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Los niños refugiados en Etiopía encuentran en la escuela un consuelo a sus vidas

Una escuela del campamento de refugiados de Tongo, en Etiopía, ha tenido que organizar turnos por la demanda de alumnos que desean recibir una educación.

CAMPAMENTO DE TONGO, Etiopía, 29 de febrero (ACNUR) - En un tienda de campaña que sirve de aula y que se encuentra casi en la cima de una colina, los niños refugiados de Sudán se sientan hombro con hombro en bancos de madera o también en el suelo. Los más pequeños se acomodan como si estuvieran en casa, al principio del aula, para poder ver la pizarra sin problemas.

Durante las siguientes dos horas y media en un aula de entre 150 y 200 estudiantes, los alumnos comparten los pocos cuadernos escolares y estudian inglés, árabe, ciencias sociales y matemáticas. Como la demanda de educación era tan elevada y los recursos tan limitados, los maestros decidieron dividir a los estudiantes en dos turnos; pero incluso así las aulas siguen colapsadas con estudiantes que corren unos contra otros para poder entrar los primeros a clase.

Uno de los tantos desafíos a los que se enfrenta el ACNUR en lo relativo a las personas que han cruzado la frontera entre Sudán y Etiopía para huir de los conflictos es satisfacer las necesidades educativas de los niños y los adultos jóvenes. Solo en el campamento de Tongo hay alrededor de 4.000 niños de entre 5 y 17 años y la mayoría desea fervientemente ir a la escuela. Aproximadamente la mitad de estos niños puede asistir a clase.

Desde principios de septiembre del año pasado, los enfrentamientos entre el ejército sudanés y los rebeldes del Estado de Nilo Azul han obligado a 50.000 civiles a abandonar sus hogares y a más de 27.000 a cruzar la frontera entre Sudán y Etiopía.

Cuando se inauguró el campamento de Tongo el 5 de octubre de 2011, muchos refugiados del Estado de Nilo Azul llegaron en tropel al campamento. La educación se enfrentaba a la necesidad de proporcionar un completo abanico de servicios de primera necesidad como el suministro de agua y el saneamiento. Cuando el ACNUR abrió en diciembre una escuela primaria provisional en Tongo, esta se vio inmediatamente desbordada por estudiantes.

Pronto se comenzarán a construir nuevas aulas que darán cabida a unos 800 niños más. Ya han comenzado las inscripciones en las nuevas instalaciones, y el ACNUR está construyendo baños públicos y preparando el terreno para las instalaciones de suministro de agua para los estudiantes. Se espera que para septiembre ya se hayan levantado los cimientos de una escuela permanente.

El gran número de estudiantes y el uso constante de las instalaciones está pasando factura. “Ayer traje una gran aguja y una cuerda para unir los laterales de la tienda”, comenta Senait, un oficial de servicios comunitarios ante el ACNUR.

Mohammed Ashimi, un jefe tribal que huyó de su hogar cuando comenzaron los enfrentamientos, trabaja como director de la escuela. Durante una breve pausa entre clase y clase, este director de 50 años observa que la escuela necesita de todo: desde libros y escritorios hasta maestros y formación de docentes. “Necesitamos de todo”, comentó durante una breve pausa entre clases.

Cuando la escuela abrió sus puertas, Ashimi encontró dibujos hechos con tiza en los que se observaban aviones lanzando bombas sobre poblados, un hecho que se ha convertido en algo más que habitual en el Estado de Blue Nile durante los conflictos. Señaló que tan solo en una clase el 40% de los niños ha perdido a uno de sus padres y que alrededor de un 10% ha perdido a los dos. “Cuando un niño va a la escuela, esto le ayuda a lidiar con su pasado”, comentó. “Cuanto más tiempo pasan sin ir a la escuela y sin hacer nada, más piensan en todo aquello que les ha sucedido”.

Por Greg Beals en el campamento de Tongo, Etiopía.