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Familia desplazada tres veces echa nuevas raíces en Portugal

Duret y su familia han encontrado finalmente la paz en Portugal, lejos de la violencia y persecución que les atormentaron durante años

BATALHA, Portugal, 10 de mayo de 2017 (ACNUR) - En una fábrica de cerámica de la pequeña ciudad de Batalha, Duret carga platos y cuencos en una cinta transportadora, listos para ir al horno. Después de 10 meses en el trabajo, se está acostumbrando al ritmo de la vida laboral en Portugal, su hogar adoptivo.

“Cuando llegamos aquí, no sabíamos ni decir “Hola”, no sabíamos nada”, dice Duret, esforzándose por hacer oír su voz por encima del ruido monótono de las máquinas. “Pero una vez aprendimos un poco de portugués, vimos que no había diferencia entre nosotros y nuestros colegas. Trabajamos todos juntos”.

A su lado en la cadena de producción están dos miembros de su familia política Jamal y Hani. Los tres hombres pertenecen a una extensa familia de refugiados iraquíes palestinos que fueron reubicados en Portugal hace un año, como parte del Programa de Reasentamiento de la Unión Europea.

“Creemos que tenemos una responsabilidad social”, dice el director de recursos humanos Roberto Madeira. “Y necesitamos personas competentes para trabajar. Somos el mayor empleador de la zona y necesitamos cubrir nuestra cuota de trabajadores”.

“Creemos que tenemos una responsabilidad social”.

Desde 2015, Portugal ha venido desempeñando un activo papel en el reasentamiento, reubicando a más de 1.200 refugiados en pueblos y ciudades de todo el país. El Primer Ministro António Costa ha aumentado el compromiso de reasentamiento de su país, de 4.000 a 10.000 personas, en lo que muchos consideran un intento de estimular la economía del país.

Portugal se vio muy afectada por la crisis económica mundial y muchos de sus jóvenes se han visto obligados a marcharse del país en busca de empleo. Muchos refugiados no consideraban al país como su posible nuevo hogar.

La concejal de Batalha Cinta Silva cree que el país tiene mucho que ofrecer a los recién llegados. “El éxito de nuestro proceso se debe a que el sector privado también se ha implicado, incluso el sector social lo ha hecho: todo el mundo está trabajando conjuntamente”, dice. “Es más fácil trabajar con comunidades pequeñas y si todos trabajan con el mismo objetivo, por la integración. Los refugiados sienten que aquí se los quiere y necesita”.

La fábrica de cerámica Matt es uno de los mayores empleadores de la zona. © ACNUR / Bruno Galán Ruiz.

La vida en una pequeña ciudad tiene sus ventajas para la familia de Duret, compuesta por cuatro generaciones y que ha sido desplazada tres veces durante su vida. Todo empezó con la violencia de 1948, cuando la abuela Taqia, que ahora tiene 77 años, huyó de Haifa, la ciudad en la que había nacido, a Irak. Vivió en Bagdad durante más de 50 años, hasta la caída de Saddam Hussein en 2002.

Pero después de que la violencia y la inestabilidad destrozaran su barrio, la familia decidió que no se podía quedar allí. La gota que colmó el vaso fue el secuestro del nieto de Taqia, por el que pidieron un rescate. Tan pronto como aseguraron su liberación, parte de la familia huyó a Siria, mientras la otra huyó a Libia. Ninguno de los dos países les ofrecieron una estabilidad duradera.

En 2012, los miembros de la familia que se encontraban en Siria se trasladaron a vivir a Libia con el resto de la familia, después de que su hogar fuera alcanzado por misiles. Después, cuando los islamistas radicales llegaron a la ciudad libia de Sirte, se vieron obligados a huir de nuevo. “Fue terrible”, recuerda Duret. “No había seguridad. Había ejecuciones en las calles, y nos obligaban a mirarlas y yo no quería que mis hijos presenciaran aquello. Mi esposa tenía que llevar el niqab y tenía miedo de salir de casa. Además, nos robaron muchas veces”.

Taqia, de 77 años, dejó su hogar en Haifa en 1948 y nunca ha vuelto. © ACNUR / Bruno Galán Ruiz.

En septiembre de 2015 los ocho miembros de la familia se subieron a una pequeña embarcación con más de 500 pasajeros de África y Siria. Los traficantes de personas solo les permitieron llevar consigo una pequeña bolsa con comida y agua. Durante un día, vagaron por el mar, aterrorizados, hasta que fueron localizados por un barco de rescate italiano.

Sawan, hija de Taqia, aún recuerda el alivio que sintió. “En el momento en que vinieron a salvarnos y nos subieron al barco grande, me sentí como si hubiera vuelto a nacer. Sabía que estábamos a salvo. Habíamos pasado una nueva página”.

Durante el año siguiente, la familia fue trasladada de un centro de acogida a otro en la isla de Lampedusa, y finalmente, a Roma. Su esperanza inicial era reunirse con otros miembros de la familia en Suecia, pero después optaron por acogerse al programa de reasentamiento.

“Incluso para nosotros, estamos aprendiendo cada día. Es agradable tener diferentes culturas”.

Un año después de haber iniciado su nueva vida en la pequeña ciudad de Batalha, la familia forma ya parte de esta pequeña comunidad. Los niños van a la escuela local y hablan portugués de manera fluida. Taqia participa en las clases periódicas de actividad física en el ayuntamiento, mientras Sawan y su hija Tahani son caras habituales del mercado. Cada semana, una profesora local va a su casa a dar clases del idioma a los adultos.

“Todos los conocen”, dice la concejal Cintia. “Todos son amigos nuestros, vamos a sus casas, siempre nos invitan a tomar el té, a cenar, a probar diferentes platos. E incluso para nosotros, estamos aprendiendo cada día. Es agradable tener diferentes culturas, todos estamos aprendiendo con esta experiencia”.

Hace dos meses, la familia dio la bienvenida a su nuevo miembro, Adam, que nació en el hospital local de Batalha. Mirando a su hijo, Duret explica lo que esta nueva oportunidad significa para las cuatro generaciones de su familia. “Como palestinos que partimos en 1948, llevamos más de 70 años siendo refugiados”, dice. “Lo más importante para nosotros es que tenemos estabilidad, cosa que no tuvimos nunca en Irak, Siria o Libia”.

Por Zahra Mackaoui y Bruno Galán Ruiz

Gracias a la Voluntaria en Línea Esperanza Escalona Reyes por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.