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Marcado por la guerra siria, un niño de siete años encuentra un nuevo camino en el exilio

Mohammad, que nació en el inicio del conflicto de Siria hace siete años, perdió su casa y mucho más en la guerra antes de que una escuela especializada le ofreciera una nueva esperanza.

BEIRUT, Líbano, 9 de marzo de 2018 (ACNUR) - Mohammad tenía apenas dos meses cuando se desató la guerra en Siria. Al principio, la vida no era muy distinta a la de antes en el tranquilo pueblo cerca de la zona arqueológica de Palmira, donde vivía su familia. Pero al poco tiempo, el conflicto afectó sus vidas de forma significativa, aunque no más que la de Mohammad.

Al no haber conocido otra cosa que conflicto en su hogar y durante el exilio en el Líbano, donde él y su familia viven ahora como refugiados, la historia de Mohammad es solo una de entre las millones que fueron afectadas por la guerra en Siria, que, tristemente, este mes cumple siete años.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, calcula que hoy en día hay más de un millón de niños refugiados sirios, como Mohammad, que nunca han visto su país en paz y que sus primeros recuerdos fueron delineados por la guerra y el exilio.

El padre de Mohammad, Hussein, de 41 años, pasó gran parte de los primeros años de la vida de su hijo viviendo en el vecino Líbano, trabajando ocasionalmente en la construcción para darle de comer a su familia, mientras dejaba a su esposa Aisha al cuidado del hogar. “En aquel entonces, nuestro pueblo estaba en paz y aún podíamos soñar una vida mejor para nuestros hijos”, dijo.

Cuando tenía un año y medio, a Mohammad le diagnosticaron discapacidad auditiva y comenzó a usar aparatos auditivos y visitar a un especialista en Damasco para realizar controles médicos cada tres meses. Poco tiempo después, al principio del 2013, el conflicto, que hasta ese entonces había devastado otras partes de Siria, comenzó a afectar sus vidas poco a poco.

“Los grupos armados iban y venían, ninguno de nosotros sabía quién peleaba contra quién”, relató Hussein. “Al principio, aún podíamos andar en la calle. Después, dejamos de movernos cuando oscurecía, y al poco tiempo fue imposible transitar a cualquier hora. Todos teníamos mucho miedo de dejar el pueblo por cualquier motivo”.

“La casa se derrumbó a nuestro alrededor. Salí con mi hijos y traté de escapar”.

Fue por estas restricciones de movimiento que Hussein quedó atrapado en el Líbano la noche de agosto del 2014, cuando la guerra finalmente tocó su puerta y cambió la vida del pequeño Mohammad para siempre. Cerca de las 2 am, Aisha, de 32 años, se despertó de un susto por el ruido ensordecedor del bombardeo.

“La casa se derrumbó a nuestro alrededor. Salí con mis hijos y traté de escapar”, recordó. “Mientras nos íbamos, vi a mis vecinos sacar a los muertos de sus casas”. Se trasladaron a las granjas cercanas para encontrar cobijo.

En el medio del pánico y la confusión, fue en el amanecer que Aisha vio sangre en su ropa y se dio cuenta de que era de Mohammad. La herida de metralla en su mano izquierda no parecía muy grave al principio, pero debido a que no pudieron encontrar un hospital durante dos días, la lesión del nervio obligó los médicos a realizar una amputación.

Después de eso, las cosas no mejoraron. Los grupos armados tomaron control del área alrededor del pueblo en 2015 e impidieron a las personas salir de la zona. Mohammad no podía ir al especialista en Damasco y sus problemas auditivos empeoraron rápidamente. Sin tener ninguna otra opción, al principio del 2016 Aisha les pagó a unos traficantes para que la sacaran a ella y a sus cuatro hijos del territorio controlado por los extremistas para poder reunirse con Hussein en el Líbano.

El viaje a través de Raqqa, Aleppo, Damasco y finalmente hasta Beirut llevó dos meses en total. En varios puntos, Aisha tuvo que implorar agua a desconocidos, montar burros y caminar por horas con sus cuatro pequeños. “Corrí muchos riesgos por ser una mujer sola, pero me mantuve fuerte”, dijo. “Saqué fuerzas de aquellos que me encontré en el camino, que habían superado cosas peores”.

Una vez reunido con su familia, la primera prioridad de Hussein fue encontrar ayuda de un especialista para la discapacidad auditiva de Mohammad. Un aviso lo llevó al Instituto para Sordos Padre Anderweg, una escuela especializada enclavada en las colinas frondosas que miran hacia Beirut.

“Mohammad es un alumno muy inteligente. Siempre quiere probar que es como cualquier persona”.

La escuela tiene 50 alumnos libaneses, así como 20 niños refugiados, quienes asisten sin cargo. Además de las clases en árabe e inglés, la escuela ofrece aparatos auditivos y acceso a fonoaudiólogos, psicólogos y trabajadores sociales.

Después de todo lo que Mohammad tuvo que pasar, gracias a la escuela se está desarrollando, finalmente. Cada mañana, antes del viaje de media hora hacia la escuela se alborota el cabello frente al espejo y lo primero que hace al llegar a su casa es la tarea. En clase siempre quiere responder cada pregunta, deseoso de ser el mejor.

“Mohammad es un alumno muy inteligente”, dijo una de sus maestras, Sabine. “Siempre quiere probar que es como cualquier persona, a pesar de no tener una mano, y que puede hacer todo”.

Hussein reflexiona sobre el hecho de que la guerra en Siria tiene la misma edad que su hijo, quien crece tan rápido. “Los últimos siete años nos han hecho retroceder un siglo. Nos hicieron envejecer”, dijo. “Pero no me preocupa el futuro de Mohammad. Estoy haciendo lo mejor que puedo para hacerlo feliz, y de alguna manera las cosas siempre le salen bien”.

Su madre Aisha resume la actitud que cree llegará a definir el futuro de Mohammad, a pesar de todo lo que le pasó en el pasado: “Su determinación siempre ha sido más grande que sus discapacidades”.

Por Rima Cherri y Charlie Dunmore en Beirut, el Líbano.

Gracias a la Voluntaria en Línea Manuela Huck por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.