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Más de 1.000 personas esperan autobuses en Bapska, el cruce fronterizo entre Croacia y Serbia

Más de mil refugiados y migrantes esperaron bajo el sol ardiente todo el día miércoles en el recientemente bloqueado cruce de frontera serbio-croata, cerca de Bapska.

BAPSKA, frontera croata-serbia, 23 de septiembre de 2015 (ACNUR) – Más de mil refugiados y migrantes esperaron bajo el sol ardiente todo el día miércoles en el recientemente bloqueado cruce de frontera serbio-croata, cerca de Bapska – acalorados, angustiados y cada vez más preocupados por que su viaje a la seguridad había sido interrumpido. 

Los funcionarios del ACNUR buscaron a los más jóvenes y los enfermos, los discapacitados y los ancianos, y negociaron con los agentes de policía croatas para reunir a las familias separadas en la multitud mientras los voluntarios repartían suministros. 

Pero aunque flotas de autobuses trasladaron a miles de personas fuera del centro de tránsito en Opatovac, solo a unos kilómetros de distancia, casi ningún autobús vino a aliviar la concentración de gente en la frontera. 

“Han estado esperando durante horas; están cansados, tienen hambre”, dijo Diana Tifor, una funcionaria de protección del ACNUR. “Hay familias con bebés, personas en sillas de ruedas; la gente se desmaya por el calor y por el agotamiento”. 

Las ambulancias estaban a la espera para responder a emergencias médicas, pero las familias se rehusaban a separarse cuando intentaban continuar su viaje. El personal médico de la Cruz Roja hizo lo que pudo para aliviar a la gente y ayudar a las personas con lesiones. 

Por momentos, la multitud avanzaba e intentaba romper la línea. Los agentes de policía croatas contenían entonces a la multitud – “Siéntense, siéntense” – mientras los bebés lloraban alarmados. Una mujer en un chador negro tuvo que ser trasladada rápidamente a un lugar seguro, temblando de evidente angustia. 

Crecía la preocupación de que la paciencia se agotaría de forma colectiva. A media tarde, arribó un gran contingente de agentes de policía antidisturbios para ofrecer respaldo y marcharon en filas hacia adelante para asegurar la frontera. No había agentes de policía serbios a la vista. 

“No necesito agua, necesito pasar”, gritó Eleya Alarab, blandiendo su pasaporte sirio. “En Macedonia dicen: ¡Pasa! En Serbia: ¡Pasa! Pero no en Croacia. ¿Por qué aquí?”. 

Farah Hamsho, que llevaba un par de anteojos de sol muy de moda, estaba de pie junto a una señal de alto, tratando de calmar a su hijo de diez meses. “Cuéntame de tu viaje”, le pregunté. Ella y su esposo Omar Deiri se miraron y rieron. “Nuestro viaje. Jajajaja”. 

Omar es un ingeniero que dejó Alepo hace tres años para ir a Latakia. Pero la situación se deterioró allí también cuando la milicia gubernamental se volvió más exigente, y temió por la seguridad de su hijo. 

“Hay un grupo de personas llamado Shabiha; tienen armas, y se apropian de cualquier cosa que deseen. No tenemos ningún futuro en Siria en esta guerra”, dijo. “Guerra, guerra, guerra”, convino Farah. “No es bueno para los bebés”. “Todavía somos jóvenes; tenemos nuestro futuro”, agregó Omar. 

Mientras tanto, al caer la noche, el ACNUR comenzó a distribuir mantas en el centro de recepción de tránsito y en el punto de frontera de Bapska  – en caso de que las personas tuvieran que pasar la noche allí. En el centro de tránsito de Opatova, más personas arribaron en autobuses a primera hora de la noche mientras limpiaban la basura esparcida por doquier. 

Por Mark Turner en la frontera serbio-croata. 

Gracias a la Voluntaria en Línea Cynthia Gandeborn por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.