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Atrapados en medio del conflicto de Ucrania, los jubilados luchan por sobrevivir

Bombardeos, minas terrestres y largas filas son algunos de los riesgos que enfrentan los residentes ancianos al intentar cobrar sus jubilaciones.

STARHONATIVKA, Ucrania, 23 de marzo de 2018 (ACNUR) - Svetlana Shuko trabajó durante décadas en la planta local de carbón,  y esperaba haber acumulado una pensión suficiente para su retiro.

Ahora, con el conflicto armado que divide Ucrania, ocho meses han pasado desde que recibió dinero por última vez.

Enferma de cáncer, apenas puede dejar su hogar en el devastado pueblo de Starhonativka y es gracias a sus vecinos y la organización no gubernamental Proliska que la jubilada recibe ayuda.

“Cuando mi esposo vivía, nunca sentí miedo”, dijo Svetlana, de 78 años, envolviéndose con una manta. Los bombardeos han devastado el área desde el 2014 y son tan intensos por las noches que las vibraciones la despiertan. “Me preocupa que si necesito protegerme en el suelo, tal vez no pueda volver a levantarme”.

“Es muy difícil continuar”.

Para cobrar su jubilación, Svetlana debe ir cada tres meses a una oficina en el pueblo para comprobar su identidad y pasar por el procedimiento de verificación ante las autoridades locales como una persona desplazada interna.

Junto a su esposo se mudó a Starhonativka hace más de 20 años pero la pareja nunca se registró como residente. Como resultado, la oficina de jubilaciones la clasifica como desplazada interna.

Ella piensa que el trayecto es difícil a causa de su precaria salud, por lo que evita los autobuses repletos de gente y viaja en un taxi. “Voy en el asiento trasero, apoyada en almohadas. Me es muy difícil continuar”.

El viaje cuesta 800 grivnas (30 dólares). Eso, más su medicación y costo de vida, deja a Svetlana con una jubilación de poco más de 1.700 grivnas (64 dólares), si puede cobrar.

Svetlana es una de casi un millón de ancianos desplazados internamente que viven en el este de Ucrania y que luchan por recibir sus jubilaciones. Muchos están demasiado débiles o aislados para desplazarse a realizar el proceso de verificación. Para quienes pueden hacerlo, existe la constante preocupación de bombardeos, minas terrestres y largas filas en temperaturas heladas.

En el puesto de control de Novotroitske, donde los civiles cruzan hacia territorio controlado por el gobierno, un grupo de ancianas temblaba en la nieve. Esperaban cobrar su jubilación.

“No he cobrado desde enero”, dijo Nelia, de 70 años y de la ciudad de Dokuchaievsk. “Solía trabajar en las canteras. Pero ahora no entiendo por qué no recibo mi dinero. Hace dos horas que espero en este puesto de control”, agregó.

Savik, de 74 años y de la ciudad de Donetsk, pasó dos días esperando para ser atendido por funcionarios de la oficina de pensiones de Volnovaja. La noche pasada durmió en una carpa climatizada en la estación de tren para guardar su lugar en la fila. “No entiendo”, dijo. “Nos ganamos esta jubilación”.

“No entiendo. Nos ganamos esta jubilación”.

Con una enfermedad terminal y sin sus hijos, que huyeron a Rusia luego de que comenzara el conflicto,  Svetlana está entre quienes dependen de Proliska, socio de ACNUR, la agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. La organización le ayuda a conseguir tratamiento médico, calentar su hogar, cocinar, limpiar y garantizar que sea atendida rápidamente en la oficina de jubilaciones para que no tenga que soportar la angustiosa espera. El año pasado, la ONG y otros socios ayudaron a ACNUR a brindar asistencia de invierno a 60.000 personas.

Sin embargo, la vida diaria sigue siendo un desafío para los ancianos desplazados internamente de Ucrania.

La casa de Svetlana está ubicada en una pequeña colina con vista el pueblo. La nieve o lluvia fuerte hacen imposible el viaje.

“Cuando el tiempo está seco, el auto llega hasta la casa”, explicó. “Cuando el tiempo es malo, simplemente no podemos ir. Hace dos semanas, cuando me caí y me quebré un brazo, la ambulancia quedó atascada en la nieve. Los médicos tuvieron que caminar”, añadió.

Aunque los bombardeos aterrorizan a Svetlana y ya está preocupada sobre el próximo mes –en el que tendrá que renovar su inscripción y viajar a otra sesión de quimioterapia-, es la muerte de su esposo, ocurrida dos años atrás, lo que más la entristece.

“Estuvimos casados por 56 años. Nos conocimos en Donetsk cuando fue lanzado al espacio el primer satélite Sputnik. Salí a la calle y él me preguntó a dónde iba. Entonces nos fuimos al parque a ver ese pequeño círculo en el cielo. Todo solía ser tan lindo, tan pacífico y tranquilo”.

Svetlana suspira. “Nunca podré reemplazarlo”.

 

Por Kate Bond

Gracias a la Voluntaria en Línea Patricia Ávila por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.