Escuelas iraquíes afrontan un déficit de pupitres

Displaced by conflict, many students are struggling to find a place in the classroom. [for translation]

En la escuela primaria al-Asil, en el barrio bagdadí de Mansour, niños iraquíes desplazados internos, asisten a clase después de haber faltado a la escuela durante más de un año a causa de la violencia.  © ACNUR/E.Ou

BAGDAD, Irak, 30 de septiembre de 2015 (ACNUR) – Mientras muchos estudiantes iraquíes disfrutaban de las últimas semanas del verano antes de reanudar las clases, las aulas de la escuela primaria al-Asil, en el barrio bagdadí de Mansour, estaban llenas.

Aquí, estudiantes de familias desplazadas por la violencia, intentaban ponerse al día para preparar el inicio del curso escolar. Para casi todos ellos, esta ha sido la primera vez que han regresado a las aulas en más de un año.

Isra, de 12 años de edad, fue obligada por sus padres a abandonar la escuela hace casi dos años. Esta escuela, situada al otro lado de la calle de un complejo gubernamental en Ramadi, era objeto de constantes ataques.

Durante la semana siguiente, su madre Fawzia, Isra y sus tres hermanos tuvieron que andar por la ciudad durante una hora para poder asistir a clases en una zona segura. Pero entonces, al intensificarse la violencia en Ramadi, la caminata a la escuela se volvió peligrosa.

Fawzia describió cómo se desplazaron por los puestos de control y los largos rodeos que tuvieron que hacer para evitar los enfrentamientos en las calles de la ciudad. "Al final, opté simplemente por mantenerlos en casa", afirmó. "Sinceramente, todos estábamos aterrados. Nadie salió de casa".

Esos meses, con toda la familia confinada en un pequeño apartamento, fueron de los más difíciles, recordó Fawzia. Sus hijos comenzaron a inquietarse y al ralentizarse la economía de la ciudad, el dinero se volvió un bien escaso.

Finalmente en enero, la familia decidió huir de Anbar, cruzando por Bagdad y refugiándose con sus familiares.

Ahora viven con otros desplazados iraquíes en un campamento que cuenta con el apoyo de ACNUR y de sus socios locales. La escuela donde Isra ahora asiste a clase está afiliada con el campamento, gestionada por la comunidad y respaldada por empresarios y voluntarios locales.

Más de tres millones de iraquíes se han visto obligados a abandonar sus hogares desde que la violencia empezó a intensificarse en el 2013. Según las estimaciones de la ONU, 700.000 niños han perdido un año entero de escuela. Muchos otros, en especial, mujeres y niñas han perdido dos años o más.

El acceso a la educación es, con frecuencia, lo primero que desciende a medida que la seguridad empeora. La educación puede llegar a ser una utopía, incluso para aquellas familias que logran huir. En algunas partes relativamente seguras de Irak, como Bagdad, las escuelas están desbordadas; en otras, como en la región del Kurdistán, las clases se imparten en kurdo, un idioma desconocido para la mayoría de desplazados de habla árabe.

Isra, brillante y locuaz en el aula, crece más tranquila y más reticente al estar rodeada por su familia en su tienda de campaña.

"Ella solía dormir cada día hasta tarde", explicó su madre. "Pero ahora se despierta por la mañana incluso antes que yo. Ni siquiera espera para desayunar".

Fawzia comentó que al principio alentaba a su hija a quedarse en casa y que aprendiera a usar la máquina de coser. Así podría ayudar en el modesto trabajo de costurera que Fawzia desempeña para ganar un dinero extra. Pero Isra suplicó volver a las aulas, y Fawzia finalmente accedió.

"En la escuela te enseñan de todo", dijo Isra, dando ánimos a sus padres. "Te preparan para cualquier cosa".

Bruno Geddo, representante del ACNUR en Irak, declaró: "Esto es crucial para garantizar el acceso a la educación de jóvenes como Isra".

"En Irak hay actualmente 3 millones de niños y adolescentes que no asisten a clases", y agregó: "en ellos recaen las claves de un futuro mejor para el país. Si ellos no quedan al margen de la educación, una nueva generación de ciudadanos instruidos podría ayudar a lograr la paz, la prosperidad y la estabilidad donde ahora hay violencia, conflicto y guerra".

En un caluroso día de agosto, los estudiantes de cuarto grado de la escuela primaria al-Asil, se sentaron en sus pupitres dispuestos en filas ordenadas. Se levantaron, uno por uno, en silencio, a copiar unas palabras en la pizarra. Los ventiladores de techo se encendían y apagaban a causa de las intermitentes subidas de tensión y cortes que afectaban al grupo electrógeno.

Durante la última clase del día, los estudiantes repasaron gramática, tomaron apuntes y, a pesar del calor, dieron réplica a las preguntas con entusiasmo.

"Francamente, creo que tienen más motivación que otros estudiantes", dijo Kawtha al Ahmed, directora de la escuela. Veterana del sistema educativo, Kawtha, de 40 años de edad, es amable y decidida a partes iguales. Sonríe con orgullo mientras charla en los pasillos, enumerando sus logros escolares. Pero cuando entra en el aula, su cara se vuelve seria; los estudiantes corren hacia ella y la saludan al unísono.

Al acabar la clase, Isra y sus amigos hicieron cola esperando un minibús que los llevaría de vuelta a su campamento. Entonces ella declaró: "Quiero ser médico", confesándoles que la clase de ciencias es su favorita. "Me gustaría ayudar a la gente".

A mediados de septiembre, los cursos de verano de Isra llegaron a su fin y se reanudaron las clases regulares en la escuela al-Asil. Un puñado de estudiantes del campamento pueden asistir junto con los estudiantes regulares, pero no hay espacio para todos.

"Encontraremos un lugar para todo el mundo", dijo Kawtha enfáticamente. Pero admite que todavía hay demasiados estudiantes y muy pocos pupitres.

Por Susannah George en Bagdad, Irak.

Gracias a la Voluntaria en Línea Carol Belvis por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.