Tamaño del texto A A A

Discurso de Angelina Jolie “En defensa del internacionalismo”

Realizado en la Cátedra Anual Sergio Vieira de Mello, en Ginebra, Suiza.

GINEBRA, Suiza, 15 de marzo de 2017 (ACNUR) - Estamos aquí en memoria de Sergio Vieira de Mello y los otros 21 hombres y mujeres, la mayoría de ellos trabajadores de la ONU, que murieron con él durante el bombardeo a la Sede de la ONU en Bagdad en agosto de 2003.

Recordamos a todos los que murieron, para reconocer cada valiosa vida que fue cortada muy temprano, y las familias que comparten, incluso hoy, su sacrificio.

También los recordamos por el poder de su ejemplo: individuos valientes de 11 países, trabajando juntos para ayudar a la población iraquí, bajo la dirección del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y de parte de todos nosotros.

Esto es algo que se ha olvidado: que cuando mueren sirviendo bajo la bandera de la ONU, mueren a nuestro nombre, como nuestros representantes.

A la cabeza estaba Sergio Vieira de Mello, un hombre con una extraordinaria gracia y habilidad, como lo pueden testificar muchas personas que lo conocieron.

Un hombre que dio 30 años de su vida a las Naciones Unidas, que pasó de ser oficial en el terreno a Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos y Representante Especial en Irak.

De Bangladesh y Bosnia a Sudán del Sur y Timor Oriental, él pasó la mayoría de su carrera en el terreno, trabajando con personas que fueron obligadas a huir de sus hogares por la guerra, y asistiéndoles con sus habilidades de diplomático y negociador.

Probablemente el mayor testimonio de su contribución es lo apreciado que sería su consejo actualmente.

Cuando el conflicto en Siria entra en su séptimo año y vivimos la peor crisis de refugiados desde la fundación de las Naciones Unidas, cuando 20 millones de personas están a punto de morir de hambre en Yemen, Somalia, Sudán del Sur y el noreste de Nigeria, no puedo imaginarme que haya alguien dentro del liderazgo de la ONU que no acogería la oportunidad de consultar a Sergio, o que le gustaría enviarlo al terreno una vez más. Realmente se le extraña, aún hoy.

Para mí es una experiencia de humildad hablar esta noche en presencia de miembros de la familia y antiguos colegas de Sergio.

Yo no conocí a Sergio, pero he estado frente a la placa que está en el lugar en el que murió.

Sentí una profunda tristeza por el hecho de que el conflicto en Irak, que continua siendo la fuente del sufrimiento de muchos iraquíes aún hoy en día, haya cobrado las vida de mujeres y hombres que solo tenían la intención de mejorar una situación desesperante.

Pero también vi claramente el valor y la nobleza de una vida al servicio de los demás.

Sergio era un hombre que nunca rechazó una misión, sin importar qué tan difícil o peligrosa fuera, o como lo dicen otras personas, se le “asignaba una misión imposible después de otra”.

Él era un hombre, para tomar las palabras de Thomas Paine, cuyo país era el mundo, y cuya religión era hacer el bien.

Él siempre será un héroe y una inspiración para aquellos que siguen sus pasos.

La labor de la ONU no terminó ahí, en los escombros del Hotel Canal, hace 14 años.

Cientos de funcionarios de la ONU han servido, y continúan sirviendo en Irak, así como lo hacen desde Afganistán hasta Somalia, porque el trabajo de construir la paz y la seguridad no se puede abandonar nunca, sin importar qué tan sombría se torne la situación.

Mis pensamientos sobre la vida y el legado de Sergio se derivan de mis 16 años con el ACNUR, una Agencia que él pasó gran parte de su carrera sirviendo y representando.

Pero también habló como ciudadana de mi país, los Estados Unidos.

Creo que todos los que trabajamos con la ONU preservamos esta dualidad. Las Naciones Unidas no son un país, es un lugar donde nos unimos como naciones y personas para intentar resolver nuestras diferencias y unirnos en una acción común.

Como ciudadana, estoy mirando un entorno mundial que parece ahora más problemático e incierto que en cualquier otro momento de mi vida. Imagino que muchos de ustedes pueden sentir lo mismo.

Estamos aferrados a un nivel de conflicto e inseguridad que parece exceder nuestra voluntad y nuestras capacidades: con más refugiados que en cualquier otro momento de la historia, y con nuevas guerras que irrumpen sobre los conflictos existentes, algunos de los cuales ya tienen décadas.

Vemos una creciente ola de nacionalismo, enmascarado de patriotismo, así como el resurgimiento de políticas que alientan el miedo y el odio hacia los demás.

Vemos a algunos políticos elegidos en parte sobre la base de desestimar instituciones y acuerdos internacionales, como si nuestros países no se hubieran beneficiado de la cooperación, si no como si se hubieran visto afectados por ella.

Escuchamos a algunos líderes hablando como si algunos de los logros de los cuales nos sentimos más orgullosos fueran de hecho nuestras mayores responsabilidades, ya sea la tradición de integrar con éxito a los refugiados en nuestras sociedades, o las instituciones y los tratados que hemos construido enraizados en las leyes y los derechos humanos.

Por un lado vemos naciones que desempeñaron un papel lleno de orgulloso en la fundación de la Corte Penal Internacional, y por otro, vemos órdenes de detención por presuntos crímenes de guerra emitidos, pero no implementados, y otros delitos que son ignorados por completo.

Vemos un país como Sudán del Sur, que fue lanzado por la comunidad internacional a la independencia, y después fue abandonado, no por la ONU ni por las ONG, sino que ha sido un abandono efectivo, sin el apoyo efectivo que necesitan para gozar de una soberanía exitosa.

Y vemos resoluciones y leyes sobre la protección de civiles y el uso de armas químicas, por ejemplo, que han sido burladas repetidamente, en algunos casos bajo vetos del Consejo de Seguridad, como en Siria.

Muchas de estas cosas no son nuevas, pero si se juntan, y en la ausencia de un fuerte liderazgo internacional, son sumamente preocupantes.

Cuando consideramos todo esto y más, como ciudadanos, ¿Cuál es nuestra respuesta?

¿Acaso le damos la espalda al mundo y esperamos a que pase la tormenta, como algunos nos alientan a pensar?

¿O fortalecemos nuestro compromiso con la diplomacia y con las Naciones Unidas?

Yo creo firmemente que solo hay una opción, demandada por la razón y por la conciencia, y es un fuerte trabajo diplomático y de negociación para reformar la ONU.

Esto no quiere decir que ese es un camino fácil. Y hay razones para que las personas se sientan inseguras actualmente.

El nivel de conflicto y la falta de soluciones combinadas con el miedo al terrorismo; la realidad de que la globalización ha traído grandes beneficios a algunos, pero ha empeorado la suerte de otros; la sensación de una desconexión entre los ciudadanos y los gobiernos o, en algunos países, la falta de gobernanza; la sensación general de que para todos nuestros avances en tecnología y conexión, tenemos cada vez menos control de las fuerzas que moldean nuestras vidas, todos estos factores y más han contribuido a un sentido de un mundo fuera de equilibrio, y no hay respuestas fáciles.

Y a pesar de los millones de personas que en nuestras vidas hemos salido de la pobreza, la diferencia entre las vidas de los que nacimos en sociedades ricas y democráticas, y quienes nacieron en barrios de tugurios y campamentos de refugiados en el mundo es una injusticia profunda. Lo vemos y sabemos que está mal, en un nivel humano simple. Esa desigualdad está contribuyendo a la inestabilidad, el conflicto y la migración, así como a la sensación de que el sistema internacional sirve a pocos a expensas de muchos otros.

Pero, ¿cuál es nuestra respuesta como ciudadanos?

¿Nos retiramos del mundo donde antes sentíamos la responsabilidad de ser parte de las soluciones?

Soy estadounidense orgullosa y soy una internacionalista.

Creo que cualquier persona comprometida con los derechos humanos es internacionalista.

Significa ver el mundo con un sentido de justicia y humildad, y reconocer nuestra propia humanidad en las luchas de los demás.

Proviene del amor a la patria, pero no a costa de los demás, del patriotismo, pero no del nacionalismo estrecho.

Incluye la visión de que el éxito no es ser mejor que otros, sino encontrar su lugar en un mundo donde otros tengan éxito también.

Y que una nación fuerte, como una persona fuerte, ayuda a otros a levantarse y a ser independientes.

Es el espíritu que hizo posible la creación de la ONU, de los escombros y ruinas y 60 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial, de modo que incluso antes de que la tarea de derrotar al nazismo estuviera completa, esa generación de líderes en tiempos de guerra forjaba las Naciones Unidas.

Si los gobiernos y los líderes no mantienen viva esta llama del internacionalismo, entonces nosotros como ciudadanos debemos hacerlo.

El desafío es cómo restaurar ese sentido de equilibrio y esperanza en nuestros países, sin sacrificar todo lo que hemos aprendido sobre el valor y la necesidad del internacionalismo.

Porque un mundo en el que damos la espalda a nuestras responsabilidades globales será un mundo que produzca mayor inseguridad, violencia y peligro para nosotros y para nuestros hijos.

Este no es un choque entre idealismo y realismo.

Es el reconocimiento de que no hay acceso directo a la paz y la seguridad, ni sustituto del largo y penoso esfuerzo para poner fin a los conflictos, ampliar los derechos humanos y fortalecer el estado de derecho.

Tenemos que desafiar la idea de que los líderes más fuertes son los más dispuestos a desestimar los derechos humanos por razones de interés nacional. Los líderes más fuertes son aquellos que son capaces de perseguir a ambos.

Tener valores fuertes y la voluntad de actuar sobre ellos no debilita nuestras fronteras ni nuestros ejércitos, en cambio es su fundamento esencial.

Nada de esto quiere decir que la ONU es perfecta. Por supuesto que no lo es.

Nunca he conocido a un oficial en el terreno que no haya criticado sus deficiencias, como imagino que Sergio hizo en sus momentos más oscuros.

Él, como todos nosotros, quería una ONU que fuera más decisiva, menos burocrática y que estuviera a la altura de sus normas. Pero nunca dijo que no tenía sentido. Nunca tiró la toalla.

La ONU es una organización imperfecta porque somos imperfectos. No está separado de nosotros.

Nuestras decisiones, en particular las adoptadas por el Consejo de Seguridad, han contribuido a crear el panorama que hoy nos ocupa.

Debemos recordar siempre por qué se formó la ONU, y para qué sirve, y tomar esa responsabilidad en serio.

Tenemos que reconocer el daño que hacemos cuando socavamos a la ONU o la usamos de forma selectiva, o no la usamos del todo, o cuando confiamos en la ayuda para hacer el trabajo de la diplomacia, o damos a la ONU tareas imposibles y luego la sub financiamos.

Por ejemplo, hoy en día, no hay un solo llamado humanitario en el mundo que esté financiado siquiera por la mitad de lo que requiere. De hecho es peor que eso. Por ejemplo, los países que están al borde del hambre tienen por ejemplo, el 17%, el 7% y el 5% de financiamiento.

Por supuesto, la ayuda de emergencia no es una respuesta a largo plazo.

Nadie prefiere ese tipo de ayuda. Ni los ciudadanos de los países donantes. Ni los gobiernos. Ni los refugiados. Ellos no quieren depender.

Sería mucho mejor poder invertir todos nuestros fondos en infraestructura, escuelas, comercio y empresas.

Pero seamos claros, la ayuda de emergencia tiene que continuar porque muchos estados no pueden proteger los derechos de los ciudadanos alrededor del mundo, o simplemente no lo harán.

Es lo que gastamos en países donde no tenemos diplomacia o nuestra diplomacia no funciona.

Hasta que mejoremos en la prevención y reducción de los conflictos, estamos condenados a estar en un ciclo de tener que ayudar a alimentar o dar albergue a las personas cuando las sociedades colapsan.

Como otro legendario líder de la ONU, que también fue asesinado en la línea del deber, Dag Hammerskold, dijo: “Todo va a estar bien - ¿sabes cuándo? Cuando las personas dejen de pensar en las Naciones Unidas como una extraña abstracción de Picasso y la ve como un dibujo que ellos mismos hicieron”.

Las Naciones Unidas sólo pueden cambiar si los gobiernos cambian sus políticas. Y si nosotros como ciudadanos pedimos a nuestros gobiernos que lo hagan.

Es emocionante, si lo piensas: somos las generaciones futuras contempladas en la Carta de las Naciones Unidas.

Cuando nuestros abuelos decidieron “salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, tal como está escrito en la Carta, pensaban en nosotros.

Pero además de soñar con nuestra seguridad, también nos dejaron una responsabilidad.

El presidente Roosevelt, al dirigirse al Congreso de los Estados Unidos en enero de 1945, seis meses antes del final de la Segunda Guerra Mundial, dijo lo siguiente:

“En el campo de la política exterior, proponemos estar junto a las Naciones Unidas no sólo para la guerra, sino para la victoria por la que se libra la guerra”.

Continuó diciendo:

“La base firme se puede construir y se construirá. Pero la continuidad y la seguridad de una paz viva deben, a largo plazo, ser obra del propio pueblo”.

Hoy en día, tenemos que preguntarnos, ¿estamos cumpliendo con esa misión?

Nos dieron ese comienzo. ¿Qué hemos hecho con él?

Está claro para mí que hemos hecho grandes progresos. Pero nuestros acuerdos e instituciones son tan fuertes como nuestra voluntad para defenderlos hoy.

Y si no lo hacemos, por alguna razón, legaremos un mundo más oscuro e inestable a todos los que vienen tras nosotros. No es por esto por lo que las generaciones anteriores derramaron sangre y trabajaron tan duro en nombre de todos nosotros.

El recuerdo de los que vinieron antes de nosotros nos mantiene fieles a nuestros ideales.

Descansando inmutable en el tiempo, nos recuerdan quiénes somos y qué representamos.

Nos dan la esperanza de permanecer en la lucha, como lo hizo Sergio, hasta su último aliento.

14 años después de su muerte hay una necesidad aún más fuerte que antes de mantenernos fieles a los ideales y los propósitos de las Naciones Unidas.

Eso es lo que espero que su memoria nos deje hoy.

No todos podemos ser Sergio. Pero espero que todos podamos determinar que seremos una generación que renovará su compromiso de “unir nuestras fuerzas para mantener la paz y la seguridad internacionales”, y “promover el progreso social y mejores niveles de vida en una mayor libertad”.

Pero en el análisis final, incluso si no lo hacemos, incluso si ese nivel de visión nos elude y seguimos gestionando simplemente en lugar de tratar de superar los desafíos de nuestra generación, tenemos que seguir trabajando con determinación y paciencia.

Y usted puede estar seguro de seguir el ejemplo de uno de los mejores hijos de la ONU: y que para hacer un poco de su bien, para aplicarnos a la obra que dejó sin terminar, de cualquier manera que podamos, es una tarea digna para cualquiera de nosotros.

Gracias.