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La educación todavía es un sueño para una familia de refugiados sirios en el Líbano

Abdul Wahad, un niño de trece años, es uno del millón de refugiados sirios en el Líbano. Él y su familia sobreviven recolectando basura, pero su sueño es ir a la escuela.

BEIRUT, Líbano, 7 de abril de 2014 (ACNUR) - Abdul Wahad, de trece años, vive en un garaje subterráneo en Beirut entre el hedor de la basura. La basura es su negocio. “Cuando sea mayor”, comenta, “quiero ir a la escuela”.

Abdul Wahad es uno del millón de refugiados sirios que están actualmente registrados con ACNUR en el Líbano. La cifra es alarmante para un país que tiene menos de 5 millones de habitantes. Sería como si en el Reino Unido llegasen 15 millones de refugiados en un período de tres años.

Por elección propia, Abdul Wahad y los otros veinticinco miembros de su familia viven en un garaje donde una vez se reparaban carros Mercedes Benz. A pesar de la humedad y del goteo ocasional de las tuberías del techo, la familia rechazó instalarse en otra vivienda que el ACNUR les encontró. Recogen basura para ganar algo de dinero y en el garaje hay espacio para guardar las botellas, latas y plástico que encuentran entre la basura hasta que la empresa de reciclaje viene a por ellas 10 días después.

Los hombres y niños de la familia salen a la calle todos los días para recoger los restos de la basura. A menudo trabajan hasta las 3 de la tarde. A la mañana siguiente, las mujeres separan las latas de las botellas de plástico y las guardan en grandes sacos de tela de cáñamo. La basura ocupa la mitad de este frío y húmedo albergue subterráneo.

El ACNUR ha ayudado a la familia de Abdul Wahad proporcionándoles madera, toldos y mantas para construir cinco alojamientos improvisados en el garaje, así como cupones de comida. Sin embargo, el alquiler, la calefacción y la electricidad cuestan 1.000 dólares (USD) al mes. Todos tienen que trabajar. De los trece niños menores de 17, solo dos van al colegio y después ayudan a separar la basura.

En el Líbano no hay campamentos de refugiados oficiales para los sirios. El 70% de los refugiados alquila habitaciones o pisos, pero la vivienda escasea, tanto que el 30% vive en tiendas de campaña o albergues provisionales, fábricas abandonadas, edificios medio derruidos, garajes o con otras familias libanesas.

El ACNUR registra de media 2.500 refugiados sirios cada día. En algunas ciudades cerca de la frontera con Siria, como Chebaa o Arsal, los sirios superan en número a los libaneses.

La mitad de los refugiados son niños, pero la mayoría no van al colegio. El sistema escolar libanés ha creado unos “segundos turnos” por la tarde en un intento de acoger el flujo de niños sirios en los colegios, pero solo dan abasto para unos 100.000 niños.

De vuelta al garaje en Beirut, la abuela de Abdul Wahad, Muna, toma café en la penumbra a las 9.15 de la mañana. Ella es la matriarca de la numerosa familia en el garaje -con tres hijos, cuatro hijas y sus respectivos hijos- algunos de ellos todavía están durmiendo.

Mientras tanto Abdul Wahad está despierto, cantando e improvisando algunos pasos de baile. Un par de chicos están dando patadas a una pelota de fútbol medio desinflada, cerca de los sacos de basura. Una niña arrastra una muñeca de trapo con una cuerda. La pelota y la muñeca, así como todas las sillas y mesas, las encontraron rebuscando en la basura.

Esta familia se convirtió en refugiada a principios de 2013, cuando huyó de los enfrentamientos en Homs, y pasó muchas dificultades durante semanas, mientras buscaban un lugar seguro donde quedarse, en otras partes de Siria. “Teníamos un terreno donde estaban nuestras casas. Todo está destruido. Nos lo han robado todo. Todo. Tenemos un pozo. Incluso robaron el generador y la bomba de agua. No nos queda nada”, señala Muna.

Al igual que muchos otros refugiados, Muna sufrió la pérdida de familiares por una muerte violenta. Cuenta con estoicismo que su hijo mayor vivía en el Líbano, pero volvió para ayudar a la familia. Sin embargo, lo secuestraron. Su esposa lo buscó durante cuatro meses, hasta que se enteró de que estaba muerto.

 “Mi hijo murió para nada”, dice Muna. “No estaba involucrado [en el conflicto] en absoluto. Él deseaba tanto tener un hijo; tuvo cuatro hijas y finalmente un hijo, pero nunca tendrá el privilegio de verlo crecer”. Aun así, Muna tiene la intención de llevar de vuelta a su familia a Siria cuando los asesinatos terminen.

Mientras habla, suena el teléfono. Su hija Ftaim llama desde Siria. Ha vuelto repetidas veces para buscar a su marido, desaparecido desde hace meses. Todavía no hay noticias de él. Mientras Muna habla con su hija, coge a su nieto Hamsin y pone el teléfono en la oreja del niño de tres años para que pueda escuchar a su madre.

“Mi marido y yo somos mayores”, afirma Muna. Ella tiene 58. “Ahora solo nos preocupan los niños. Mis familiares, los familiares de mi marido, están dispersados por todas partes; algunos en Turquía, algunos en Jordania y otros continúan en Siria. Ni siquiera sé quién está vivo o muerto”.

Solo les preocupan los niños, pero los niños tienen que trabajar en vez de ir al colegio. Muna se encoge de hombros: “¿Qué otra cosa pueden hacer?”

Abdul Wahad se une a la conversación. “Después de ir al colegio, quiero trabajar con ordenadores”, declara. Pero en el futuro más cercano solo trabajará con la basura.

Por Don Murray, en Beirut, Líbano.

Gracias a la Voluntaria En Línea Amanda Calvo Sánchez por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.