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La entrega de su madre motiva a joven de 20 años al éxito en Turquía

Una bomba mató a su madre en la cafetería de la familia en Alepo. Ahora Fátima estudia ingeniería civil con aspiraciones de progresar en el escalafón académico.

ANKARA, Turquía, 4 de octubre de 2016 (ACNUR) - Aisha Salybi estaba decidida a que nada, ni las balas, ni las bombas ni la guerra, la obligara a llevarse a su familia de su hogar en Alepo hasta que su hija adolescente se hubiera graduado en el instituto.

Era el 30 de mayo de 2014, y faltaban 10 días para que su hija, Fátima Alzahraa Alhamam, completara ocho exámenes y obtuviera su diploma. Solo entonces Aisha y sus cuatro hijos huirían de Siria en busca de seguridad.

Su esposo, que había sido arrestado dos veces, había huido a Turquía el año anterior y querían reunirse con él.

Era un día caluroso, de un calor adormecedor, típico del verano de Alepo. Aisha, de 35 años, y su hijo de 17 estaban trabajando en la cafetería de la familia cuando esta fue alcanzada por una bomba. Ambos resultaron gravemente heridos y fueron trasladados a un hospital cercano. Aisha le rogó a su hermana que no se lo dijera a Fátima.

“Ella lo era todo para mí. Era mi amiga y mi hermana”.

Al día siguiente Aisha murió, pero antes le comunicaron que Fátima había completado su examen de física.

“Le dijeron a mi madre que había hecho el examen y me había ido bien y ella sonrió”, dice Fátima. “Lo era todo para mí. Era mi amiga y mi hermana”.

Fátima, que obtuvo una nota de 95 sobre 100 en ese examen, el de física, completó sus pruebas en los días siguientes a la muerte de su madre y obtuvo su diploma de enseñanza secundaria. Solo entonces los cuatro hermanos iniciaron su camino hacia Turquía. Ahora viven con su padre en la ciudad de Gaziantep, en el sudeste del país.

“Creo que el sufrimiento provoca creación”, dice Fátima. “Esto puede tener su lado positivo”.

Tras dos años, Fátima, que ahora tiene 20, estudia ingeniería civil en la Universidad de Gaziantep. Habla inglés y turco de manera fluida. Tiene una voz suave pero no es tímida en absoluto. Está deseosa de compartir su pasión por los estudios y se comunica con una extensa comunidad de amigos en varios países con los que conversa a través del correo electrónico y de aplicaciones de su teléfono móvil.

Fátima (a la derecha) y su amiga Rawan, ambas de 20 años y procedentes de Siria, fotografiadas en las calles de Ankara tras un encuentro con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi. © ACNUR/ Ali Unal

Sus planes incluyen hacer un máster y un doctorado y volver a Siria cuando acabe la guerra.

El padre de Fátima, abogado, entendió sus ansias de conocimiento y la guió para preparar y hacer la Prueba de Aptitud Académica (SAT por sus siglas en inglés), una prueba reconocida a nivel internacional, y que es un examen de ingreso esencial para los estudiantes extranjeros. Fátima ha aprendido turco de manera autodidacta, de oído, en la calle, gracias a sus amigos y escuchando canciones turcas durante cientos de horas.

Su vecina turca, enfermera, que se ha convertido en una segunda madre para ella, y su hija, que ahora es la mejor amiga de Fátima, le ayudaron a escribir en turco su carta de motivación para la universidad. Solicitó su admisión a 44 universidades de Turquía. Recibió 38 negativas y seis respuestas favorables.

“Creo que el sufrimiento provoca creación”.

Pero las dificultades a las que Fátima y otros estudiantes se enfrentan son abrumadoras. Más de 2,7 millones de refugiados sirios viven en Turquía, según las autoridades de ese país, y su camino hacia la educación superior es difícil.

Aunque el gobierno turco exime de las tasas académicas a los refugiados sirios que solicitan estudiar en una universidad pública, solo el 2,2% de los refugiados sirios jóvenes se han matriculado, dadas las dificultades con el idioma y los malabares que deben hacer con uno o más trabajos para llegar a final de mes. Un nuevo informe de ACNUR concluye que las oportunidades para aprender se reducen mucho cuando los niños se ven obligados a huir de sus hogares y a medida que se hacen mayores.

En 2015, el Gobierno subvencionó los costos de matrícula de un número de refugiados sirios en universidades turcas.

Este año, Fátima es uno de los 70 refugiados sirios en Turquía que han obtenido una beca financiada por Alemania e implementada por ACNUR, concedida por la Albert Einstein German Academic Refugee Initiative (DAFI), que le facilitará una asignación mensual mientras esté en la universidad.

La competencia fue dura. En 2015, 5.800 jóvenes sirios solicitaron una de estas becas. Con 700 nuevos becados este año, seleccionados en un proceso conjunto por ACNUR y la Presidencia para los turcos en el extranjero y comunidades relacionadas (YTB), Turquía tendrá el número más grande de estudiantes con DAFI.

Fátima conserva una foto de su madre en su teléfono móvil. En ella, vistiendo un largo abrigo gris, Aisha asiste a una conferencia sobre derecho en la Universidad de Alepo. Está sentada prestando toda su atención, ligeramente inclinada hacia adelante.

“Intento aprovechar todas las oportunidades”, dice Fátima. “Mi madre era mi inspiración. Se casó con mi padre a los 15 años y tuvo cuatro hijos y solo después de eso volvió al instituto a acabar la secundaria y accedió a la universidad para estudiar derecho. Pero entonces empezó la guerra”.

Por Donatella Lorch.

Gracias a la Voluntaria en Línea Esperanza Escalona Reyes por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.