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Refugiado sirio, padre de ocho hijos, lucha por ofrecer un futuro a su familia

Mahmoud Al-Bashawat no pensaba que reunirse con su familia sería casi tan difícil como su viaje por tierra y por mar.

VIENA, Austria, 29 de diciembre de 2017 (ACNUR) - Sin trabajo y en un campamento de refugiados en Jordania, Mahmoud Al-Bashawat, de 39 años, padre de familia con ocho hijos, sabía que tenía que hacer algo para asegurar el futuro de su familia. Dejando atrás a su esposa, a sus siete hijas y a su hijo pequeño en una caravana en el desierto, emprendió solo el viaje a Europa.

Poco se imaginaba entonces que el proceso para reunirse con ellos sería casi tan arduo como su viaje por tierra y mar hasta Austria. “No podía ver ningún futuro para ellos. Nuestro futuro estaba hecho añicos entre las ruinas de Siria. Por eso vine a Europa, por ellos. Estuvimos separados durante dos años y medio”, dice.

ACNUR está trabajando para atenuar algunos de los obstáculos prácticos que pueden dificultar que los refugiados obtengan su derecho legal a la reunificación familiar. El derecho a la reunificación se aplica a los núcleos familiares, que incluyen a hijos menores de 18 años. Unos 130.000 solicitantes de asilo llegaron a Austria en los años 2016 y 2017 y muchos de ellos recibieron el estatus de refugiado y, con él, el derecho a la reunificación familiar en cuestión de meses.

En el caso de Mahmoud, el enorme coste de los documentos para el viaje era un problema y tuvo que pedir préstamos agobiantes para comprar pasaportes para su familia. Además, su hija mayor, Abeer, acababa de cumplir los 18 años y, estrictamente hablando, ya no tenía derecho a la reunificación familiar. Existía el riesgo de que se quedara bloqueada, sola en Jordania.

“Ha sido una montaña rusa emocional para nosotros”, admite la esposa de Mahmoud, Hayat Elwees, de 38 años, finalmente instalada con todos sus hijos en un espacioso apartamento de cuatro habitaciones en Viena.

Antes de la guerra en Siria, la familia vivía en una casa en el barrio de Sayyeda Zeinab, en Damasco. Mahmoud, que es carpintero, tenía un boyante negocio de ventanas. “Nunca nos hubiéramos ido de Siria si no hubiera estallado la guerra”, dice. “Allí teníamos una buena vida”.

Los bombardeos les obligaron a marcharse. Primero, a la ciudad de Daraa, en el sudoeste de Siria, donde nació el hijo más pequeño de la pareja, Ali, que ahora tiene cinco años. Pero entonces, los combates llegaron a Daraa y tuvieron que huir de nuevo, esta vez a Jordania, donde encontraron cobijo en un campo de refugiados financiado por los Emiratos Árabes Unidos.

“No estaba mal, caravanas en el desierto, unas 3.500 personas en el campo. Pero miles más estaban llegando. No era una buena perspectiva”, dice Mahmoud.

Mahmoud Al-Bashawat y Hayat Elwees, refugiados sirios, en su hogar, un apartamento en Viena, donde viven con sus ocho hijos tras completar el proceso de reunificación familiar. © ACNUR / Stefanie J. Steindl

En 2015 tomó la decisión de irse a Europa y, como primer paso, voló a Turquía. “Me resultó muy duro que mi esposo se marchara”, dice Hayat. “Me quedé sola con mis hijos en el campamento de refugiados”.

“Manteníamos el contacto por WhatsApp, CADA DÍA”, dice con énfasis Ghadeer, que tiene 17 años y es la segunda hija del matrimonio.

Pero Mahmoud no dijo a su familia cuando iba a hacer el peligroso viaje por mar entre Turquía y Grecia, porque no quería preocuparles. Solo cuando ya hubo llegado, sano y salvo, les envió una foto desde Grecia. “Estaba tan sorprendida y feliz, que lloré”, dice Hayat.

Mahmoud prosiguió su viaje a través de los Balcanes y Hungría, llegando a Austria en tren en septiembre de 2015. Cinco meses después, obtuvo el estatus de refugiado y pudo iniciar el proceso para solicitar la reunificación familiar.

En Amán, la embajada austríaca requirió a la familia para que presentaran sus pasaportes sirios. La embajada siria cobraba 400 dólares estadounidenses por cada pasaporte, es decir, 3.600 dólares por nueve personas, un dinero que Mahmoud no tenía. Y el tiempo seguía corriendo en su contra, ya que los visados austríacos eran válidos solo pro cuatro meses.

“Pedí el dinero prestado a amigos: 100 dólares aquí, 200 allá... Fueron muchos pequeños préstamos”, dice Mahmoud. “No entendíamos por qué no podíamos obtener documentos de viaje, o alguna especie de salvoconductos: Tenía que pagar dinero al mismo gobierno que nos hacía huir. Aun ahora, estoy devolviendo los préstamos”.

“No podíamos vivir como una familia desgarrada. La familia es la cosa más preciada”.

Peor fue el problema de que Abeer hubiera cumplido ya los 18 años. En un primer momento, las autoridades austríacas la rechazaron. “Tenía miedo de tener que quedarme sola, mientras el resto de mi familia se marchaba”, dice.

“Me estaba volviendo loco”, dice Mahmoud. “No podía abandonar a Abeer; prefería volver a Jordania. No podíamos vivir como una familia desgarrada. La familia es la cosa más preciada”.

Afortunadamente, con la ayuda de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, a Abeer, que ahora tiene 20 años, la incluyeron en un programa alternativo de reasentamiento. De hecho, llegó a Viena en un vuelo diferente al del resto de la familia, y dos días antes que ellos, en enero de 2017. Ahora, todos están aprendiendo alemán.

“Gracias a Dios, estamos todos juntos, con un nuevo comienzo”, dice Mahmoud. “Mis hijos solo conocen la guerra y no pudieron continuar sus estudios.”

Los más pequeños acuden a la escuela y a la guardería, mientras que Abeer y Ghadeer están revisando sus planes.

Ghadeer, que había albergado esperanzas de ser dentista, está pensando ahora en ser enfermera. Abeer, que soñaba con ser doctora, quizás sea esteticista. Pronto también será esposa, ya que su familia acaba de anunciar su compromiso con un compatriota que vive en Klagenfurt.

“Vengan a la boda”, dice Mahmoud, de forma expansiva. “Tendremos un gran banquete sirio”.

Por Helen Womack desde Viena, Austria.

Gracias a la Voluntaria en Línea Esperanza Escalona Reyes por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.