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Cómo una comunidad canadiense ayudó a sanar las heridas de la guerra

Arrancados de su hogar en Siria, Husam y Nura temían por su familia y por su futuro. Pero una comunidad canadiense les ha ayudado a volver a soñar.

PETERBOROUGH, Canadá, 13 de diciembre de 2016 (ACNUR) - Husam y Nura Eshadi crecieron siendo vecinos y se enamoraron siendo adolescentes en Alepo, Siria. Casados, con su hija recién nacida y un brillante futuro ante ellos, nunca pudieron imaginar que un día tendrían que huir como refugiados.

Pero poco después de que la pequeña Bayán cumpliera un año, las luchas se extendieron por las calles y su vecindario se convirtió en una zona de guerra. Los ataques con cohetes y las explosiones se convirtieron en parte de su vida cotidiana. “Cada vez que sonaba el teléfono temía que le hubiera pasado algo a mi hija”, admite Husam.

Hoy, una comunidad local en Canadá se ha unido para ofrecer a esta familia la segunda oportunidad y la vida feliz que parecían imposibles hace solo unos pocos meses.

“A veces sentimos que estamos viviendo un sueño”, dice Husam. “Nos da miedo despertar de repente, porque es un sueño muy bueno”.

“Lo único que hemos hecho es lo que nos ha dictado el corazón”.

El nuevo grupo de amigos íntimos de los Eshadi en Canadá sabe que la historia podría haber sido muy diferente.

“Han compartido con nosotros algunas de las cosas que les han sucedido en el pasado, desde que empezó la guerra”, comenta Joe Edwards, un empleado retirado de IBM que, junto con su esposa Tanna, dedica la mayor parte de su tiempo libre a ayudar a la familia. “Da mucho miedo pensar que han tenido que vivir todas esas experiencias y esos traumas”.

Antes de huir, la pareja tenía la esperanza de quedarse en casa hasta que acabara la guerra y, a menudo, luchaban por mantener la normalidad entre los bombardeos; pasaban las tardes de verano en la moto de Husam.

"Le decía: me da igual. Conduce y llévame a cualquier sitio", recuerda Nura.

Cuando en 2011 un cohete impactó contra una mezquita cercana en el primer día del Eid, Husam y Nura comprendieron que tenían que marcharse. Zigzaguearon por el norte de Siria hasta cruzar finalmente a Turquía, donde pasaron años en un campamento de refugiados. Allí Husam se lesionó la espalda trabajando largas horas en una explotación agrícola en un esfuerzo desesperado por poder pagar su pasaje a Grecia a bordo de una endeble embarcación... pero la estabilidad parecía alejarse cada vez más.

Los traficantes les pidieron $3.000 dólares por la peligrosa travesía. Aunque ni Nura ni su pequeña hija sabían nadar y no había garantía alguna de que fueran a llegar a Grecia con vida, en un momento dado mereció la pena correr el riesgo.

“La muerte nos estaba esperando ya”, cuenta Nura. “Habríamos muerto si nos hubiéramos quedado en Siria, así que, ¿qué más teníamos que perder?”

Una llamada de teléfono lo cambio todo.

La familia Eshadi se encuentra entre los 31.000 sirios aceptados para su reasentamiento en Canadá a lo largo del pasado año. Llegaron en mayo de 2016 a Peterborough, una ciudad de 79.000 habitantes rodeada por lagos y bosques, con muy pocas posesiones y sin saber qué esperar. Para gran alivio de la familia, la cálida bienvenida que recibieron de los quince voluntarios asignados a recibirlos les hizo sentir que habían llegado a casa.

Para los voluntarios, por su parte, la experiencia ha disipado los prejuicios y ha fomentado la empatía con los millones de desplazados por conflictos. A lo largo del año pasado han ayudado a más de 60 familias sirias a reasentarse en Peterborough; está previsto que lleguen quince más en los próximos meses. “Me sorprendió mucho ver cuánta gente vino a apoyar la llegada de los nuevos canadienses”, dice Joe.

Historias similares aparecen por todo el Canadá, donde las políticas gubernamentales permiten que personas y grupos  patrocinen a refugiados reasentados. Esto implica asumir costes y obligaciones, pero los residentes de Peterborough no se han desalentado.

"Lo único que hemos hecho es lo que nos ha dictado el corazón", dice Tanna, quien con su marido Joe ofrece regularmente ayuda a la familia Eshadi con transporte, invitaciones a cenar y suministros para la casa.

A lo largo y ancho: Refugiados sirios empiezan una nueva vida en Canadá. © ACNUR

Husam y Nura viven ahora en una casa recubierta de listones de madera con un pequeño patio trasero, muy lejos de la tragedia. El nacimiento de su segundo hijo, Adam, no ha hecho más que profundizar sus raíces en la comunidad, y los voluntarios se refieren al niño como "nuestro bebé canadiense". Dave, que es miembro del grupo de voluntarios, ha contratado a Husam para que trabaje a tiempo parcial como pintor; su esposa Jennifer, entretanto, visita a menudo a la familia para comprobar qué tal están. Helen, otra voluntaria, está enseñando inglés a Nura.

“Sé que los refugiados están agradecidos por estar a salvo en Canadá”, cuenta Winston, que también forma parte del grupo. “Y nosotros, como canadienses, nos sentimos afortunados de tenerlos aquí con nosotros. Nos hace mejores”.

La familia Eshadi no podrá olvidar nunca lo que tuvieron que vivir en Siria ni a los seres queridos que dejaron atrás. Husam dice que ya no sueña por las noches y, a menudo, pasea. Pero el amor y la calidez de la comunidad de Peterborough han permitido que Husam y Nura vuelvan a tener ilusión en un futuro feliz y prometedor.

“He encontrado seguridad”, dice Husam. “He encontrado amigos”.

 

A lo largo y ancho es una serie de historias que retrata a canadienses que han dado la bienvenida a refugiados sirios con apoyo y compasión. Desconocidos, amigos, familias y comunidades de todo el país están creando fuertes lazos de amistad que van más allá de la lengua y la cultura, justo cuando más falta hace.

 

Gracias al Voluntario en Línea Jaime Guitart por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.