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Tailandia: Comunidades en el sur abren sus puertas a quienes llegan por mar

Desde finales de enero el ACNUR ha visitado a mujeres y niños en siete albergues a lo largo del sur de Tailandia, así como a hombres en los centro de detención migratorios.

SONGKHLA, Tailandia, 12 de febrero (ACNUR) - Los albergues que acogen a mujeres son normalmente mantenidos secretos, en lugares confidenciales, para proteger la identidad de las víctimas de abusos y otras formas de explotación.

Pero uno de estos albergues en el sur de Tailandia, en la provincia de Songkhla, ha estado al centro de la atención después de ser visitado por los medios de información y la comunidad internacional. Todos quieren conocer a sus nuevos residentes, un grupo de 105 mujeres y niños provenientes del estado de Rakhine, en Myanmar. Ellos hacen parte de las 1.700 personas que han llegado recientemente en bote a las costas tailandesas y a quienes el Real Gobierno de Tailandia ha permitido permanecer en el país hasta que se encuentre una solución.

Amina*, de 30 años y madre de cuatro hijos, proveniente de Maungdaw en el estado septentrional de Rakhine, está agradecida por este alivio temporal. Ella dijo que la vida en su país se había vuelto insoportable después de los episodios de violencia intercomunitaria del año pasado. Rodeado por nueve pueblos rakhine, su pueblo perteneciente a la minoría musulmana se sentía constantemente en estado de sitio.

“Venían con cuchillos y otras armas”, mencionó. “Durante dos meses logramos protegernos, pero un día los vimos venir con fuego, fue entonces que decidimos irnos”.

Llevando sólo algunas bolsas de ropa, Amina huyó hacia el sur con sus hijos, que tienen entre cinco y trece años, refugiándose por breves períodos en los pueblos musulmanes que encontraban a lo largo del camino. Al final recibió una llamada de un tío que le habló de un bote que estaba saliendo hacia Malasia, donde ya se había ido su esposo para trabajar. La familia logró llegar al puerto de salida y pagaron 200.000 kyat (alrededor de 234 dólares) para embarcarse en un bote hacinado, con otras 200 personas.

“Trajimos algo de arroz seco pero se terminó después de tres días. Podíamos tomar agua ahí, pero teníamos mucha hambre”, dijo Amina. “Estuvimos en el mar por 12 días, los niños sentados en mis piernas. A medida que nos acercábamos a Tailandia, la lluvia y el agua se hacían más fuertes. Teníamos miedo”.

Su odisea no terminó cuando llegaron a Tailandia. Amina relató que el grupo fue llevado por hombres no identificados hacia un bosque y después a una casa, donde permanecieron hasta que fue allanada por la policía, a mediados de junio. Después de pasar dos días en prisión, Amina y sus hijos fueron llevados a un albergue en Songkhla.

Desde la llegada del grupo, el albergue ha recibido una sorprendente cantidad de asistencia de parte de las autoridades locales, organizaciones y comunidades. Las donaciones incluyen comida, ropa, zapatos, jabones, detergentes y artículos sanitarios. Un paquete vino desde Chiang Rai, en el norte de Tailandia, a 1.500 km de distancia.

“En el principio, las donaciones se fueron acumulando. Tuvimos que movilizar algunos trabajadores para ordenarlas”, dijo una mujer que trabaja en el albergue. Hoy, grandes sacos de arroz, cajas de tallarines instantáneos, empaques de galletas y otros artículos están organizadamente guardados en tres cuartos del albergue.

Aquellos que requerían asistencia médica después del largo viaje y la posterior detención han sido llevados a hospitales locales. Los niños han sido vacunados contra las enfermedades más comunes.

Estudiantes de las cercanas universidades llevan alimentos cocinados todos los días, además de esto, las mujeres han empezado a cocinar, aprovechando también el kilogramo de sal y los cinco kilogramos de chiles frescos provistos diariamente a pedido por el personal del albergue. Los estudiantes también han organizado actividades recreacionales de artes, artesanía, baile y canto.

Sus anfitriones tailandeses están haciendo su mayor esfuerzo para que mujeres y niños se sientan como en casa, pero el idioma y las diferencias culturales están dificultando sus esfuerzos para adaptarse a la vida en el albergue. También el personal tiene dificultades para atender al numeroso grupo y ya se han solicitado refuerzos.

Cuando le preguntamos cómo le estaba yendo, Amina dijo, “Las personas son buenas y respetuosas. Puedo dormir sin problema. Pero mi esposo está en Malasia y quiero reunirme con él ahí”.

Desde finales de enero, trabajadores de la agencia de la ONU para los refugiados han visitado a mujeres y niños en siete albergues a lo largo del sur de Tailandia, así como a hombres en los centro de detención migratorios, para trazar un perfil más claro de sus necesidades de protección y humanitarias.

*Nombre cambiado por motivos de protección 

Por Vivian Tan, en Songkhla, sur de Tailandia