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La angustia sigue a los cristianos iraquíes en Líbano

Después de huir de la persecución en Irak, familias como la Yousif luchan para continuar con sus vidas en el exilio.

BEIRUT, Líbano, 10 de enero de 2018 (ACNUR) - En el difícil suburbio de Sad el Baouchriye, Beirut, la tristeza rodea el estrecho departamento alquilado por los Yousif, una familia de refugiados del norte de Iraq.

La familia Yousif se vio obligada a salir de la región de Nínive, Irak, en 2015, huyendo de una ola de represalias contra las personas cristianas y pertenecientes a otras minorías, así como de la persecución de los extremistas. La familia de siete personas primero se mudó a Erbil. Después, aún con un sentimiento de vulnerabilidad, viajó a Líbano, con poco más que sus recuerdos.

A pesar de que las preocupaciones por su seguridad han disminuido, la vida en el exilio ha sido difícil. Poco después de huir de Irak, Mirna, la madre de familia, sufrió una nueva perdida. Su esposo Munzer murió por causas naturales en Beirut. Sus hijos, con edades entre los 12 y los 22 años, y que continúan con ella en Líbano, se quedaron sin su padre.

“El primero de mis hijos tuvo que huir de Irak porque lo estaban obligando a luchar, después nosotros lo seguimos. Era muy peligroso quedarnos”, le dijo Mirna al ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, durante una visita al apartamento que se llevó a cabo junto con voluntarios de la ONG católica Caritas, que trabaja como socio de ACNUR en Líbano.

Mientras habla, Mirna busca una foto impresa de la antigua casa de la familia, que es ahora una pila de ladrillos, polvo y pedazos torcidos de metal. Perdimos nuestro hogar. Está completamente destruido. ¿Qué nos queda para volver?”.

Una foto de la antigua casa de la familia Yousif en el norte de Irak, destruida durante la lucha sectaria. © ACNUR / Matthew Saltmarsh

Además de mantener unida a la familia cercana, Mirna debe cuidar a sus suegros. Su suegra, Faheemah, de 82 años, está casi ciega y casi completamente postrada a la cama, después de haber sufrido un derrame cerebral y otras complicaciones; sus piernas hinchadas solo la llevan de la cama al baño, con algo de asistencia. El costo de la medicación pone mucha presión sobre las finanzas familiares.

Su suegro, Gorgis, de 83 años, a veces sale del apartamento, pero en general no se aventura más allá de la iglesia local o de una silla de plástico en el estacionamiento de la planta baja, desde donde examina la calle con ojos vidriosos.

“Perdimos nuestro hogar. Está completamente destruido. ¿Qué nos queda para volver?”

Durante la visita, Gorgis rompió en un melancólico canto que a un extraño le parecería un lamento nostálgico por su hogar, y quizás por la actual situación de la familia.

Los sueños del futuro están en su mayoría en espera. La preocupación diaria de la familia, como la de tantos otros refugiados, es financiera. El apartamento que alquilan en el barrio pobre de Beirut cuesta 700 dólares al mes. Los costos de los alimentos, los servicios públicos, las medicinas y otros bienes agregan cientos de dólares más a los gastos mensuales. La asistencia en efectivo del ACNUR ayuda a cubrir parte de esto, pero está lejos de ser suficiente.

Eso significa que los dos hijos mayores, Michael y Media, de 22 y 18 años respectivamente, tienen trabajos de baja categoría en Beirut para mantener a flote a la familia. Por lo tanto, sus perspectivas se oscurecen cada vez más, algo que es una preocupación para los padres refugiados de todo el mundo.

Mientras continúan los combates en partes del norte de Irak debido a la expulsión de los extremistas de Mosul, muchos de los que se vieron obligados a huir, como los Yousif, han abandonado la esperanza de regresar a sus hogares, temiendo que la tensión sectaria pueda durar. Es por esto que esperan un exilio prolongado, o avanzar a otros países bajo los programas de reasentamiento del ACNUR, aunque hay pocos lugares reservados para los más vulnerables.

Más temprano ese mismo día, en una sesión semanal de terapia y discusión para refugiados iraquíes, docenas de refugiados cristianos iraquíes hablaron sobre el dolor de encontrarse en el limbo. Es una vida de frustración en el mejor de los casos, y a menudo deja cicatrices psicológicas.

“Siento que vivo en un tiempo prestado, que no es mío”, dijo Laith, un hombre de unos 60 años. “Quiero ayudar a mis hijos, pero no puedo. Mi hijo solía ser el mejor de su clase en Irak. Ahora es un trabajador”.

Entre los desafíos diarios citados por Laith y otros cristianos iraquíes en la sesión estuvieron la depresión, los problemas de salud, las oportunidades perdidas para sus hijos y las dificultades financieras. La mayoría expresó el deseo de tener una nueva vida en otro lugar, si fuera posible.

“Siento que vivo en un tiempo prestado, que no es mío. Quiero ayudar a mis hijos, pero no puedo”.

Un estudio publicado por el Consejo Mundial de Iglesias y Norwegian Church Aid indica que los sentimientos sectarios en Irak “se han arraigado profundamente” y advirtió que la derrota de los extremistas por sí sola “no resolverá estos peligros subyacentes ni garantizará que las minorías regresen a su lugar de origen”. Asimismo, subrayó la necesidad de seguir proporcionando fondos humanitarios flexibles y suficientes en Irak.

La diáspora está muy extendida: el año pasado había casi 260.000 refugiados iraquíes registrados en Turquía, Líbano, Jordania, Egipto y los países del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo.

Varios refugiados en la sesión de Caritas dijeron que se sentían más cómodos en Líbano, en parte debido a su gran comunidad cristiana.

“Aunque las condiciones aquí son extremadamente difíciles, lo más importante es que nos sentimos seguros”, dijo Josephine, una madre iraquí cuyo hijo era ingeniero en Irak. “Ahora tiene pequeños trabajos en el Líbano y no gana más de 400 dólares al mes”.

Las minorías en Irak se han visto especialmente afectadas por la reciente violencia, en particular los cristianos de Nínive. En todas las oficinas nacionales, el ACNUR tiene medidas para garantizar que todos los solicitantes de asilo, independientemente de su religión o contexto, tengan acceso a sus servicios.

De hecho, la Agencia ayuda a todas las comunidades de refugiados, incluidas las minorías religiosas, a registrarse, incluso a través de unidades móviles de registro, equipos de extensión capacitados y puestos de ayuda en las zonas donde se concentran estos grupos.

De vuelta en Beirut, algo que da un sentido de constancia para los Yousif es la iglesia local, donde la mayoría de la familia se une a otros cristianos iraquíes para orar por mejores tiempos.

Gorgis, el suegro, se preocupa por el futuro de la familia mientras están en el limbo. “Todos los días le pido a Dios que nos ayude”, dijo, con la voz quebrada mientras lucha por contener las lágrimas.

 

Por Matthew Saltmarsh y Lisa Abou Khaled