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Refugiados sirios respiran una nueva vida en una pequeña aldea alemana

Cuando las escuelas en la aldea de Golzow se encogían, los refugiados sirios llegaron para salvarlas de una caída.

GOLZOW, Alemania, 09 de febrero de 2017 (ACNUR) – En 2015, un grupo de niños refugiados sirios salvó una famosa escuela alemana del desastre, y ahora ellos respiran una nueva vida en la encogida aldea de Golzow. Casi dos años después, se han convertido en parte indispensable de la vida comunitaria.

“No teníamos vida allá en Siria, siempre teníamos miedo. Yo solo quería paz, nada más”, dijo Halima Taha, una refugiada siria de 30 años, quien huyó de la guerra en su hogar hace cuatro años junto con su esposo y tres hijos. Al llegar a Alemania, se ofrecieron a mudarse a Golzow, una pequeña aldea en la frontera con Polonia.

En ese momento, Halima no tenía idea de lo que significaba la llegada de la familia para los habitantes de la aldea. En ese entonces, la disminución de la población de la aldea significaba malas noticias para la escuela primaria de Golzow, conocida por los cinéfilos de todo el mundo como el escenario de “The Children of Golzow”, un épico documental de 42 horas filmado durante cinco décadas.

Sin embargo, la fama de la escuela no fue suficiente para salvarla de los efectos de una progresiva disminución. Durante los últimos ocho años, la población de Golzow disminuyó en un 12 por ciento, dejando solo 835 habitantes. Después, en marzo de 2015, lo impensable sucedió. Por primera vez desde su apertura en 1961, la escuela no logró la cantidad necesaria de estudiantes para una clase de recepción.

“No teníamos vida allá en Siria, siempre teníamos miedo”.

“Muchas personas se han ido en los últimos años”, explicó la directora de la escuela, Gabi Thomas. “No había padres jóvenes que tuvieran hijos que asistieran a la escuela. La actividad y la vida son muy importantes en una región rural, y estas son aportadas por los niños”.

La comunidad estaba angustiada, temían que esto fuera el principio del final de su amada escuela. Eso hasta que el alcalde de Golzow, Frank Schütz, ideara una solución inspiradora. Él les solicitaría a las autoridades locales que encontraran familias con niños en edades de escuela primaria que quisieran mudarse a los muchos apartamentos vacíos en Golzow. “Fue una ventaja añadida que estuviéramos ayudando a personas que también nos ayudarían a nosotros”, dijo el alcalde Schütz.

A sesenta kilómetros, Halima y su joven familia recién llegaba al principal centro de recepción en Brandenburgo, en Eisenhüttenstadt, sumamente agotados después de tres años y medio de un duro trayecto desde Siria hasta Alemania. Cuando les preguntaron si les gustaría mudarse a un apartamento donado en una aldea cercana, ellos aprovecharon la oportunidad.

“No nos importaba a qué clase de lugar íbamos, siempre y cuando estuviera limpio y fueran buenas personas”, dijo Halima. “Pensamos, ¿Por qué no?”. Meses después, su familia junto con otra familia de refugiados sirios llegó a Golzow, trayendo consigo a seis niños en edad escolar justo a tiempo para el nuevo año escolar. 

A pesar de que eran un poco mayores que sus compañeros de clase, tres recién llegados se unieron a la clase de recepción, alcanzando el número mínimo de 15 estudiantes. Era una situación de ganar-ganar, donde el grupo se lograba salvar y los sirios ahora tenían un nuevo hogar.

Cerca de dos años después, una de las niñas que salvó la escuela, la hija de 10 años de Halima, Kamala, se ha adaptado rápidamente a su nueva vida. “Claro que muchas cosas han cambiado”, dijo ella, rodeada por un grupo de amigos alemanes durante un receso.

A pesar de que Kamala y su familia son musulmanes, ella disfruta aprender sobre las costumbres alemanas. “En Siria, nunca celebramos Navidad ni Pascua ni Halloween”, dijo ella, en un alemán casi fluido. “Me gusta más la Pascua porque podemos ir a buscar huevos de chocolate”.

Kamala es una estudiante brillante y ha sido promovida de una clase de recepción introductoria al tercer grado, donde sus materias favoritas son matemáticas, música y deportes. Fuera de la escuela, ella tiene mucho para mantenerse ocupada, juega bádminton con sus amigos en un club después de la escuela, o aprende a montar los ponis de su vecino.

“Me gusta más la Pascua porque podemos ir a buscar huevos de chocolate”.

“Ellos quieren conocer sobre nosotros y nosotros sobre ellos”, dijo Kamala sobre sus compañeros alemanes. “Hay mucho por hablar y explicar. A veces traduzco para los demás en árabe o alemán”.

Así como sus hijas, los padres de Kamala, Halima y Fadi están tan acomodados que a menudo actúan como mediadores entre los recién llegados y los locales. El febrero pasado, ayudaron a recibir a una tercera familia a Golzow.

“Los ayudamos mucho, cuando ellos no sabían dónde estaban o cómo funcionaban las cosas”, dijo Halima, quien creía que era lo mínimo que podían hacer dada la bienvenida que recibieron ellos de la aldea.

“Todos nos recibieron con flores”, recordó Halima. “Yo estaba muy sorprendida, no pude hacer nada más que llorar. Si vienen más familias, serán muy bienvenidas. Golzow es muy abierta, es una aldea muy pequeña y las personas son muy lindas”.

Halima y su familia ahora poseen la condición de refugiados y una visa que les permite vivir y trabajar en Alemania durante los próximos tres años. Halima trabaja medio tiempo como intérprete de árabe para una caridad alemana que ayuda a solicitantes de asilo. Mientras tanto, Fadi está en búsqueda de un empleo y practica para su prueba de manejo. Él también disfruta pescar y cuidar su jardín con sus vecinos.

Aun así, por todo el trabajo que ha llevado acomodarse a la vida en la aldea, Fadi y Halima aún extrañan sus antiguas vidas. “Puede ser difícil”, dijo Fadi de 40 años, quién tenía un negocio de bienes raíces en su natal Latakia. “Teníamos una buena vida en Siria. Pero después llegó la guerra y tuvimos que huir. Ahora estamos intentando tener una buena vida de nuevo. Todos nos ayudamos aquí. Golzow es una segunda familia para nosotros, pero claro, queremos que la masacre en Siria se acabe para poder volver”.

“Me gustaría que mis hijos volvieran a Siria algún día”, concuerda Halima. “El hogar es el hogar, después de todo. Mientras esperamos, los niños necesitan aprender, estudiar y tener buenas carreras. Por lo menos aquí estamos a salvo”. 

Por Josie Le Blond y Gordon Welters