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La historia de superación de una mujer que fue refugiada en México

Reyna tenía sólo 6 años de edad cuando su familia salió de Guatemala en 1982 a causa del conflicto armado que causó la muerte de cerca de 200.000 personas, en su mayoría civiles indígenas desarmados. La familia de Reyna, compuesta por sus padres y cinco hermanos, perteneciente a un pueblo indígena, huyó de Guatemala a pie cruzando la frontera hacia el lado mexicano. Llegaron a un poblado fronterizo, pero no pudieron quedarse mucho tiempo ahí por el alto nivel de inseguridad ocasionado por incursiones del ejército guatemalteco a territorio mexicano para amedrentar y realizar secuestros y por las devoluciones por parte de las autoridades migratorias mexicanas de los recién llegados, por haber ingresado ilegalmente al país. Reyna y su familia siguieron a pie buscando protección en otros lados y se escondieron en un rancho ubicado en zona montañosa.

"Allí no pudimos quedarnos mucho tiempo porque enfermé de paludismo y el rancho estaba alejado de todo, no había nada", dijo Reyna. Así, toda la familia se trasladó a otro pueblo mexicano para conseguir el tratamiento necesario. Sin embargo, como las autoridades mexicanas y el Ejército aún no lograban la tranquilidad en la región, el viaje en búsqueda de protección continuó hasta llegar a un pueblo donde vivieron dos años. "Nunca me olvidaré de todos los lugares donde estuvimos, de la generosidad de la gente mexicana que compartió todo con nosotros", añade Reyna.

En 1983 el Gobierno mexicano a través de la COMAR empezó a reubicar a los refugiados guatemaltecos en campamentos en los Estados de Campeche y Quintana Roo. Pero la mayoría de la población guatemalteca refugiada que se encontraba en Chiapas en la zona fronteriza y esperaba volver a su país lo antes posible no se trasladó a los campamentos. Entre ellos, Reyna y su familia, que decidió trasladarse junto a otras 50 familias a una zona ubicada en un bosque lejano de la frontera donde vivieron en carpas hasta que les construyeron cabañas.

Allí se quedaron 6 largos años, sin acceso a servicios básicos, sin educación, sin carreteras, aislados de todo: "para sacar agua había que caminar 45 minutos, después entrar en una cueva, sacar agua y caminar de vuelta otros 45 minutos cargando el agua en la espalda y en la cabeza", describe Reyna. Gracias a la intervención del ACNUR, se les brindó ayuda humanitaria y asesoría legal para el reconocimiento de su condición de refugiados y con el apoyo del Comité Cristiano de Solidaridad -los primeros en promover la educación de las niñas y niños refugiados- se instalaron escuelas comunitarias de primaria en los campamentos.


"Después de terminar la primaria no pude continuar; la escuela secundaria estaba muy lejos, así que, con 12 años de edad, me dediqué a hacer artesanías, tejer lo que representa nuestra cultura y vender los productos para tener un ingreso", dice Reyna. Tarea en la que siempre contó con el apoyo del Comité Cristiano de Solidaridad de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

A los 15 años participó en la primera asamblea de organizaciones de mujeres guatemaltecas refugiadas en México, que contó con la participaron de casi 1.000 mujeres, realizada en agosto de 1990. Como resultado se creó la Organización de Mujeres Guatemaltecas Refugiadas en México, "Mamá Maquín" con el fin de hacer partícipes de la vida comunitaria a las mujeres, promover la igualdad de género, defender sus derechos y participar en las negociaciones para un retorno colectivo y organizado a Guatemala negociado por las Comisiones Permanentes de Representantes de los Refugiados en México.

El ACNUR financiaba y organizaba talleres de capacitación para mujeres refugiadas y Reyna participó como representante de 3 comunidades, a las cuales debía visitar para transmitirles la información obtenida en las capacitaciones. Las integrantes aportaban su trabajo y su tiempo a la organización. "No había ningún medio de transporte para visitar las 3 comunidades y tenia que caminar hasta una hora y media", añade Reyna.


Con 18 años empezó a trabajar en la organización "Mamá Maquín", ocupándose junto con otras dirigentes de más de 100 campamentos, como respuesta a la solicitud de las mismas mujeres que poco a poco se enteraban de la existencia de esta organización. En este periodo Reyna pudo retomar sus estudios, trabajaba durante el día y estudiaba de noche, así logró terminar en 3 años la escuela secundaria, con asesoría del personal de Capacitación y Desarrollo Comunitario A.C. bajo un proyecto financiado por el ACNUR.

En 1992 empezaron a retornar los primeros grupos de refugiados y para 1997 la mayoría de ellos ya había regresado a su país. Sin embargo, Reyna permanecía en México: "no sabía qué hacer porque lo que viví, lo que conocí y donde crecí fue en México y al final decidí quedarme aquí y seguir con el proceso de naturalización", explica.


Inesperadamente la ONG "Investigación y Desarrollo Femenino" la invitó a participar en un programa de radio producido por mujeres refugiadas, transmitido en una radiodifusora instalada en la ciudad de Margaritas (Chiapas). Su voz no pasó desapercibida y sus mensajes dejaron huella. Poco tiempo después, Reyna empezó a trabajar en un programa de radio que buscaba educar a la población indígena chiapaneca, en su propio idioma, desde una perspectiva de género. El programa estaba dirigido principalmente a las mujeres y entregaba información sobre cómo integrarse en la vida comunitaria. Este trabajo le permitió a Reyna pagar sus estudios de bachillerato y su formación académica en Ciencias de la Educación.

Reyna, caracterizada por las ganas de seguir adelante y de aprender más, aplicó a una beca de la Fundación Ford para realizar una maestría en la Universidad de Chile sobre Estudios de Género y Cultura con Mención en Ciencias Sociales. Su tesis de grado la enfocó en el empoderamiento y autonomía de las mujeres campesinas en la organización MUSA (Mujeres Unidas Siempre por el Aprendizaje). "Acabo de terminarla y ahora sigo de camino hacia México donde espero poder aplicar lo aprendido y buscar trabajo".

Por Francesca Fontanini, oficial regional de información pública de ACNUR

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