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Después de perder su pierna, refugiado hondureño encuentra una esperanza en México

Después de que "la Bestia" amputara su pierna, Armando, un ex taxista hondureño busca reunificarse con su familia y retomar su sueño de ser productor musical en México.

ACAYUCAN, México, 29 de marzo de 2017 (ACNUR) - A sus 23 años, Armando* se vio forzado a huir hacia otro país para salvar su vida. Trabajando como taxista, una de las profesiones más peligrosas en Honduras, debido a la violencia, la extorsión y la impunidad, le fue imposible seguir viviendo en su ciudad, ya que su vida corría peligro a cualquier hora del día. “Cada día era un desafío ir a trabajar no sabía si regresaba a mi casa. Pero no tenía otra opción, necesitaba plata para vivir y sustentar a mi hermana y mi mamá, con quienes vivía”, dijo Armando.

Según las últimas cifras publicadas por el Observatorio de violencia de la Universidad Autónoma de Honduras, 162 transportistas fueron asesinados en el 2016.

La pandilla lo amenazaba constantemente para que pagara una “cuota”. Un día lo citaron para pedirle este impuesto de guerra, como lo llaman en Centroamérica, cita a la que no acudió y por lo cual tuvo un atentado en su contra. Armando cruzó todo su país y Guatemala a pie y en bus, finalmente ya del lado mexicano abordó el tren, mejor conocido como “la bestia.” Después de varias horas de recorrido, entre el frío y el olor a animales muertos, el joven fue empujado del tren por personas que intentaban extorsionarlo, y en la caída el tren le amputó la pierna derecha. El recorrido del expreso que conduce rumbo al norte es de más de 4.000 kilómetros, y los pasajeros del también llamado "tren de la muerte" suelen pasar días sin comer ni dormir. Desde hace un tiempo, cárteles del narcotráfico cobran una suerte de boleto a quienes van a bordo y quien no lo paga es empujado salvajemente a las vías, donde muchos pierden extremidades y en ocasiones hasta la vida.

“El primer día que lo vi estaba en una cama de un albergue con una herida llena de sangre. Se encontraba muy mal, ese día tuvimos que internarlo en el hospital. Cuando lo dejé, me pidió que no lo devolvieran a Honduras porque tenía miedo”, comentó Azucena Méndez, Jefe de la Oficina del ACNUR en Acayucan, Sur de México.

Fue operado en un hospital en el Estado de México y acogido por un albergue mientras se recuperaba y terminaba su procedimiento de solicitud de asilo ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).  En las primeras semanas en el albergue se puso de nuevo muy mal y fue internado otra vez en el hospital, pero se recuperó gracias al cuidado de todos los solicitantes de asilo que como él estaban esperando la resolución sobre la condición de refugiado. Días después, llegó otro joven solicitante de asilo que también se había caído del tren y lastimado fuertemente la columna sin poder moverse. Armando, en un acto de solidaridad, apoyó a su compañero todos los días para que mejorara su humor. 

Según los últimos datos publicados por el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos de Honduras (CONADEH), en octubre de 2014 hablaban de 220 muertes violentas de taxistas en los 34 meses anteriores, un promedio de siete al mes. La mayoría de conductores muertos, según ese informe, primero fueron extorsionados por una o más pandillas, que les exigían el pago de miles de lempiras  para poder trabajar. De acuerdo con el Observatorio de Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) entre enero y septiembre de 2016 un total de 162 transportadores fueron asesinados.

Ante la llegada de centenares de jóvenes, mujeres, niños y adultos de Centroamérica a México, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) colabora con el Gobierno y la sociedad civil para monitorear de cerca la situación en el terreno, mejorar las capacidades de recepción, buscar medidas alternativas a la detención – especialmente para menores - y reforzar actividades vitales como el programa de asistencia humanitaria que en 2016 benefició a más de 4.500 solicitantes de asilo y refugiados.

Actualmente, Armando trabaja en una parroquia de un pueblo Mexicano, como secretario oficial. Bajo esta función está encargado de actualizar y reportar acerca de las actividades diarias en la parroquia como preparar documentación, tomar citas y llevar la  agenda de eventos como bautismo, matrimonios, comuniones y otras ceremonias.

Armando fue reconocido hace unos días como refugiado por el gobierno Mexicano y pronto va a tramitar su residencia permanente en el país. El joven está además en espera de recibir su prótesis gracias a  un programa del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). “Cuando llegué me sentía como atrapado en un país que no era mío, pero les agradezco al ACNUR y al albergue que me apoyó todo el tiempo en mi trámite de asilo. Ahora quiero retomar mi carrera de maestro de idiomas y  ser productor de música, pues empecé con la música desde los 8 años pero que no pude nunca ejercitar porque no había trabajo en este sector en mi país y así me convertí en taxista,” dijo el joven con una gigante sonrisa.

Otro sueño que tiene Armando es el de conocer a su hijo que está por nacer. Armando tiene que pedir la reunificación familiar en México para su pareja hondureña, embarazada de 7 meses, porque la vida de ella y del pequeño pueden correr peligro debido al vínculo con él.  

No son solo jóvenes, sino familias enteras quienes están huyendo de Honduras debido a la violencia generada por las disputas entre pandillas, la extorsión, las amenazas, el reclutamiento forzado, la violencia sexual, la usurpación, despojo y ocupación de tierras y vivienda, y la inseguridad.

Según información proporcionada por la COMAR, en 2016 México recibió casi 9.000 solicitudes de asilo, de las cuales más del 91% fueron de nacionalidades de los países del Triángulo Norte de Centroamérica.  El número de solicitudes aumentó en más del 156% en comparación con 2015. Sobre la base de una tasa de crecimiento mensual de más de un 8% desde enero de 2015 y de los cambios en las tendencias migratorias, el ACNUR estima que el número total de solicitudes de asilo en 2017 podría terminar en unos 22.000.

“Yo vi un chico de 23 años solo, con miedo y sufriendo. Ahora que lo veo sonriendo y trabajando, con entusiasmo por recuperarse, es una de esas ocasiones donde el porqué de nuestro trabajo se ve reflejado en los ojos de una persona” concluye Azucena.

* Los nombres fueron cambiados por razones de protección

 

Por Francesca Fontanini, Información Pública Regional