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A pesar de la cercanía, los refugiados centroafricanos ven lejana la posibilidad de volver a sus hogares

Durante los últimos cinco meses, más de 60.000 refugiados han cruzado los ríos Ubangi y Mboumou huyendo de la guerra en la República Centroafricana.

MOBAYI-MBOGO, República Democrática del Congo, 12 de octubre de 2017 (ACNUR) - De camino al mercado, los habitantes de Mobayi-Mbogo, en la República Democrática del Congo (RDC) se detienen y se reúnen en la orilla para mirar mientras el humo provocado por los incendios al otro lado del río sube por encima del frondoso paisaje.

Los disparos esporádicos interrumpen sus conversaciones. Río abajo, una docena de canoas con hombres, mujeres y niños cruzan el río buscando la seguridad.

Rose Yasambia, de 30 años, se para en medio de la multitud y llora. “Están incendiando todas las casas”, dice ella. “Pronto estarán en nuestra casa”.

Rose y su familia cruzaron desde Mobaye, una ciudad que se encuentra atravesando el río en la República Centroafricana (RCA), cuatro meses atrás. Los grupos armados y los incendios han destruido cualquier esperanza que pudieran tener de volver a sus hogares pronto.

“Todas nuestras pertenencias están allí, no pudimos traer nada con nosotros”, añadió Rose. “No tenemos un lugar al cual volver si algún día llega la paz”.

“Están incendiando todas las casas”.

Al igual que Rose, 60.000 refugiados han cruzado los ríos Ubangi y Mboumou durante los últimos cinco meses, huyendo de RCA, que ha sido destruida por la guerra. Muchas personas se están asentando en comunidades remotas cerca de los ríos, teniendo aún a la vista sus aldeas, pero lejos del alcance del conflicto, para no arriesgar sus vidas.

Del lado del Congo, algunas aldeas han crecido incluso cuatro veces su tamaño original debido a la llegada de los refugiados, y la vida es difícil. “Estos niños están muriendo, y ni siquiera sabemos por qué”, dice Philomene Gerekanda, líder tradicional de la aldea de Lembo Rive en RDC, donde los refugiados han establecido chozas al lado de las casas de los locales. Hay faltante de servicios de salud, no hay suficientes escuelas ni agua potable.

 

 

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, continúa registrando nuevas llegadas y da a los refugiados artículos de primera necesidad, como lonas plásticas, baldes y colchonetas. La Agencia también está cavando pozos para reducir las enfermedades transmitidas por el agua, ya que muchas personas están bebiendo el agua del Río Ubangi.

Sin embargo, a pesar de que más de 500.000 refugiados de RCA están dispersos por toda la región, esta crisis continúa siendo una de las menos financiadas en el mundo. En 2017, ACNUR y sus socios solicitaron 209 millones de dólares. Hasta la fecha, se ha recibido un 9 por ciento de estos fondos, dificultando la asistencia para los refugiados de RCA que han sido desplazados por años, así como para aquellos que continúan huyendo. 

Quienes se atreven a regresar a sus hogares pagan un alto precio. Virginie Anyezou estaba tan desesperada por encontrar alimento para sus hijos hambrientos, que ella y su hijo de 15 años tomaron un bote a través del río. Ahora, ella yace sobre una cama de bambú en una pequeña aldea a la orilla del Río Ubangi, sin mostrar emoción alguna y hablando con una voz casi silenciosa.

“Yo necesitaba algo para cocinarle a mis hijos, así que le dije a mi hijo mayor que viniera conmigo”, recuerda ella. “Queríamos cultivar la yuca de nuestro terreno”.

"Cuando nos acercamos, mi hijo me dijo: 'Espera, puedo escuchar las voces de los hombres armados. Así que nos alejamos. Pero nos habían visto y nos estaban esperando. Nos dispararon y el bote dio la vuelta. Lloramos pidiendo ayuda, pero nadie vino".

Virginie y su hijo fueron finalmente rescatados por los pescadores, pero a ella le dispararon en el muslo, mientras que una bala penetró la mano de su hijo. El mismo día, su vecino, Michel Baleto, de 40 años y padre de cinco, fue asesinado cuando trató de obtener comida de sus campos en CAR.

"Lloramos por ayuda, pero nadie vino".

Muchas aldeas del lado de la RCA ahora están desiertas. Un sacerdote que cruzó recientemente informa que los grupos armados exigen que los civiles usen una cinta para mostrar su lealtad: amarillo por un lado, rojo por el otro. "Ya no hay neutralidad", dice. "Obligan a todos a tomar partido".

Hay informes de que los grupos armados obligan a las personas a regresar. "En algunos lugares, los refugiados nos dicen que reciben mensajes de los combatientes que se encuentran al otro lado: 'Hemos conquistado tu pueblo. O vuelves o incendiaremos tu casa'", dice Pierre Richard Muhima, de ACNUR en la República Democrática del Congo.

Mientras tanto, miles siguen huyendo por la frontera. "Éramos los últimos en el pueblo", dice Francois Koko, un pescador de 42 años que está feliz de que él, su esposa y sus tres hijos de uno, dos y cinco años estén a salvo. "Eran las tres de la mañana cuando escuchamos disparos por todas partes. No sabía cuál de los grupos era. Nos levantamos y corrimos. No llevamos nada, solo tomamos mosquiteros y sábanas".

En las primeras horas, la familia tomó su bote de pesca, una canoa.

"Cuando estábamos en la canoa, los niños entraron en pánico por el tiroteo. Tuvimos que sujetarlos para que no cayeran en el río".

De pie, con el agua a la altura de las rodillas al lado de su barco de pesca, mira al otro lado del río.

"No hay nadie allí a quien darle clases, ya no hay escuelas", dice. "Y todas las enfermeras han huido a la capital, Bangui".

Su aldea está a menos de mil metros de distancia pero, por ahora, está fuera de su alcance.

 

Por Andreas Kirchhof