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“Bienvenidos a Uganda”

El autor de Cometas en el cielo y Embajador de Buena Voluntad de ACNUR, Khaled Hosseini conversa con refugiados que huyen de un Sudán del Sur azotado por la guerra.

Observando cómo Gladys, una joven refugiada de Sudán del Sur, pasa las páginas de un desgastado álbum con viejas fotos de familia, mi mente recuerda a mi joven yo. En 1983 yo estaba en secundaria. Era responsable de mis notas, de mantener funcionando a mi viejo Dodge y de ayudar a limpiar la habitación que compartía con mis hermanos. Mi gran anhelo era ver a Bruce Springsteen en directo algún día.

Por Khaled Hosseini

BIDIBIDI, Uganda, 26 de julio de 2017 (ACNUR) - Con 18 años, Gladys es una madre de facto para siete niños. La guerra en Sudán del Sur la ha obligado a cuidar a una prole de hermanos y primos más jóvenes que ella. La cercanía de la propia Gladys a la infancia parece un hecho olvidado en la familia, y de manera más irreversible por ella misma. Le toca a ella asegurarse de que los niños tengan una educación, a pesar de que desde el asentamiento de refugiados de Imvepi hasta la escuela, el camino de ida y vuelta lleva cuatro horas. Consume sus días sacando agua de un pozo, recogiendo leña para alimentar el fuego, cocinando y limpiando dentro de su cobertizo, hecho de postes de madera y lona que ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, facilitó a la joven familia cuando llegaron aquí, al norte de Uganda, en 2016.

Gladys pasa las páginas el álbum. Veo familias y hogares que ya no existen. Caras sonrientes del pasado, un festín preparado en un jardín, una celebración de cumpleaños de otra época, una graduación, picnics y bodas, y niños jugando en unos porches. Una foto de Gladys con su madre. La madre de Gladys tampoco existe ya.

Estamos sentados al borde de una cama en la que Gladys nunca duerme. Por la noche, Gladys pone a dormir en ella a cuatro de los niños más pequeños, y a los otros tres en un colchón a los pies de la misma cama. Ella duerme sobre la tierra desnuda entre la cama y el colchón, sobre el piso duro entre hermanos, hermanas y primos.

Gladys habla en voz baja, con aplomo, mientras gira cada página del álbum, como desmintiendo el hecho de que ha visto, a su tierna edad, lo peor del ser humano. Me explica que la sacaron de un autobús al que luego prendieron fuego, con mujeres gritando, aún dentro de él. Fue obligada a mirar mientras personas a las que conocía eran asesinadas a machetazos ante sus ojos, una a una. Gladys se encoge ligeramente de hombros. Dice que no entiende porqué a ella le permitieron seguir con vida.

Nos ponemos en pie para salir del cobertizo. Fuera, cuando me arrodillo para volver a calzarme los zapatos, Gladys sonríe. Cuando me invitó a entrar, me dijo que no era necesario que me descalzara, mostrándome tímidamente con la mano la modestia de su hogar. Dentro del cobertizo, todo apunta a una vida humana desbaratada, todo es un simulacro de normalidad: el precioso álbum de fotos, unos cuantos libros de texto, una muy leída Biblia, una manta hecha a ganchillo, un osito de peluche.

“Mi trabajo perfecto sería de contable”.

Mirando alrededor, identifico cosas que conozco bien de viajes anteriores con ACNUR, son los artículos básicos de socorro humanitario: los utensilios de cocina, bidones para el agua, una lámpara solar bajo la que los niños hacen sus tareas escolares por la noche, mantas, raciones de comida deshidratada, un kit de higiene con jabón y compresas higiénicas. Un paquete inicial para la dignidad. Los ladrillos básicos para volver a construir una vida. El cobertizo puede ser sobrio, pero es el hogar de Gladys, el lugar donde los niños duermen, comen, ríen, se explican historias y secretos, se pelean y hacen las paces. Es bajo su techo donde se sienten arraigados y seguros.

En el exterior, antes de despedirnos, le pregunto a Gladys cuál es su gran anhelo, recordando mi propio sueño de ver al Boss en concierto. Gladys dice que tiene la esperanza de encontrar un empleo para “poder cuidar de mis hermanos y hermanas y asegurarme de que tengan una buena educación en el futuro”. Ríe tímidamente. “Mi trabajo perfecto sería de contable”.

De vuelta a la carretera llena de baches a las afueras de Imvepi, camino de Adjumani, del otro lado del Nilo Blanco, no puedo por menos que maravillarme. Maravillarme de Gladys y su determinación. Maravillarme de todas las Gladys que cruzan la frontera diariamente. Más de 75.000 niños han huido de Sudán del Sur, una cifra abrumadora, ya sea no acompañados o separados de sus familias. En cada puesto fronterizo, en cada centro de recepción, en cada asentamiento de refugiados que visito aquí en Uganda, encuentro zonas especialmente destinadas para ellos, los niños no acompañados y separados de sus familias, los más vulnerables entre los vulnerables.

Dos horas y una fuerte tormenta después, estamos en el ferry hacia Adjumani. El atardecer es precioso sobre el Nilo Blanco, la tormenta ya ha pasado, los últimos rayos del sol resplandecen en el agua, la silueta de un hipopótamo se dibuja en la distancia. Pero del otro lado, la barbarie de la guerra en Sudán del Sur asoma la cabeza de nuevo. Un convoy de ACNUR espera para cruzar, de camino al asentamiento de Palorinya. En los autobuses, cientos de refugiados que hace solo unas horas han cruzado la frontera hacia Uganda huyendo de un nuevo estallido de violencia en la ciudad de Pajok. Los observo bajar de los autobuses, niños vistiendo aún sus uniformes escolares, madres, hombres exhaustos y aturdidos.

Se congregan, guardando el silencio de los trastornados, en un espacio abierto al lado del muelle del ferry, esperando para cruzar. Uno de los hombres me explica que los soldados abrieron fuego en las calles de Pajok, en hospitales, en escuelas. La gente lo dejó todo y salió corriendo. Los que no pudieron -los adultos mayores, los enfermos- fueron masacrados. Familias enteras se diseminaron por el bosque, dice, la ciudad se vació en cuestión de horas. Su familia pasó tres días sin comida, subsistiendo a base de raíces silvestres, escondiéndose en el bosque y caminando hacia la frontera. Miro a mi alrededor y veo pocas pertenencias. Muchos de los que están aquí van descalzos. Paso por delante de una mujer que amamanta a su bebé, que solo tiene una semana de vida.

La política de Uganda no es solo progresista y compasiva, sino también inteligente.

En los niños que estos autobuses vierten, veo los rostros que definen la crisis de refugiados en Sudán del Sur, la mayor de toda África, y la que crece más rápidamente de todo el continente. Más de 1,8 millones de refugiados han huido a los países vecinos, de ellos cerca de un millón a Uganda. La mayoría, el 62%, son niños asustados, confundidos, desesperados por encontrar abrigo y protección.

Observo a mis colegas interactuar con los refugiados recién llegados de Pajok, haciéndoles preguntas, asegurándoles que cuando lleguen al centro de recepción, el personal los ayudará con comida, protección, agua, alojamiento y atención médica. Admiro el trabajo que se está haciendo aquí, en primera línea, de la crisis, aunque de manera sorprendente y deprimente, el llamamiento de urgencia de ACNUR para Sudán del Sur solo está financiado al 14% hasta este momento. En estos autobuses llenos de refugiados, veo la urgente necesidad de fondos cruciales. También la veo en la labor de las organizaciones humanitarias, que están apoyando un modelo de respuesta a la cuestión de los refugiados aquí en Uganda que es ambicioso y visionario y no debería permitirse que fracasara.

Este viaje a Uganda difiere de otras visitas que he hecho a operaciones con refugiados en otros países. La diferencia más evidente aquí es la ausencia de campos de refugiados rodeados de alambradas. En lugar de eso, en actos de generosidad y solidaridad extraordinarios, propietarios de tierras, tanto individuales como comunitarios, así como el Gobierno, donan tierra a los refugiados. En las riberas del Nilo Blanco, mientras observo a los refugiados cansados de Pajok, siento una pequeña esperanza al saber que en unos días les adjudicarán una porción de tierra en la que construir sus alojamientos de emergencia.

Serán libres de empezar a cultivar la tierra allí para ser menos dependientes de la ayuda. A los refugiados se les permite moverse libremente en Uganda, tienen acceso al mismo sistema sanitario y educativo que los ugandeses y se les permite trabajar y ser propietarios de negocios. Uganda tiene su propia y dolorosa historia. Comprende bien que las guerras largas obligan a los refugiados a vivir en el exilio durante años de media, a menudo décadas, y ha aprendido que todas las partes salen beneficiadas cuando se incorpora a los refugiados a los planes de desarrollo nacional, en vez de ser considerados desde un punto de vista estrictamente humanitario.

La política de Uganda no es solo progresista y compasiva, sino también inteligente, ya que ayuda a mejorar la vida de sus propios ciudadanos.

Consideremos el caso de Bidibidi. Una pequeña aldea en el norte de Uganda que, en solo nueve meses, ha crecido hasta convertirse en uno de los asentamientos de refugiados más grandes del mundo, con más de 272.000 residentes. Antes de la llegada de los refugiados, aquí no había escuelas, ni centros de salud, ni carreteras en condiciones. Me siento bajo un árbol con un lugareño, un campesino ugandés llamado Yahaya. Me explica que antes, sus hijos más pequeños no recibían educación, pues la escuela primaria más cercana se encontraba a una distancia prohibitiva para hacerla andando. Tenía que emplear días para llevar sus cosechas al mercado y volver, dice, pero con las nuevas carreteras, ahora le lleva horas. Yahaya ha donado tierra mediante el programa del Gobierno, pero también directamente a refugiados que han solicitado terreno extra para cultivarlo. En esta coexistencia funcional, hecha posible por la política de refugiados de Uganda, veo el poder de la generosidad pragmática.

“Alguien tenía que darle un hogar, darle un lugar seguro donde vivir”.

Cuando nos marchemos de Bidibidi también habré visto el poder de la generosidad humana.

Aisha tiene unos ojos grandes y amables y una figura esbelta. Tiene 29 años, es una mujer cabeza de familia y madre de dos chicos, uno de 13 años y otro de 5. En agosto del año pasado, huyó de Sudán del Sur con sus hijos, una sobrina pequeña y un sobrino. Me explica, con un débil temblor de indignación colándose en su voz, cómo en un puesto de control fue obligada a arrodillarse, con su hijo pequeño aferrado a ella, y el cañón de una pistola apuntándole a la cabeza. La muerte estaba muy cerca.

Al final, los soldados se llevaron su dinero y sus pertenencias. Aisha y los niños llegaron al norte de Uganda con casi nada. Recibieron un alojamiento de emergencia de ACNUR y Aisha procedió a construir un hogar más permanente a base de ladrillos de adobe que ella misma hacía, y construyendo un tejado con material vegetal que recogía del bosque, un poco cada día. Fue una tarea dura, dice, pero veló para que los niños tuvieran un techo sobre sus cabezas, comida, ropa y fueran a la escuela.

Cuando Aisha accedió a convertirse en madre adoptiva, los niños estaban contentos de tener una nueva hermana con la que jugar. Pero cuando Aisha conoció a su hija adoptiva, se dio cuenta de que la niña tenía el lado derecho del cuerpo paralizado y que era doblemente incontinente. Había sido abandonada por su propia madre. A Aisha le explicaron que la niña no era capaz de comer sola, ni sentarse ni hablar. Precisaba de cuidados y atención constante. Aisha pasó la noche rezando. Por la mañana, había tomado una decisión. 

“Ahora la quiero como a mis propios hijos. Pero su estado no es fácil”, Aisha me dice. “No es fácil que alguien la acepte. Pero no puedo rendirme. Alguien tenía que darle un hogar, darle un lugar seguro donde vivir”.

Sopesó tres nombres para la niña: Gloria, Mercy (Misericordia, en inglés) y Grace (Gracia, en inglés). Se decidió por Mercy, dice Aisha, con una sonrisa fugaz de admisión de la sencilla y conmovedora poesía de su elección.

Pero si tuviera elección, aunque esté agradecida a Uganda, Aisha preferiría volver a casa. Gladys me dijo lo mismo. Igual que David, un antiguo director de educación en Sudán del Sur, que ahora da clases a niños refugiados y niños ugandeses en la Escuela Integrada de Primaria de Nyumanzi. Estamos en el exterior de un aula vacía durante su periodo de descanso, charlando sobre la escuela, cuando hace una pausa y sus ojos se humedecen. “A veces me pregunto por qué Dios me creó refugiado”, dice dulcemente. “¿Cuánto tiempo tengo que ser un refugiado? ¿Cuándo podré volver a casa y ayudar a mi propio pueblo?”

“Nuestro deseo es que en su nuevo hogar aquí puedan ustedes hacer realidad los sueños y aspiraciones de sus hijos”.

Cada refugiado que he conocido -en Uganda, en Chad, en Jordania, en Irak, refugiados de mi nativo Afganistán- se ha hecho eco de este deseo. Nada puede reemplazar el profundo sentimiento de conexión con tu lugar de nacimiento. Pero cuando volver a tu propio país no es una opción, el hogar se convierte en el lugar donde tienes un sentido de pertenencia. Un lugar donde la gente no te mira y dice “tú no eres de aquí”. Y hay demasiadas voces de miedo en el mundo ahora mismo diciendo a los refugiados que no son bienvenidos.

Pienso en un precioso momento que se desarrolla cada día en el centro de acogida de Koluba, a donde son conducidos los refugiados en primer lugar para facilitarles una comida caliente y una revisión médica antes de que les sea adjudicada su porción de tierra. Cada mañana, una representante de la Oficina del Primer ministro de Uganda toma un micrófono y se dirige a ellos. Su sonrisa es franca.

“Ustedes han venido aquí para garantizar la seguridad de sus hijos”, dice. “Ellos son la esperanza y el futuro. Nuestro deseo es que en su nuevo hogar aquí puedan ustedes hacer realidad los sueños y aspiraciones de sus hijos. Bienvenidos a Uganda”.

Este artículo se reproduce aquí gracias al amable permiso de The Sunday Telegraph Magazine.

Puede usted apoyar el trabajo de Khaled con ACNUR aquí (página en inglés).

Gracias a la Voluntaria En Línea Esperanza Escalona Reyes por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.