Tamaño del texto A A A

La odisea por la vida: Adolescentes y familias hondureñas siguen huyendo de la violencia

En Honduras el creciente control de las maras y otros grupos criminales representa un peligro constante para las mujeres y los adolescentes.

SAN PEDRO SULA, Honduras, 7 de junio de 2016 (ACNUR) -En una escondida colonia del municipio de La Lima, San Pedro Sula, la presencia de maras es innegable: sus paredes están marcadas por los signos representativos de las maras - MS 13 y Mara 18. Las extorsiones constantes, las guerras por control territorial, el uso, vinculación y reclutamiento forzado y el acoso y la violencia sexual no permiten que sus habitantes olviden “quienes mandan”, nos contó María José*, una joven hondureña de 14 años forzada a huir por la violencia sexual. 

El temor de vivir en esta área nace a raíz de los territorios cuyo control se disputa entre las maras, de cruzar ‘fronteras invisibles’, de ser catalogados como delatores por la mara que controla el área donde viven e inclusive de no ‘caerle bien’ a algún conocido de un marero y sufrir las consecuencias. De acuerdo con el informe del ACNUR ‘Niños en Fuga’ del 2014,  el 44% de los niños, las niñas y adolescentes hondureños entrevistados fueron amenazados o fueron víctimas de la violencia por parte de actores armados organizados, incluyendo las maras.

“Tenía que tener cuidado si al salir a la tienda, o a donde un familiar, llegaba a cruzar a territorio de una mara rival. [La mara rival] puede pensar que uno va espiarlos y la otra [mara de dónde vives] que uno es un soplón”, dijo María José. “Para poder ir a la escuela tenía que tener mi uniforme puesto. Aun así, cuando pasaba por donde ellos estaban, sentía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo. Uno sabe cuándo lo están observando y uno trata de no demostrarles temor, pero es como si lo olieran”, recuerda.

En Honduras -país que ocupó el séptimo lugar en homicidios de mujeres a nivel mundial en 2015- el creciente control de las maras y otros grupos criminales representa un peligro constante para las mujeres.

“Me iba bien en la escuela. Fui excelencia académica por varios años y el maestro me ponía de ejemplo. Pero a algunas de mis compañeras, quienes tenía vínculos con una de las maras más grandes de San Pedro no les gustó y empezaron a acosarme. Una vez casi me pegan y yo presenté la queja en la escuela”, contó María José al ACNUR con los ojos llenos de lágrimas. Al poner la queja en la escuela, María José se convirtió en un nuevo blanco para los integrantes de la Mara 18.

Una tarde cuando iba a recoger a su hermano de la escuela, dos de sus compañeras la estaban esperando en el camino. La tomaron por la fuerza y la metieron a una casa donde fue violada por tres hombres. “No sabía qué hacer. Me amenazaron con matar a mi familia y dejarme de última para que viera todo. Ese día no le conté a nadie lo que había pasado”, recuerda María José entre sollozos.

María José fue violada dos veces más; la última vez llegó a su casa con la ropa rasgada y sucia, sin decir una palabra. Entre llantos, María José finalmente le contó a su madre todo lo que había estado viviendo los últimos meses. Esa noche la familia hizo sus maletas y salió de San Pedro Sula con destino a México.

Su recorrido de huida  tampoco fue fácil. María José recuerda que el grupo con el cual viajaba junto a su familia fue secuestrado por uno de los carteles más temidos y poderosos de México, secuestros muy usuales en esta peligrosa trayectoria.

“Por un milagro nos dejaron ir con la advertencia de que si nos quedábamos en México o hablábamos nos iban a matar”, cuenta doña Sandra*, la madre de María José. “Nos dio tanto miedo que nos entregamos a Migración. Pero a los pocos días estábamos en Tapachula y nos deportaron de nuevo a San Pedro Sula”.

Al llegar, la familia tenía muy claro que no podían quedarse mucho tiempo en su ciudad natal así que se desplazaron hacia el este de Honduras donde se quedaron con un familiar.

Después de unos días, María José empezó a recibir mensajes de texto amenazantes y llamadas extrañas. “Sabía que nos habían encontrado. En Honduras, los arboles tienen ojos y las paredes hablan”.

Por temor a represalias por parte de las maras, el familiar que los estuvo albergando los sacó de la casa. La familia de María José siguió desplazándose dentro de Honduras por la violencia y la persecución hasta salir a otro país donde fueron reconocidos como refugiados.

*Nombres cambiados por razones de seguridad.

Por Ángela Flórez.