, me siento joven!".

Aunque sencilla, su pequeña casa de una habitación, con un fino colchón, una lámpara de mesilla y un pequeño armario, es para ella su hogar. Para mantenerse ocupada, ayuda a una pareja joven cuidando de su hija, de un año, que viven al lado. También ha encontrado trabajo a tiempo parcial como asistenta del hogar para otra familia cercana, lo que le da suficientes ingresos para salir adelante. Sueña con tener un puesto en el mercado local algún día. Mientras tanto, Margarita hace algo que nunca tuvo la oportunidad de hacer en El Salvador: estudiar. Abandonó la escuela a los ocho años, pero ahora r egresa a clase 64 años después.

"No sé leer bien, sólo mi Biblia, y no sé escribir", dice. "¡Y quiero aprender ahora que tengo la ocasión!"

A través de un programa iniciado por ACNUR y la Secretaría de Educación Pública de México, Margarita y otros refugiados que no pudieron terminar sus estudios básicos van a clase dos días a la semana para recibir un certificado de escuela primaria. El primer día de clase, Margarita, que saca varias décadas al resto de sus compañeros, se levanta la primera para presentarse.

"Estoy tan feliz y agradecida por poder estar aquí", dice. "Todos tenemos una gran oportunidad y me siento muy motivada viendo a todas las personas que han venido aquí y han elegido aprender".

*Los nombres han sido modificados por motivos de protección.

Por James Fredrick