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Una costurera siria se convierte en parte de la estructura de su comunidad

Con la ayuda de sus patrocinadores, el talento de Rabiaa Al Soufi se ha convertido en una parte muy valiosa de una unida comunidad en Nueva Escocia, Canadá.

ANTIGONISH, Canadá, 15 de diciembre de 2016 (ACNUR) - Cuando un entrenador de hockey contactó a Rabiaa Al Soufi, ella no dudó ni un momento antes de acceder a ayudar. Le dejaron en su casa cincuenta camisetas de hockey a las que había que bordarles los nombres lo antes posible.

Rabiaa se puso a trabajar rápidamente. Pasó las siguientes noches encorvada sobre una máquina de coser que no paraba de zumbar. Trabajaba sin parar, bajo la luz de una bombilla amarilla que proyectaba sombras en una habitación convertida en taller de costura. Su marido y sus hijos le ayudaron en lo que pudieron, ansiosos por dejar una buena impresión en una comunidad que hace poco les había dado la bienvenida.

Con su talento, perfeccionado tras años enseñando el arte de la costura y la sastrería en Siria, las camisetas ya terminadas se le amontonaron rápidamente. “Aunque sea algo sencillo, estoy contenta de que, de toda la gente, yo les haya dado esto”, dice Rabiaa.

Los cinco miembros de la familia Al Zhouri fueron reasentados en la ciudad de Antigonish, en la costa este de Canadá, en enero de 2016. La ayuda del país llegaba a una familia que la esperaba con ansia: los Al Zhouris habían huido de su hogar en Al-Quasyr, Siria, al Líbano y llevaban sin poder trabajar o ir a la escuela por 5 años.

Tanto para la ciudad de Antigonish como para la provincia de Nueva Escocia, la acogida de refugiados tenía dos propósitos: dar albergue a aquellos que lo necesitaban y aumentar una población decreciente de trabajadores cualificados. Durante generaciones, muchos de estos jóvenes cualificados salieron de la ciudad por trabajos mejor pagados en la parte oeste del país. Para finales de 2016, Nueva Escocia espera reasentar a 1.500 sirios.

“Te sientes como si hubieses dejado tu alma, como si hubieses dejado tu corazón ahí”.

Al poco tiempo después de llegar, el silencioso vacío del invierno sorprendió a Rabiaa. La época de reuniones sociales en su casa en Siria, las risas y las conversaciones de los vecinos que pasaban por ahí, se había acabado. Durante cinco meses, se sintió sola. “Me sentía deprimida. El mundo parecía cerrarse sobre mí”, dice. “Sólo tenía a mis hijos aquí y nadie más”.

Su mente volvía a menudo a su casa en Siria y a la guerra. Ella y otras familias se amontonaban en un baño estrecho, el lugar más seguro, mientras las bombas y los ataques aéreos destruían la ciudad. 

Su casa se había hecho cada vez más peligrosa para su hijo mayor, Majd, y su marido, Toufic, los dos blanco de reclutamiento y detenciones. Majd y Toufic huyeron a un pueblo cercano, donde pasaron semanas escondidos en un huerto. El contacto con ellos era intermitente: normalmente, pasaban dos meses sin conexión a internet mientras se movían de un lado para otro. Cada vez que Rabiaa escuchaba las noticias sobre los fallecidos, le ahogaba la incertidumbre. “Te sientes como si hubieses dejado tu alma, como si hubieses dejado tu corazón ahí”, dice. “Sólo te queda el cuerpo. Tu alma y tu mente están con ellos”.

Los patrocinadores de la familia en Canadá les han dado nuevas esperanzas y nuevas fuerzas.

“Uno se hace cargo del patrocinio de una familia de refugiados y la motivación para hacerlo es darles un lugar seguro donde vivir a unas personas con necesidades, darles un albergue”, dice Cindy Murphy, una de las residentes que patrocinó a la familia Al Zhouri. Ella y los otros patrocinadores se esforzaron por llevar a Rabiaa a tantos eventos sociales como fuera posible. De esta forma, su vínculo se ha fortalecido y se han vuelto más cercanas. “Tengo que decir que, aparte de tener a mis hijos y casarme, esto es una de las cosas más importantes que he hecho en mi vida”, dice Cindy.

El grupo de patrocinadores, formado mayoritariamente por miembros de la comunidad y estudiantes universitarios, pasan a menudo horas en casa de Rabiaa bebiendo té y hablando. A medida que iba mejorando su ánimo, Rabiaa empezó a cocinar y a coser de nuevo, trabajos en los que ya estuvo involucrada en Siria.

"Esto es una de las cosas más importantes que he hecho en mi vida”.

Lo que empezó siendo una forma de pasar los días terminó convirtiéndose en un pequeño negocio. Sus patrocinadores organizaron un puesto en el mercado semanal del pueblo para que vendiera su pastelería siria.

“El mercado del pueblo, a pesar de que es sólo una vez a la semana, me ha ayudado mucho con mi vida social. He hecho muchos amigos”, dice Rabiaa.

Después, echó una mirada a un sofá gastado que tenía en su casa y, tras tomar cuidadosamente medidas y escoger diferentes telas, empezó a tapizar el sofá. Cuando sus patrocinadores la fueron a visitar, se maravillaron con el diseño y la costura del sofá.

Tardó poco tiempo en correrse la voz: los talentos de Rabiaa iban más allá de cocinar. Los clientes salían de su puesto en el mercado con una pequeña caja de galletas y con citas para sastrería y tapicería. Además, al trabajar con Toufic, un experto carpintero, la pareja creó un nicho de mercado en su área. Los patrocinadores de Rabiaa diseñaron e imprimieron tarjetas de negocios y crearon una página de Facebook para atraer a nuevos clientes.

“Es como si hubiera un montón de energía en ella que fue liberada”, dice Cindy. “Rabiaa es muy trabajadora y simplemente nunca dice no. Es una mujer increíble”.

Poco tiempo después, el salón de la casa de la familia Al Zhouri se convirtió en una colección de diferentes sillas y telas. El sonido de la gente llamando a la puerta de su casa se hizo familiar rápidamente: los habitantes de su comunidad llegaban continuamente con nuevos encargos para su familia.

Y a la vez que la presencia de Rabiaa se hacía mayor en su comunidad, también lo hacía la de su familia. Su hijo mayor, Majd, entre estudios y trabajo, lideró una iniciativa para representar una obra de teatro con miembros de su comunidad, lo que le ayudó a mejorar su inglés y a ganar más confianza en sí mismo. Sus hijos pequeños, Ranim y Aghyad, trabajaban como voluntarios en la comunidad a la vez que devoraban libros de texto, lo que les ayuda a mejorar rápidamente su inglés y hablarlo con más fluidez. Su marido se ganó la reputación de ser un hábil carpintero, capaz de fusionar los diseños de Oriente Medio con el estilo canadiense. En medio del éxito creciente de la familia, los patrocinadores siguieron ayudando donde podían.

“Es un proceso enriquecedor poder trabajar junto a las personas recién llegadas a nuestra comunidad”, dice Cindy. “Pero voy a tener que dejar de llamarlos así dentro de poco porque, en verdad, son parte de la estructura de nuestra sociedad”.

 

A lo largo y ancho es una serie de historias que retrata a canadienses que han dado la bienvenida a refugiados sirios con apoyo y compasión. Desconocidos, amigos, familias y comunidades de todo el país están creando fuertes lazos de amistad que van más allá de la lengua y la cultura, justo cuando más falta hace.

 

Gracias al Voluntario en Línea Diego Ardura por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.