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Adultos mayores húngaros ayudan a los refugiados a encontrar un nuevo propósito

Al ayudar a otras personas, los refugiados dejan atrás sus traumas al tiempo que hacen nuevos amigos en una Hungría llena de escepticismo.

BUDAPEST, Hungría, 03 de enero de 2018 (ACNUR) – Rita lleva a un hombre mayor en su silla de ruedas por el corredor de su habitación. Mientras, Radwa arregla la mesa para el almuerzo. Las refugiadas, que se están capacitando para el cuidado de adultos mayores en un centro de atención húngaro, están aportando un valor agregado a una sociedad que ha recibido a los solicitantes de asilo con respuestas muy diversas.

“No es fácil ser mayor”, dice Rita Joy Osazee, de 32 años y proveniente del estado de Edo en Nigeria. “Siento un fuerte deseo de cuidar a las personas mayores. No sé por qué, pero lo amo”.

“Me gusta este trabajo”, dice Radwa, de 29 año y originaria de Damasco, Siria. “Requiere mucha paciencia y bondad, pero en algunas ocasiones quiero llorar cuando veo que hice feliz a un paciente”.

Rita y Radwa están tomando una capacitación en el hogar para adultos mayores Albert Schweitzer en Budapest. El curso es organizado por MigHelp, una ONG que tiene como objetivo ayudar a los refugiados y migrantes, dándoles habilidades profesionales.

MigHelp fue cofundada por James Peter, un ex refugiado de África, quien quedó conmocionado por la violencia que a veces veía en el centro de recepción de Bicske, el cual está ahora cerrado.

“Los musulmanes y los cristianos se pelean”, dice James. “Entendí que no era realmente por religión, sino por aburrimiento”.

James comenzó coleccionando equipos antiguos de computación y organizando cursos de computación. MigHelp ahora también ofrece cursos de idioma, manejo, cuidado de adultos mayores y cuidado de niños, con el fin de aumentar las posibilidades de que los refugiados tengan trabajo.

El curso de cuidado de personas mayores implica 60 horas de clases y práctica. Radwa ya ha completado 40 horas y llegó a conocer personalmente a muchos de los húngaros en el hogar.

“Permítanme presentarles a Ilona”, dice Radwa, trayendo a Ilona Karpati, de 93 años. Ilona, ??inmaculada con un vestido rosa, habla un inglés excelente. “Viví durante 46 años en Canadá, cerca de las Cataratas del Niágara”, dice ella. “Extraño Canadá pero vine a casa porque mi corazón está en Hungría”.

Ilona está feliz de ser atendida por los refugiados y disfruta de la oportunidad de hablar inglés con ellos.

“Son muy amables, encantadores y sonrientes”, dice ella.

Al preocuparse por los demás, los refugiados comienzan a dejar atrás los traumas que los forzaron a huir de sus hogares.

Radwa y su familia salieron de Siria debido a la guerra pero no vinieron a Europa en la afluencia de refugiados en 2015. Más bien, decidieron mudarse a Hungría hace cuatro años porque el padre de Radwa, Anas Al Nazer, había estudiado medicina aquí en la época comunista, y habla húngaro. Radwa, que estudió psicología en la Universidad de Damasco, ha enseñado árabe y ha hecho obras de arte en Hungría. Ella está casada y está esperando un bebé.

“Si ellos toman la comida que les das, significa que te aceptan”.

Rita llegó a Hungría junto con otros refugiados en 2015. Ahora ella trabaja en un restaurante pero espera dedicarse a la atención de adultos mayores.

“Me satisface trabajar con personas”, dice ella. “Les preparo el desayuno a los adultos mayores y los alimento. Si ellos no hablan inglés, usamos las señas y el lenguaje corporal. Si ellos toman la comida que les das, significa que te aceptan”.

Otras mujeres africanas que ya han concluido sus capacitaciones en el centro les dan consejos a Rita y a Radwa. Al venir de culturas donde los adultos mayores son casi siempre atendidos por sus propias familias, ellas están sorprendidas del enfoque que le dan los europeos al cuidado de los adultos mayores. “Trabajar aquí puede ser muy emotivo”, dice Mecy Asizu, de 30 años y refugiada ugandesa. “En ocasiones ellos lloran”.

Tamas Szebenyovszky, un cuidador que ha trabajado en el hogar por tres años, elogia la contribución de los refugiados, pero también dice que si esperan hacer de esta una profesión de tiempo completo, la comunicación será vital. “Mi mejor consejo es que tomen cursos de húngaro”, dice él.

Dejando de lado la barrera del idioma, Gezane Fekete parece satisfecha con el cuidado que recibe de las refugiadas. La viuda y bisabuela de 97 años está casi ciega y su audición es pobre. Ya no puede ir al salón de actos, pero escucha los servicios de transmisión de la Iglesia en una pequeña radio en su habitación.

“No tengo quejas sobre los refugiados”, dice ella. “Ellas se apresuran, corren por cumplir con su deber muy bien. Una de ellas me ayudó en el baño. Ella lo hizo rápido, agradable y sonriente. Solo puedo decir cosas buenas sobre ellas”.

Por Helen Womack.