Tamaño del texto A A A

Los refugiados hacen frente al frío en Serbia con la esperanza de lograr un futuro mejor

Las autoridades serbias y el ACNUR redoblan los esfuerzos para persuadir a los niños que abandonen los heladores almacenes en los que se encuentran y se trasladen a los albergues de emergencia administrados por el Gobierno.

BELGRADO, Serbia, 2 de febrero de 2017 (ACNUR) - Aziz Jabarkheil, refugiado afgano de 8 años, no ha dormido en una cama de verdad desde hace casi un año. Actualmente duerme sobre varias mantas apiladas en un complejo de almacenes sucios y ruinosos situado detrás de la principal estación ferroviaria de Belgrado. Sin embargo, su desesperada situación podría estar a punto de cambiar.
Desde que los países vecinos de la Unión Europea (UE) cerraron sus fronteras en la primavera de 2016 e iniciaron las expulsiones colectivas de vuelta a Serbia, país no perteneciente a la UE, el número de refugiados y migrantes que han quedado atascados en el país se ha disparado desde unos cuantos centenares a cerca de 8.000.

En respuesta, las autoridades serbias y el ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, conjuntamente con sus socios humanitarios, han aumentado la capacidad de los albergues para refugiados y migrantes gestionados por el Gobierno serbio que disponen de instalaciones de calefacción desde menos de 2.000 camas a cerca de 7.000.

Gracias a estos esfuerzos, aproximadamente un 85% de las personas refugiadas en el país, entre ellos todas las mujeres y las familias, han sido acogidas en 17 de estos albergues. Mientras tanto, unos cuantos centenares de hombres y niños siguen ocupando instalaciones sórdidas y sin un mínimo de seguridad.

Las duras condiciones de este invierno, que es el más frío registrado desde hace años, han hecho más urgente la necesidad de redoblar los esfuerzos para persuadir a todos los niños que no lo hayan hecho, como es el caso de Aziz, de que abandonen los ruinosos edificios que ocupan y se trasladen a los alojamientos administrados por el Gobierno.

En los últimos años, más de 400 refugiados y migrantes, incluidos 200 niños, accedieron a abandonar el insalubre refugio improvisado que ocupaban en Belgrado y a trasladarse a un alojamiento cercano abierto por el Gobierno a mediados del mes de enero.  Los que accedieron al traslado dicen estar encantados de haberlo hecho.

“Tuve que marcharme; allí hacía mucho frío y estaba todo muy sucio”, dice Kiramat Safi, un adolescente de 17 años no acompañado procedente de Afganistán, quien, después de cuatro meses durmiendo a la intemperie, hace dos semanas se ofreció a abandonar voluntariamente los almacenes y trasladarse a un albergue gubernamental en Krnjaca.

“Ahora estoy mucho mejor porque aquí hace más calor,” añade. “No hay humo y puedo dormir bajo techo.”

Sin embargo, hasta ahora Aziz se había negado a trasladarse a uno de los albergues gubernamentales. Estaba esperando noticias de su padre, que había desparecido desde hacía casi tres semanas después de un intento fallido de cruzar la frontera. Aziz, el mayor de ocho hijos, dejó a su familia y se marchó de su hogar, sito en la provincia de Nanghahar, en Afganistán, hace ocho meses acompañado de su padre, Habib Rahman, y su tío Khan.

Aziz explica que habían ido en busca de un segundo tío, solicitante de asilo en Francia, pero que, a finales del mes de octubre, se trasladaron a los almacenes tras fracasar en su intento de cruzar la frontera con Croacia.

Intentaron cruzar una y otra vez pero fueron devueltos varias veces a Serbia.

Entonces, durante el último intento hace tres semanas sobrevino el desastre. El grupo estaba cruzando un río con temperaturas bajo cero cuando se hundió la balsa, dejándolos empapados y con un frío insoportable. Pidieron ayuda a los guardias de la cercana frontera serbia que se llevaron detenido al padre de Aziz.

Aziz Jabarkheil, de 8 años, se sienta junto al fuego para protegerse de las temperaturas bajo cero que se registran en Belgrado. Aziz no ha dormido en una cama de verdad desde hace casi un año. © ACNUR/ Daniel Etter

La policía dejó marcharse a los demás y aconsejó a Aziz y a su tío Khan que se registraran en un alojamiento cercano administrado por el Gobierno. Pero, al no tener medios de ponerse en contacto con Habib Rahman y desconociendo su paradero, decidieron regresar a Belgrado y esperarlo. Luego, hace dos días, el padre de Aziz regresó a pie al edificio en ruinas.

Desde entonces, el ACNUR, a través de sus asociados, se puso en contacto con Habib Rahman y con Aziz y les instó a abandonar el insalubre campamento improvisado y trasladarse a uno de los alojamientos gubernamentales.

“Me dio una gran alegría encontrar aquí a mi hijo”, dice Habib Rahman, de 31 años. “Pero ahora no sabemos qué hacer. Por una parte quiero ir al albergue que nos facilita el Gobierno pero, por otra parte, queremos intentar de nuevo cruzar la frontera. Probablemente iremos al alojamiento de emergencia pero no quiero permanecer allí mucho tiempo”.

El ACNUR sigue distribuyendo folletos y proporcionando a las personas que se encuentran en los almacenes sobre su derecho a ser alojados en centros de acogida administrados por el Gobierno. La Agencia ha trabajado mucho para identificar a los niños no acompañados que duermen fuera de los refugios en Belgrado y en otras localidades.

Sin embargo, varios centenares de refugiados y migrantes, incluidos varios niños como Aziz, no están convencidos y siguen acampados en almacenes y en otros edificios circundantes en el centro de Belgrado.

“Soy el más joven de los que estamos viviendo aquí,” comenta Aziz, mientras quema trozos de papel en una sala llena de humo para protegerse de la niebla helada. “Antes había otros niños menores que yo pero se han marchado a un alojamiento administrado por el Gobierno”.

Aziz explica que ha visto muchos horrores durante los ocho meses que ha durado su odisea desde que partió del Afganistán hasta llegar a Serbia. Sin embargo, en muchos sentidos, es igual que cualquier otro niño de 8 años. Es un gran aficionado al fútbol e incluso ha encontrado un balón abollado y desinflado con el que juega a la pelota en el suelo negruzco y tiznado de hollín del almacén.

“Me gusta jugar al fútbol y al cricket y conozco a todos los jugadores famosos,” dice. “Me gustaba más estar en mi país que aquí. Allí vivía con mis hermanos y ahora los echo de menos. Yo me marché pero ellos eran demasiado pequeños para venir con nosotros”.

Actualmente, Aziz, Habib Rahan y Khan siguen durmiendo en el suelo de una antigua oficina junto a una de las salas vacías del almacén. Están contentos de haber encontrado un lugar en el que pueden cerrar la puerta, conservar el calor y proteger su intimidad. Alguien les ha regalado una estufa de leña con una chimenea, lo que les permite tener un poco más de calor por la noche sin necesidad de soportar demasiado humo.

“Todos los que estamos aquí cuidamos de Aziz; es todavía un niño”, dice Ahmad Amadzi, un refugiado afgano de 17 años que comparte habitación con el niño y sus parientes. “En esta habitación se está mejor que en otras de por aquí”.

Temiendo nuevos contratiempos, los refugiados de Serbia a veces prefirieron alojarse en fríos almacenes que en los albergues administrados por el Gobierno. © ACNUR

En otro lugar, en un segundo almacén, a Faysal Khan, un refugiado afgano de 16 años, le van peor las cosas. Pasa los días acurrucado bajo de un montón de mantas que le han regalado. El aire que respira es denso debido al humo tóxico procedente de los trozos de durmientes de ferrocarril que la gente quema a lo largo del día para calentarse. Sin embargo se mantiene firme en su decisión de no trasladarse.

“Una vez al día me levanto y salgo a tomar un té”, señala Faysal. “Otras veces me quedo aquí dentro refugiado en la manta, porque fuera hace mucho frío. Aquí hay mucho humo pero ¿qué podemos hacer?”

Faysal explica que iba en busca de su hermana, solicitante de asilo en Dinamarca, pero que su viaje también quedó interrumpido en Belgrado hace cuatro meses. Desde entonces, ha intentado cruzar la frontera croata pero fue devuelto a Serbia.

“No me atrevo a intentarlo de nuevo porque el aire es muy frío. Y, además, me puedo perder”, dice. “Cuando pase el frío, lo intentaremos otra vez, Inshallah. Para nosotros este sitio está bien. No queremos ir al alojamiento que nos proporciona el Gobierno”.

Faysal, al igual que Aziz y Khan, no quiere solicitar asilo en Serbia y está decidido a continuar su viaje. Explica que se quedará en los almacenes abandonados a pesar de los peligros que suponen el humo y las temperaturas extremadamente bajas.

Mientras tanto, el joven Aziz busca un futuro más confortable. “Cuando nos vayamos de aquí podré dormir en una cama”, dice. “En una casa”.

Por Josie Le Blond, desde Belgrado, Serbia.

Gracias a la Voluntaria en Línea Luisa Merchán por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.