Tamaño del texto A A A

Madres centroamericanas refugiadas en México, ejemplos de valentía

Rosa y Alejandra son dos mujeres centroamericanas de 25 y 28 años de edad que tienen dos cosas en común: son madres y las dos tuvieron que huir de la persecución y la violencia.

TAPACHULA, México, 12 de mayo de 2013 (ACNUR) – Rosa* y Alejandra* son dos mujeres centroamericanas de 25 y 28 años de edad que tienen dos cosas en común: son madres y las dos tuvieron que huir de la persecución y la violencia de las pandillas en Honduras y El Salvador.

La valentía de una madre de tres

Rosa era guardia de seguridad en una maquiladora en San Pedro Sula, una de las ciudades consideras como las más violentas del mundo. Siendo madre soltera, Rosa había dejado su pueblo natal en búsqueda de un empleo que pudiera ayudarle a sostener a sus tres hijas, quienes se quedaron al cuidado de su abuela. Su hermano Roberto* decidió acompañarla.

Pronto Rosa fue hostigada por las pandillas locales que querían forzarla a introducir y vender drogas dentro de su trabajo. Rosa se rehusó y pronto ella y su hermano sufrieron las consecuencias.

Una noche al regresar de su trabajo, Rosa encontró a Roberto tirado en el suelo tras haber recibido tres balazos. Por suerte, Rosa llegó a tiempo y tras varias semanas hospitalizado, Roberto sobrevivió al ataque. Los hermanos decidieron cambiarse de casa, pero aunque se mudaron a distintos vecindarios, siempre terminaban acechándolos. Finalmente los pandilleros encontraron y atacaron a Rosa. Fue entonces cuando Rosa y Roberto decidieron abandonar su país.

“Yo no quería dejar mi país. Ahí está todo lo que yo más quiero. Sí hay trabajo, aunque no para hacerse rico, pero sí para comer. Pero hay mucha mara, eso es lo que molesta en Honduras”, recuerda Rosa con tristeza.

Los hermanos no quisieron alarmar a su madre contándole las tragedias vividas. El día de su cumpleaños fue la última vez que toda la familia estuvo reunida. Días después, Rosa y Roberto abandonaron Honduras en su camino hacia norte. Cuando llegaron a México, Rosa y Roberto supieron por otro solicitante de asilo de la posibilidad de recibir protección como refugiados en México.

Rosa anhela poder encontrar un empleo y cierta estabilidad para poder reunirse nuevamente con sus hijas. Y tiene fe que lo conseguirá, pues afirma “Dios nos abrió el camino para que llegáramos hasta acá”.

De una vida estable a la incertidumbre del exilio

Alejandra es una joven madre de dos niños, un varón de seis y una niña de tres años. Su esposo Raúl* era un empresario, y su arduo trabajo les había permitido tener una estabilidad económica en El Salvador.

Alejandra y Raúl compartían sus bendiciones con los más necesitados. Pero pronto, la vida como la conocían se desvaneció. Al igual que otros de sus compatriotas, sufrieron las extorsiones de las maras (pandillas). Las contribuciones mensuales fueron aumentando hasta volverse incosteables.

Dejaron su casa, su negocio e intentaron reiniciar sus vidas en otra parte del país. Pero pronto se enfrentaron a la misma situación. Denunciar las extorsiones nunca sirvió de nada. El acoso y las amenazas continuaban.

Incluso dejaron de visitar a sus padres. “A mi familia nunca la veíamos, ni siquiera en Navidad, porque esa gente lo que busca es lastimarte donde más duele”.

Alejandra y Raúl decidieron dejarlo todo atrás para salvar su vida y las de sus hijos pequeños. Salieron con un poco de ropa y los juguetes favoritos de los niños. Una vez en México, acudieron a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados  (COMAR) y fueron reconocidos como refugiados.

“Nunca imaginamos dejar nuestro país. Nosotros teníamos todo en El Salvador. La única vez que pasamos por Guatemala fue esta vez, camino a México”, recuerdan.

Aunque tienen ya la protección, están en un país que no conocen, sin recursos, sin trabajo. Raúl ha buscado en toda la ciudad buscando trabajo. Por su condición de refugiado tiene residencia permanente y permiso de trabajo en México, a pesar de ello y de su experiencia y conocimientos, las oportunidades laborales son limitadas y como muchos otros centroamericanos, enfrenta fuerte discriminación. “Cuando busco trabajo me preguntan ‘¿Usted de dónde es?... No, a los salvadoreños no los queremos por acá, sólo vienen a dar problemas”.

“Nosotros que siempre donábamos a los más necesitados, sentimos feo ver que ahora a nosotros es a quienes nos donan. Después de tener cama, dormir en el piso”. A pesar de este revés en sus vidas, Alejandra sólo piensa en buscar lo mejor para sus hijos. Y espera que pronto sus vidas recuperen algo de normalidad.

*  Los nombres han sido cambiados por razones de seguridad.

Por Mariana Echandi en México.