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Comunidad cristiana en Canadá le da la bienvenida a una familia Siria

Una comunidad huterita en Manitoba encuentra puntos en común y una fuerte amistad con una familia de refugiados sirios que ayudaron a reasentar.

MANITOBA, Canadá, 10 de enero de 2017 (ACNUR) – En noviembre de 2016, mientras los fríos vientos soplaban a través de las praderas canadienses, Najwa y Reyad Al Hamoud recibían a su tercer hijo.

En su cama de hospital, Najwa envió una oleada de mensajes de alegría anunciando el nacimiento de su hija a un grupo de amigos nuevo y poco común, miembros de una colonia huterita a media hora de distancia en Brandon, Manitoba.

Los huteritas son una minoría religiosa en Canadá, rama del movimiento cristiano anabaptista, y que está ligeramente relacionado con los grupos menonitas y amish. Los miembros viven en colonias dispersas en las provincias oeste y que se distinguen por sus vestimentas; las mujeres usan vestidos largos con pañoletas negras en sus cabezas, mientras que los hombres usan pantalones largos oscuros, camisas de trabajo y tirantes. Una colonia en las cercanías de Wawanesa dio un paso al frente para patrocinar a la familia Al Hamoud, que es parte de los 31.000 sirios reasentados en Canadá en el último año.

Paul Waldner, un educador de la colonia, fue el primero en sugerir la idea, después de que un profesor huterita que venía de visita de Alemania dijera que la colonia podía hacer una diferencia al ayudar a los refugiados en necesidad. Paul entonces se acercó a su padre, quien es el presidente de la colonia, y que le contestó: “Nuestros antecesores fueron refugiados hace mucho, siempre hubo personas que les ayudaron”.

“Nuestros antecesores fueron refugiados hace mucho, siempre hubo personas que les ayudaron”.

A medida que el proceso avanzaba, Paul y su esposa Wanda recurrieron a Enes y Fata Muhelji, una pareja que vivía en Wawanesa. Ellos habían llegado como refugiados de Bosnia a inicios de los 90, igualmente con el patrocinio de la comunidad. “Cuando vimos los papeles de la familia Al Hamoud, nos vimos a nosotros mismos y nuestro propio viaje”, dijo Enes. “Teníamos que ayudar”. 

Antes de la guerra, Najwa enseñaba en la escuela primaria en Hamas, Siria. Su esposo, Reyad, trabajaba en construcción. Tan solo 10 días después de haber huido a Líbano, el hogar de la familia, el cual Reyad había construido durante años, quedó destruido en un bombardeo.

La joven familia de cuatro pasó tres años en el exilio, y estuvieron a punto de escapar por bote a través del Mediterráneo, hasta que finalmente, se enteraron de que iban a ser reasentados en Canadá.

La noche en la que llegaron, un grupo de la colonia tomó una camioneta y condujo dos horas y media hasta Winnipeg.

“Cuando bajaron las escaleras (en el aeropuerto), yo empecé a saltar de la emoción”, dijo Elaine Hofer, una de las patrocinadoras de la familia.

Najwa usa hijab y se sentía nerviosa de llegar a un nuevo país con costumbres desconocidas. Ella se sintió aliviada cuando vio a sus patrocinadores. “Cuando vi sus vestidos, que preservan su herencia y sus orígenes, eso me hizo muy feliz”, dijo ella. A ella le encantó que los huteritas aún hablan alemán como primer idioma, y que las minorías en un gran país pueden mantener su identidad y tradiciones. “Un país no cambia a nadie. Si alguien cambia, es un cambio que viene del interior”.

A pesar de que Paul, Wanda y Elaine estaban emocionados, no todas las personas en la colonia fueron tan receptivas con el patrocinio desde el inicio. Inclusive la hija de Paul, Kayla, estaba preocupada, insegura de porqué su padre estaba desafiando la estabilidad de sus vidas.

“Cuando bajaron las escaleras, yo empecé a saltar de la emoción”.

Pero el frío invierno de la llegada de la familia dio paso al verde verano de largos días, y los Al Hamouds fueron invitados frecuentemente a fogatas y paseos en bicicleta. Najwa regularmente hace uso del suministro de verduras de la colonia, cocinando junto con Elaine y Wanda. La familia Muhelji, junto a los hutteritas, enseñó pacientemente a Reyad y Najwa a hablar inglés. Mientras los niños giraban sobre la hierba jugando, Paul, Reyad y Enes lo observaban bebiendo tazas sin fin de café turco.

En el discurso de graduación de Kayla a los miembros de la colonia, meses después de la llegada de la familia, ella habló de una experiencia que cambió su vida. “Nunca, ni en un millón de años, habría pensado que abrirían camino a mi corazón tan fácilmente como lo hicieron”, dijo a la audiencia.

Después, la familia tomó la difícil decisión de trasladarse de Wawanesa a Brandon, la segunda ciudad más grande de la provincia, donde el empleo y la escuela estaban más cerca. Pero, a pesar de que el viaje de la colonia a la ciudad toma media hora en coche, las visitas continúan siendo frecuentes.

En la víspera del nacimiento de la hija de Najwa, la comunidad se preocupó por ella, asegurándose de que todo fuera perfecto. Cuando llegó el mensaje de texto de que el bebé había nacido, el cuarto del hospital pronto se convirtió en un remolino de vestidos que fluían. Los patrocinadores de Najwa, ahora amigos cercanos, se apresuraron a ver a la recién nacida.

Mientras se agrupaban a su alrededor, la pareja reveló que la habían llamado Janna, Árabe para 'paraíso'.

“Aunque es un nombre árabe, sentí que parte del nombre era para nosotros, su familia canadiense, y cómo nos enamoramos”, dice Elaine. “Capturó ambos mundos con ese nombre”.

A lo largo y ancho es una serie de historias que retrata a canadienses que han dado la bienvenida a refugiados sirios con apoyo y compasión. Desconocidos, amigos, familias y comunidades de todo el país están creando fuertes lazos de amistad que van más allá de la lengua y la cultura, justo cuando más falta hace.