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El conflicto de Ucrania golpea el hogar de una pareja de adultos mayores

Sergei y su esposa se vieron obligados a desmantelar un proyectil que golpeó su hogar, en medios del conflicto que ha dejado a más de 1,5 millones de personas desplazadas dentro del país.

LUHANSK, Ucrania, 26 de febrero de 2018 (ACNUR) – Era un día sorprendentemente tranquilo en agosto de 2014 cuando Sergei*, de 85 años, y su esposa Nataliya, recibieron un inesperado visitante: un cohete de seis metros de largo.

La pareja de adultos mayores ya estaba acostumbrada a los bombardeos. Desde marzo de ese año, su aldea Peremozhene, al este de Ucrania, estaba situada cerca de la línea de frente, y la mayoría de sus habitantes huyó. Sergei y Nataliya se dieron cuenta de que lo que solía ser un próspero y tranquilo paraíso se había convertido en el centro de la batalla.

Durante el bombardeo, la pareja se albergó en el sótano que usualmente se usaba para proteger la comida y los vegetales durante el frío invierno ucraniano. Pero este se convirtió en su hogar durante los momentos más difíciles del conflicto, cerca de agosto de 2014, cuando muchas de las casas de sus vecinos y amigos quedaron destruidas.

Sin embargo, una tarde, el bombardeo se detuvo súbitamente. Al notar el cambio, Sergei salió de su búnker improvisado.

“Fue el día más extraño, el cielo tenía un hermoso color azul y todo estaba en calma, era como una bendición, hasta que sucedió”, recuerda él.

“Fue el día más extraño”.

De repente, saliendo del cielo, venía un objeto metálico. Voló a través del techo del hogar que Sergei había construido 40 años atrás. “¡Sin siquiera tocar el timbre!”, dice bromeando.

De hecho, fue un cohete “Smerch” de seis metros de largo que se estrelló en el primer piso y se enterró a un metro del suelo. Cuando se estrelló contra su casa, solo uno de los cuatro explosivos detonó con un fuerte golpe que sacudió la base de la casa y la cubrió de polvo.

“Lo primero que hice”, dice Sergei, “fue saludar a mi visitante y decirle que no era exactamente el tipo de ayuda humanitaria que esperaba ese día”.

Luego se acercó a un equipo de desminado con la esperanza de que pudieran sacar la bomba de su casa. Sin embargo, cuando dos especialistas vinieron a visitarlo, le dijeron que la única opción sería volar la bomba y, con ella, su casa.

Sergei le muestra al personal del ACNUR en Luhansk, el lugar donde cayó el misil en su hogar. © ACNUR/Hugo Reichenberger

Después de que Sergei insistiera en que quería quedarse con su casa, los especialistas bromearon y le dijeron que la única opción sería desmontar la bomba pieza por pieza, una tarea imposible que pondría en riesgo su vida y la de los demás. “Cuando escuché esto, les dije: '¡Gracias por el gran consejo, muchachos! ¡Y será mejor que se vayan rápido porque comenzaré hoy!”.

Ese mismo día, el adulto mayor comenzó a desmantelar la bomba pieza por pieza, tornillo a tornillo, alambre por alambre, mientras su esposa se escondía en el sótano. Los vecinos a veces lo instaban a detenerse, pero estaba decidido. “Esta casa es todo lo que nos queda a mi esposa y a mí”, les dijo. “Si nos vamos, nuestras vidas terminan. Seguiré cavando y desmantelando”.

Eventualmente, Sergei se convirtió en un mito entre los aldeanos, ya que muchos lo consideraron muerto después de escuchar fuertes explosiones de otros explosivos. Sin embargo, después de 19 días, la bomba quedó completamente desmantelada y los especialistas finalmente pudieron detonar la parte explosiva lejos de la casa de Sergei.

“Esta casa es todo lo que nos queda a mi esposa y a mí”.

Aunque aliviado de que su calvario haya terminado, Sergei y Nataliya todavía enfrentan grandes desafíos en sus vidas cotidianas. Al igual que millones de personas, deben hacer cola durante horas en los puestos de control y cruzar un peligroso puente a pie para visitar a familiares, amigos y centros médicos. Sus pensiones ascienden a solo 30 dólares por mes, pero muchos otros no reciben nada en absoluto.

Actualmente, las personas que viven en áreas no controladas por el gobierno deben registrarse como desplazados internos ante las autoridades ucranianas para seguir teniendo acceso a sus legítimos beneficios de pensión, a pesar de que las pensiones son un derecho adquirido de todos los ciudadanos. Cada dos meses, miles de personas mayores, incluidas las personas con discapacidades y en sillas de ruedas, deben emprender el viaje peligroso y costoso a través de la línea de contacto para mantener activa su inscripción. Cruzar en invierno es particularmente difícil, exponiendo a las personas a temperaturas bajo cero y largas horas de espera, así como a bombardeos.

El ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, está entregando a Sergei y su esposa materiales de albergue para reparar su techo, gracias a los donantes. También han recibido kits básicos de higiene y hogar, además de visitas regulares de la agencia.

Sin embargo, sin una solución para el conflicto a la vista, es probable que sus dificultades continúen en los próximos meses o años.

A medida que continúa el conflicto, Ucrania se está convirtiendo rápidamente en uno de los países más contaminados por minas del mundo y los civiles están pagando un precio cada vez más alto.

Pero Sergei sabe mejor que nadie cómo mantener la fe.

“Mi secreto que me mantuvo en pie fue la gratitud”, dice. “Gratitud por la vida, que una vez tuve. Gratitud por la paz que un día encontraré”.

 

* Los nombres han sido cambiados por razones de protección

 

Por Hugo Reichenberger