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Cuando la violencia de las pandillas afecta el hogar, las madres hondureñas huyen

Violadas, golpeadas y maltratadas por sus parejas miembros de pandillas, las mujeres hondureñas encuentran seguridad en México, donde un cambio legal reconoce la violencia de género como motivo de asilo.

TAPACHULA, México, 24 de noviembre de 2016 (ACNUR) - A Gabriel*, de nueve años de edad, no le gusta hablar mucho sobre su hogar en Honduras, pero puede describir vívidamente uno de los últimos arrebatos de su padre.

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“Una noche él llegó a casa todo loco y agarró a mi mamá del cabello y empezó ¡Pow! ¡Pow! ¡Pow!”, dice, representando los golpes que caían sobre Brenda. “Cuando terminó con mi madre, todos teníamos sangre encima”.

Cuando su novio se marchó, Brenda de 39 años, aturdida y desesperada tomó a Gabriel y a su hermana de siete años de edad, Lucía, y se dirigió a la estación de policía.

“Corrí hasta ahí y supliqué ‘¡Ayúdenme por favor!’ pero ellos sólo me dijeron ‘lo sentimos, no hay nada que podamos hacer por usted”, dice ella.

Su pareja era un ‘teniente’ de la pandilla callejera dominante de su vecindario en San Pedro Sula, Honduras. Los oficiales no se atreverían a tocarlo por temor a las reacciones de la pandilla. Es probable que muchos estuvieran vinculados con su pandilla.

“Cuando terminó con mi madre todos teníamos sangre encima”.

El intento desesperado de Brenda para obtener ayuda de la policía se produjo después de casi una década de la relación abusiva, que ella compara con una prisión.

“Él me golpeó. Él abusó de mi. Me dijo que era una basura y no podía hacer nada”, dice. “Él dijo que después de cuatro hijos nadie volvería a quererme. No me dejaba arreglarme o ponerme maquillaje. No me permitía salir de casa. Él me violaba cuando quería”.

Actualmente, Brenda usa delineador de ojos azul oscuro y un toque de sombre para ojos, un lujo redescubierto desde que ella, tres de sus hijos y un nieto huyeron hacia Tapachula, México, en junio.

“Voy a cortarte los pies si alguna vez tratas de escapar”, fue una de las últimas amenazas de su pareja. El alcance de su pandilla se extiende a través de la ciudad y del país. Abandonada por las autoridades, Brenda no vio otra opción salvo salir con sus hijos de Honduras. 

Los años de abuso casi destrozaron a la familia de Brenda. Su hijo de 12 años de edad huyó para vivir con sus abuelos después de que fue golpeado y maltratado por la pareja de Brenda y sus amigos pandilleros. Después de que lo recibieron, ella no tenía permitido visitar a sus padres, quienes ahora están en sus ochentas y han desarrollado problemas de salud.

Erica, su hija de 19 años de edad, quien también escapó con Brenda a México con su hija de un año de edad, fue expulsada de su casa por su pareja miembro de una pandilla.

Las pandillas callejeras surgieron del caos de las guerras civiles que devastaron a Guatemala y El Salvador en la década de los ochenta. El legado de conflicto y pobreza también propiciaron las condiciones necesarias para el crecimiento institucional de la corrupción y ayudaron a extender el alcance de las pandillas hasta Honduras y más allá.

En países dominados por las pandillas o las maras, una historia como la de Brenda es común. La violencia de las pandillas y el machismo dejan a muchas mujeres casi como esclavas de sus parejas.

“Voy a cortarte los pies si alguna vez tratas de escapar”.

“Siempre pienso cuántas mujeres más están viviendo lo que yo viví”, dice Brenda. 

La presencia de pandillas es abrumadora y envuelve a cualquier persona vulnerable. Prácticamente indigente después de hacer sido expulsada de su hogare, la hija de Brenda fue recibida por un joven que le ofreció un lugar para quedarse y dinero para vivir. Al principio él era amable pero rápidamente se volvió controlador.

Al igual que su madre, Erica se convirtió en prisionera de un pandillero.

“Yo tenía permitido dejar la casa para comprar alimentos pero sus compañeros de pandilla me seguían y me observaban. Nunca me dejó fuera de vista”, dice.

Aunque no era tan violento como la pareja de Brenda, Erica era una prisionera. Ella no tenía permitido trabajar, y tenía prohibido hablar con su madre. En casa, Brenda se acercó a su punto de quiebre. 

“Una noche tomé un cuchillo y lo puse en mi muñeca. Comencé a cortar y luego me detuve”, dice, recorriendo con su dedo índice una delgada cicatriz sobre su muñeca. “Pensé ‘tengo hijos, no puedo dejarlos con este hombre’”.

Ella había visto a su hijo Gabriel de nueve años volverse violento bajo la tutela de su padre. Él daba órdenes y golpeaba a su pequeña hermana. Su padre le dijo que así es como los hombres tienen que dirigir la casa.

“Empezaron a reclutar a chicos de la edad de Gabriel”, dice Brenda. “Le daban celulares, zapatos y ropa para hacerlo ver como el resto de la pandilla”.

Pero después de algunos meses lejos de este hombre, Gabriel es amable con su hermana y se disgusta cuando recuerda todo aquello de lo que ha sido testigo.

La familia de Brenda, de cinco personas, vive en Tapachula en una habitación individual con dos colchones, una hamaca y un pequeño televisor. 

Recientemente recibieron protección complementaria, una condición similar al asilo, por la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados (COMAR). Gracias a un cambio en la ley de 2011, ahora COMAR toma en cuenta la violencia de género cuando revisa los casos de refugiados para que las mujeres como Brenda tengan una mejor oportunidad de recibir protección en México.

Ahora están concentrados en salir adelante mientras esperan sus permisos de residencia. Erica y Brenda trabajaron brevemente como camareras en bares, los únicos trabajos que pudieron encontrar en Tapachula. Pero ambas dejaron sus empleos, asustadas por los atrevimientos de los hombres borrachos y sus ofertas de dinero a cambio de sexo.

Por el momento, la familia cubre los gastos de renta y alimentos con la ayuda financiera que les proporciona ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados. Actualmente, alrededor de 1600 refugiados en México reciben este apoyo. El ACNUR también está ayudando a Brenda a encontrar más medidas de cuidado para sus hijos. Hoy, la familia va a una organización gubernamental para mujeres y niños.

“Solíamos atender a niños en situación de calle que llegaban desde Guatemala para trabajar como vendedores”, agregó Ana Bertha Mendoza, la directora del centro. "Pero últimamente ha habido mucha demanda de refugiados, especialmente mujeres solas con sus hijos. Alimentamos hasta 60 personas por día”. Mujeres y niños vienen aquí por comida, ayuda psicológica, clases de alfabetización y para bañarse.  

“Una noche tomé un cuchillo y lo puse en mi muñeca”.

Brenda se dirige a la pequeña estación de enfermería con Gabriel y Lucía. La enfermera, Uri, quien oficialmente es la psicóloga del centro pero hace casi de todo debido a la falta de recursos, pesa y mide a los dos niños. Aunque es dos años mayor, Gabriel es aproximadamente del mismo tamaño que Lucía y muy por debajo del tamaño promedio de un niño de su edad. La enfermera les recuerda que pueden venir a comer aquí dos veces al día.

“¿Los niños tienen más ropa?”, pregunta Uri la enfermera.

Brenda sacude la cabeza suavemente, con los ojos en el suelo.

“Está bien, tenemos todo esto aquí”.

Brenda y Lucía buscan entre la ropa para chicas. Finalmente, una sonrisa se escapa del rostro de Brenda cuando Lucía encuentra algo rosa que le gusta y mira hacia arriba radiante.

“Los niños se sienten aliviados de estar lejos de su padre", dice. "No tienen que ver cosas. Ya no tienen que escucharme gritar”.

*Todos los nombres de los refugiados han sido modificados por motivos de protección.