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Refugiados karen se enfrentan al reto de una nueva vida en Kentucky

Hsar Say es uno de los 2.400 refugiados de Myanmar reasentados en Kentucky, Estados Unidos, desde 2006. Se siente afortunado, pero su nueva vida es dura a veces.

LOUISVILLE, Estados Unidos, 3 de febrero (ACNUR) – En un lluvioso día de invierno, en un vecindario de clase media de Louisville, en Kentucky, Hsar Say hojea los anuncios con ofertas de trabajo mientras su mujer cocina un curry de pescado en la cocina de su apartamento ubicado en un húmedo sótano.

Sobre su viejo sofá de segunda mano cuelga la bandera de un movimiento étnico karen separatista como un sólido recuerdo del largo viaje que les ha traído hasta Estados Unidos después de permanecer años en el campo de refugiados de Umpium mai, en la frontera entre Tailandia y Myanmar.

“Tenemos suerte de estar aquí, pero no es fácil” dice este hombre karen de 42 años, que era un estudiante universitario el día en que huyó de la represión de las autoridades de Myanmar contra las protestas pro democráticas en 1988. Hsar Say vivió en asentamientos en la jungla antes de trasladarse a un campo de refugiados en Tailandia. En 2008 su mujer, Hsel Ku, y sus hijos, Ma Ma Sharal, de 11 años, y Poe Khwa Hsee, de siete, fueron aceptados para el reasentamiento en Louisville.

Pero esta familia ha tenido que enfrentarse a muchos retos a la hora de adaptarse a su nueva vida. Y lo mismo les ha pasado a los más de 2.400 refugiados de Myanmar que han sido reasentados en Kentucky desde 2006. La mayoría son de origen karen, una etnia del este de Myanmar que se ha rebelado contra el gobierno central durante más de 60 años hasta que se firmó un alto el fuego el 12 de enero de 2012.

Para Hsar Say, los días en los que empleaba el tiempo en arreglar su hogar de bambú o dar clases de karen e inglés en el campo de Umpium han sido reemplazados por jornadas de búsqueda de trabajo en mataderos y fábricas; en hacer malabares con las facturas, en buscar una escuela pública para sus hijos y en hacer largos viajes en autobús para encontrar supermercados con descuentos.

Dice que le consuela tener por fin residencia legal como refugiado, tener libertad para trabajar, acceso a escuelas y servicios médicos, y tener una casa con agua corriente, aunque sea en el sótano de un bloque de apartamentos para familias con bajos ingresos.

Hsar Say estudió biología en la universidad, pero muchos de los refugiados reasentados en Kentucky eran agricultores de subsistencia con escasa educación, experiencia laboral o conocimiento del inglés. Han luchado para abrirse camino entre la burocracia, han aprendido a conducir, a pagar las facturas y el alquiler y a encontrar trabajo a pesar del alto nivel de desempleo que sufre Estados Unidos.

“Llegaron felices de estar donde están pero la realidad se impuso y [ahora] están abrumados” afirma Annette Ellard, que asiste a los refugiados a través de una iglesia local. “En realidad a muchos de estos refugiados les gustaría volver a casa y vivir según sus tradiciones, pero no tienen esa opción”. Muchos se relacionan entre sí ya que eso les hace sentirse más a gusto.

Ellard pasa a menudo 12 horas al día ayudando a los refugiados en las escuelas, los hospitales, gestionando seguros médicos y en sus hogares. Ella y su grupo de la iglesia asisten a comparecencias en los juzgados, a los nacimientos en los hospitales y responden a las constantes llamadas de emergencia como las de refugiados que se pierden en la red de autobuses y acaban durmiendo fuera de una tienda de comestibles.

Los refugiados reasentados en Estados Unidos obtienen una única contribución del gobierno de 900 dólares como fianza del alquiler, así como billetes de autobús y muebles donados. Las dos agencias de reasentamiento que trabajan en Louisville les buscan alojamiento, les forman profesionalmente, les enseñan inglés y les ofrecen otro tipo de ayudas, financiadas en parte por donaciones particulares. Las familias pueden beneficiarse de un seguro médico o a asistencia económica estatal. Las iglesias también ayudan en el patrocinio.

Muchos refugiados karen de Myanmar han echado raíces desde que empezaron a llegar a Estados Unidos: un primer grupo de adolescentes se graduó el año pasado en el instituto. Otros han abierto negocios o han encontrado trabajo. Thar Tin trabaja empaquetando carne en una factoría. No es el trabajo ideal pero se paga bien a los refugiados, que a menudo encuentran trabajo en fábricas de empaquetado, como conductores de camión  o como empleados en restaurantes.

© G.O.BugbeeMientras su mujer sirve unos cuencos con pudin de arroz y coco, Thar Tin, vestido con el tradicional longyi, explica que salió de su país huyendo de los trabajos forzosos para los militares. Pasó nueve años en un campo de refugiados en Tailandia antes de ser reasentado en Louisville hace cuatro años.

“No había buena educación en Burma (Myanmar) o en el campo, aquí tienen buenas escuelas y buenos trabajos” dijo, destacando que sus hijos aprendieron inglés rápidamente gracias a sus profesores, la televisión y otros niños.

Pero su compatriota Ka Waw, un ex productor de arroz, todavía está buscando trabajo un año después de venir a Kentucky. Habla inglés, lo cual puede ayudarle, pero dice que está preocupado por el futuro.

“¿Quién cuidará de mi familia si me pasa algo?” pregunta.
Mientras tanto, Hsar Say sigue en contacto con sus parientes en Myanmar y en los campos de refugiados. Hablan por el móvil y les envía dinero, mientras sueña con el clima tropical, las agradables tiendas de té y su familia.

Hace poco Hsar Say se fue a miles de kilómetros hacia el sur, a Alabama, a trabajar en una fábrica de empaquetado de carne porque no lograba ganar lo suficiente como traductor o un empleo a tiempo completo. No sabe cuando podrá regresar a Louisville.

Mientras tanto, se han producido importantes desarrollos políticos en los últimos meses en Myanmar, ya que las principales figuras opositoras fueron liberadas y otras se están moviendo hacia la democratización. Pero Hsar Say sigue escéptico y no cuenta con regresar pronto a casa. “Después de años de vivir desplazándose, a veces siento que no tengo ningún hogar”.

Este artículo ha sido escrito para ACNUR por Chris Kenning, un periodista afincado en Louisville, Kentucky, Estados Unidos.