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Tras sobrevivir a masacre, ex cultivador de tabaco vende café en la ciudad

CARTAGENA, Colombia, 21 de diciembre (ACNUR) - Grimaldo mira con nostalgia una fotografía del equipo de fútbol en el que jugaba en un pueblo en el norte de Colombia. "Tres de ellos están muertos, ocho son desplazados", dijo, indicando los 18 jóvenes en la instantánea.

La imagen le trae recuerdos dulces y amargos de la vida rural en El Salado, donde Grimaldo, de 41 años, cultivaba tabaco como la mayoría de sus vecinos, tenía una familia y los fines de semana jugaba al fútbol con sus amigos.

El curso de su vida cambió para siempre en unos pocos días en febrero de 2000, cuando los paramilitares atacaron el pueblo en el departamento de Bolívar dejando al menos 60 muertos, entre ellos sus tres compañeros de equipo. Decenas de habitantes, incluyendo Grimaldo y su familia, huyeron hacia zonas urbanas para escapar de la violencia.

Un número creciente de las personas que el ACNUR ayuda en todo el mundo, tanto refugiados como desplazados internos, como Grimaldo, viven en zonas urbanas, donde se enfrentan a muchos nuevos retos y con frecuencia deben arreglárselas por sí mismos.

Grimaldo encontró abrigo en El Pozón, un barrio de invasión en las afueras de Cartagena, ciudad del Caribe en rápida expansión y capital del departamento de Bolívar. Las autoridades han registrado unos 60.000 desplazados internos en Cartagena y la mayoría de ellos vive en barrios de invasión como El Pozón.

Cuando Grimaldo, su esposa y dos hijos (el tercero nació en El Pozón) llegaron, hace nueve años, no había agua, ni electricidad, ni alumbrado en la calle y tampoco había alcantarillado. El futuro parecía sombrío, pero el antiguo agricultor estaba decidido a encontrar empleo.

"Traté de hacer varias cosas. Trabajé en una ferretería y en una granja no muy lejos de la ciudad", recordó. Pero se asustó cuando uno de los propietarios le disparó a un trabajador, confundiéndolo con un ladrón. "Cuando lo vi, pensé: "no escapé de una masacre para ser asesinado aquí por error", y me fui", explicó Grimaldo.

Terminó vendiendo pequeñas tazas de "tinto" caliente, en las calles en mal estado de El Pozón, donde hay un mercado potencial de miles de personas.

Pero aunque empezase a tener un ingreso regular, las cosas en casa estaban complicadas. "Durante los primeros dos años después del desplazamiento, mi hijo Javier, que tenía nueve años en ese momento, se ponía a menudo enojado y violento. Tenía problemas en la escuela, agarró a otros niños por el cuello", dijo Grimaldo.

Javier parece sufrir las consecuencias del trauma del ataque en El Salado. "Hace un par de meses de camino a la casa vio dos policías delante de la puerta. No pudo hablar durante algunos minutos. Nos dijo que pensaba que yo estaba muerto", comentó el padre del niño.

Su hija de 16 años, Dedris, enfrentó un problema diferente. Sus compañeros se reían de ella porque su padre vendía tinto. "Yo le dije que ningún trabajo honesto era malo, pero sé que era un problema para ella", dijo Grimaldo.

Si bien el comienzo de la familia en su involuntaria experiencia de vida en la ciudad fue duro, las cosas han mejorado mucho en El Pozón. Hoy tienen agua limpia en la casa, electricidad y alumbrado. Los servicios son suministrados por la administración local a precios subsidiados. Grimaldo gana unos 200 dólares por mes de la venta de tinto, mientras que su esposa, Yenis, consigue unos 30 dólares extra vendiendo helados caseros.

Los niños también están bien, por lo general. Javier quiere ayudar a su padre, mientras Dedris sueña, quizá con poco realismo, de estudiar derecho. Ella y su hermana menor, Greidis, están tomando clases gratuitas de música con un programa del gobierno, para aprender a tocar la flauta y otros instrumentos.

Sin embargo, concretamente las condiciones de vida de Grimaldo han avanzado muy poco en la última década, mientras que su salud se ha deteriorado, ya que necesita una operación de cálculos biliares. Por supuesto, en los últimos años ha pensado a su pasado, a su vida en el campo, que ahora le parece idílica, cuando vivía rodeado de un bosque de verdad, en lugar de una jungla de cemento.

A principios de este año él y su esposa regresaron a El Salado por primera vez desde la masacre. Allí asistieron a una reunión de los antiguos y actuales residentes organizada por la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación y con el propósito de sanar las heridas del pasado.

"Hemos llorado mucho al ver a nuestros viejos amigos de nuevo. Estábamos felices, pero lloramos", dijo Grimaldo, añadiendo que al salir del pueblo todos estaban preocupados de que alguien les disparara desde las colinas. "Los amigos que también viven en la ciudad nos dijeron que estamos mucho mejor que ellos", comentó.

Por Gustavo Valdivieso
En Cartagena, Colombia