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Familia siria encuentra un puerto seguro en las costas de Canadá

En el puerto de la ciudad de Lunenburg, locales generosos se han unido para recibir con los brazos abiertos a una familia siria.

LUNENBURG, Canadá, 28 de diciembre de 2016 (ACNUR) - Cada mañana, bajo el arropo del amanecer grisáceo en el cielo, Ahmad Ayash maneja al trabajo, pasando una línea de casas a su izquierda y el puerto calmo a su derecha. Una paz se apacigua sutilmente en el aire. Aquí en el puerto de la ciudad de Lunenburg, Canadá, no hay bombas o balas que la rompan.

Desde que Ahmad tiene memoria, al menos hasta su  bisabuelo, la familia Ayash ha vivido y trabajado en la ciudad de Daraa, Siria. Pero meses después de que él abriera su oficina de ingeniería en la ciudad, la estabilidad de una vida compartida junto a su esposa, Fatmeh, y sus hijos, repentinamente desapareció. La entrecortada ráfaga de disparos que marcó el comienzo del prolongado conflicto de Siria, el cual ha desarraigado a más de 11  millones de residentes, despertó a los cinco niños pequeños por la noche.

Los padres tomaron la decisión de huir de Daraa tan pronto como fuera posible, cruzando la frontera con Jordania. Lo que no pudieron empacar, quedó atrás, así como sus  amigos, familiares y el sentido de pertenencia.

“Cuando decides irte, se hace muy difícil”, dice Ahmad. “Pero no tienes otra opción”.

                  “Cuando decides irte, se hace muy difícil”.

El 28 de Febrero del 2016, la familia Ayash fue reasentada en Lunenburg, Nueva Escocia, ellos fueron los primeros refugiados en ser recibidos por esta pequeña comunidad de 2.500 personas. Esta es una ciudad donde los pescadores pueden rastrear su línea ancestral varias generaciones atrás, algo que sin saberlo, Ahmad también carga dentro de sus propias pérdidas.

Delante de los rastreros de vieiras y barcos pesqueros anclados, viejos pilares de granito negro en forma de brújula crean un monumento a los cientos de pescadores que no regresaron a la bahía.

“Las personas aquí han aprendido a vivir con la muerte desde temprano”, dice David Friendly, un residente de Lunenburg y presidente del comité de patrocinio privado de la familia Ayash.

Pero a pesar de la trágica historia de la ciudad, sus costas rocosas se han convertido en un faro para los refugiados que huyen de la guerra y persecución en Europa.

Todo comenzó cuando el Padre Michael Mitchell, arcediano de la iglesia Anglicana de la ciudad, viendo imágenes del éxodo y la pérdida en Siria, habló con su congregación. La comunidad tomó mucho interés en el asunto, formando una coalición de iglesias y grupos comunitarios con el objetivo de patrocinar a una familia.

Cuando la familia Ayash finalmente llegó, David rápidamente se convirtió en un amigo cercano de Ahmad y recuerda haber sentido una conexión instantánea con él.

“Yo no sabía lo que era, realmente no podía decir qué era”, dice David. “Pero sentí esa conexión”.

David ayudó a Ahmad a encontrar un trabajo justo después de que la familia llegara. La pareja ya sabía que Canadá no le reconocería a Ahmad sus más de 20 años de experiencia en ingeniería, lo que le limitaría la búsqueda de trabajo. Pero una compañía local manufacturera de materiales aeronáuticos le ofreció trabajo a Ahmad.

“El trabajo es una cosa muy importante para mí”, dijo Ahmad. “Tienes que encontrar un trabajo para asegurar una buena vida para tus hijos”.

“Tienes que encontrar un trabajo para asegurar una buena vida para tus hijos”.

Ese ingreso significa que su familia puede ser auto suficiente, una gran victoria dadas las barreras a las que muchos refugiados se enfrentan para encontrar empleo a largo plazo.

Y para David, quien no tiene nietos por su cuenta, esta amistad ha adquirido un significado especial.

“Es muy egoísta de mi parte, pero me encanta que [los niños] pueden pensar en mí de esa manera”, dice él.

No todo ha sido una simple navegación, hay muchos desafíos involucrados en trasladarse a una ciudad pequeña. La fuente más cercana de carne halal está en Halifax, a cerca de 100 kilómetros de distancia y solo se consigue congelada. Pero sin restricciones religiosas sobre el pescado, David encontró a un pescador dispuesto a venderle todo el eglefino a la familia. Fatmeh ahora prepara pescado relleno con vegetales y especias, logrando que Medio Oriente se mezcle con lo marino.

Y Lunenburg no se encuentra sola en sus esfuerzos incansables por ayudar a aquellos que han sido forzados a huir de su hogar. Entre noviembre del 2015 y febrero del 2016, más de 25.000 refugiados sirios fueron reasentados en todo el territorio de Canadá.

Viviendo a más de 8.000 kilómetros de distancia de lo que les resulta familiar, Ahmad admite que hay momentos que él y Fatmeh se sienten solos.

“Algunas veces, cuando te sientas en casa, tus memorias te llevan al pasado. Piensas en tus amigos. Tu tierra. Tu hogar,” dice Ahmad. “Pero entonces sales y ves a las personas y conversas con ellas. Y ya no estás solo”.

A lo largo y ancho es una serie de historias que retrata a canadienses que han dado la bienvenida a refugiados sirios con apoyo y compasión. Desconocidos, amigos, familias y comunidades de todo el país están creando fuertes lazos de amistad que van más allá de la lengua y la cultura, justo cuando más falta hace.

Gracias a la Voluntaria en Línea Shehaweh Karasingh por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.