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El teatro ayuda a refugiada burundesa a enfrentar desafíos

Empezando de cero en la República Democrática del Congo, una madre burundesa saca fuerzas de sus papeles con un grupo amateur de teatro.

UVIRA, República Democrática del Congo, 27 de enero de 2017 (ACNUR) - Con los ojos desorbitados por el pánico, los dos jóvenes se ponen a cubierto en un extremo del patio, bajo un sol cegador. Tras ellos, un muro de chapas metálicas les bloquea el camino: no hay salida. Gritan de terror.

De repente, todo ha acabado. Los hombres se levantan, se sacuden el polvo de los pantalones. Escena siguiente.

Ensayando duro, los hombres son parte de un grupo de actores compuesto tanto por los refugiados como por los lugareños en Uvira, una población situada en la volátil zona oriental de la República Democrática del Congo (RDC).

Entre los actores del grupo de teatro, conocido como The Kings of Peace (Los reyes de la paz), se encuentra Rehema Kankindi, una viuda de 56 años que huyó de la mortal inestabilidad política en el vecino Burundi en 2015. Los ensayos tienen lugar en el pequeño patio de la modesta casa donde vive en dos habitaciones de alquiler, junto con dos de sus hijos y dos nietos.

“Un monstruo perseguía a estos dos jóvenes”, explica Rehema con voz suave. “Son cuentos que la gente explica aquí”.

ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, ayuda a proteger, en todo el mundo, a los refugiados urbanos que, como Rehema, no viven en campamentos y promueve la coexistencia pacífica con sus comunidades de acogida.

Pero ACNUR, con pocos recursos para sus programas en la RDC, no puede hacer todo lo que quisiera a la hora de facilitar apoyo psico-social a los refugiados. Por ello, ACNUR apoya a grupos como Los reyes de la paz como parte de su objetivo de ayudar a los refugiados a superar experiencias dolorosas y vivir dignamente allá donde se encuentren.

Mientras los actores continúan ensayando, el pequeño patio se va llenando lentamente con un público espontáneo procedente del vecindario. Niños con chancletas se sientan en el suelo, al lado de mujeres con coloridos vestidos, y unos pocos hombres. Hoy la entrada es gratuita, pero cuando Los reyes de la paz actúan en uno de los populares restaurantes de Uvira, las entradas les reportan unos ingresos muy necesarios.

Pero el teatro representa algo más que un poco de dinero de bolsillo para Rehema. “Me di cuenta de que tenía que unirme al grupo”, dice Rehema, que tiene diabetes, una enfermedad agravada por el estrés físico y mental. “Cuando actuamos, reímos, lloramos, estamos juntos fuera. Me ayuda con el estrés, y eso me ayuda a sobrevivir.”

“Cuando actuamos, reímos, lloramos, estamos juntos fuera. Me ayuda... a sobrevivir.”

Algunas de las escenas tratan de la violencia y el asilo, y obligan a Rehema a enfrentarse a los episodios más difíciles de su vida. Dos de sus hijos mayores desaparecieron durante los disturbios en Burundi del año anterior. Le han llegado rumores de que fueron asesinados. El esposo de Rehema murió años antes, dejándola a cargo de la familia; después ella se vio obligada a organizar el precipitado viaje al Congo cuando Burundi se transformó en un lugar demasiado inseguro para ellos.

“No sabemos porqué los mataron. Nadie nos dio un motivo. En aquella época, algunas personas secuestraban y mataban a otras, así de fácil”, dice.

Fuera del grupo de teatro, la vida es difícil para Rehema. Trabaja duro cada día para llevar comida a la mesa de su familia, vendiendo verdura en una mesa rudimentaria a la puerta de su casa, por unos exiguos ingresos. Coloca los tomates en pirámides de cuatro, al lado de los pimientos verdes y una lata con aceite de palma que vende a cucharadas.

Rehema es particularmente vulnerable. Es viuda y tiene una familia a su cargo y también padece enfermedades crónicas. Recientemente, ACNUR le facilitó medicinas para su diabetes y otras enfermedades y trabajadores de la agencia la visitan a ella y a sus hijos de vez en cuando. Esto le hace sentirse más segura. Dice: “También siento que no estoy abandonada”.

“Necesita protección”, dice Esther Kashira, oficial de protección del ACNUR en Uvira. “Hacemos un seguimiento de su caso cuando llevamos a cabo visitas sobre el terreno. Nuestra presencia ayuda a proteger a los refugiados y los tranquiliza”.

En el patio polvoriento, empiezan los ensayos para la próxima escena. Rehema hace el papel de la madre de un chico que deja la escuela y va con malas compañías. Pronuncia sus frases con una emoción profunda y auténtica.

Su actuación es tan conmovedora porque se basa en su experiencia personal: su hijo menor, Swedi, de 16 años, no ha asistido a clase desde que huyeron de Burundi. Su hija, Shebaby, de 18, sueña con ir a la universidad. Pero, de momento, no cuentan con dinero suficiente para asumir los costos.

A pesar de las dificultades, Rehema nunca se rendirá. “Tengo enfermedades que no tiene cura”, dice, siendo muy realista. “Si los chicos estudian, se pueden valer por sí mismos”.

Y vuelve a los ensayos, obteniendo del teatro y de la multitud la energía que necesita para continuar adelante, por ella, y por sus hijos.

Gracias a la Voluntaria en Línea Esperanza Escalona Reyes por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.