Volver a Afganistán: un reto para las generaciones nacidas en el exilio

La mitad de los 5 millones de retornados de Afganistán nacieron en el exilio. Los jóvenes retornados se enfrentan a muchos desafíos nuevos, pero la mayoría muestra una notable capacidad de recuperación.

Niños refugiados afganos se despiden de Pakistán al emprender el regreso a su país.  © ACNUR/B.Baloch

KABUL, Afganistán, 20 de noviembre de 2014 (ACNUR) – La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño fue adoptada hace 25 años para proteger a niños como Hasanat, Aisha y Safia.

Los tres han vuelto a su país, Afganistán, ese desconocido del que tanto habían oído hablar. Tienen ocho, trece y siete años y, como la mitad de los cinco millones de afganos que han regresado desde 2002, han nacido en el exilio, casi siempre en Irán o en Pakistán. Aún hoy en ambos países viven 2,5 millones de refugiados afganos.

En un país que todavía no ha superado la pobreza y la inestabilidad, Hasanat, Aisha y Safia están destinados a enfrentar no pocos retos. Sus historias son el reflejo de la vulnerabilidad y a la vez de la resiliencia de los pequeños regresados. Hasanat narra el desgarrador viaje de vuelta, mientras que Aisha y Safia son ejemplos de los problemas de derechos humanos que amenazan a la niñez afgana.

Lo que los niños refugiados retornados hagan de sus vidas determinará en buena medida el éxito a largo plazo del programa de repatriación voluntaria y reintegración más grande del mundo y condicionará el potencial de Afganistán para edificar un futuro de paz estable. En lo que va de año han vuelto de Pakistán unos 12.000 refugiados afganos.

Hasanat

"Ahora Afganistán es mi casa. Estoy contento y no me voy a ir", afirma Hasanat, que con apenas ocho años decidió repatriarse cuando supo que su padre estaba enfermo y enfrentó el viaje solo porque su madre se negaba a regresar.

"Yo vendía fruta y verdura frente al mercado de Karachi [en Pakistán meridional]", explica. "Vi unos afganos subidos a unos camiones y les pregunté si estaban regresando. Les rogué que me llevaran porque mi padre estaba enfermo y me aceptaron".

Al llegar a la frontera se demoró para ir a buscar agua al río y perdió el camión. "Me quedé solo frente a la ruta desierta", recuerda.

Asustado, traumatizado, Hasanat sobrevivió dos días en una aldea de Afganistán oriental mendigando comida y durmiendo en la calle. El dueño de una tienda que lo vio llorar, un hombre bondadoso, le dio algo para comer y se hizo contar la historia. Lo cuidó y contactó al ACNUR para que localizaran a su familia.

Hasanat era demasiado pequeño para dar mucha información. Se trataba de buscar una aguja en un pajar, pero con algo de suerte y tanto trabajo, el personal de protección de ACNUR logró ubicar a los parientes en una aldea del norte.

"Mi sueño es que toda mi familia vuelva a reunirse en Afganistán, que las cosas mejoren y que podamos vivir mejor aquí en casa que como lo están pasando en Pakistán", suspira el padre de Hasanat, campesino en una provincia asolada por la sequía. Tanto la familia natural de Hasanat como su familia adoptiva recibieron ayuda en efectivo a través de un proyecto de ACNUR en favor de las personas particularmente vulnerables.

Aisha

Aisha tiene trece años y quiere ser médico. Siempre tuvo muy buenas notas y recibió ayuda de un plan de instrucción patrocinado por ACNUR en una aldea paquistana para refugiados. Al regresar a Wardak (Afganistán), la familia empezó a recibir amenazas de los talibanes para que dejaran de mandarla a la escuela y tuvieron que huir a Kabul.

"Quiero que mi hija no deje de soñar, que estudie mucho y que tenga una vida mejor que la mía", dice su madre, que es analfabeta. "Fue por eso que primero nos quedamos en Pakistán y después nos vinimos de la aldea a Kabul, donde hay escuelas y más oportunidades para las niñas". Gracias a las gestiones de ACNUR, el Ministerio de Educación de Afganistán ha autorizado la inscripción en las escuelas de la capital de Aisha y de miles de niños retornados o desplazados internos.

En el resto del país los ataques de los talibanes han destruido cientos de escuelas (se estima el 6 por ciento de la infraestructura educativa), además de amenazar a los padres para que retiren a sus hijos, sobre todo si son mujeres. Cientos de alumnos, maestros y funcionarios de educación han perdido la vida. La falta de oportunidades educativas en Afganistán es una de las principales razones por las que las familias refugiadas se resisten a la repatriación.

Safia

La práctica tradicional del matrimonio infantil es la negación del derecho a la instrucción y a la salud. El Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales de Afganistán ha estimado que más de la mitad de las niñas menores de 16 años están casadas. Los partos precoces son uno de los factores por los que el país tiene la segunda tasa de mortalidad materna más alta del mundo.

Safia había vuelto de Pakistán con 7 años y como suele suceder en las zonas rurales, sus padres la casaron con un viudo de 55 para cerrar una disputa familiar. Cuando la encontraron los funcionarios de ACNUR vivía en condiciones inhumanas, explotada, maltratada y vejada por los parientes de su marido, sin ir a clases.

A instancias de ACNUR las autoridades locales disolvieron el matrimonio y compensaron al marido arreglando una nueva unión con una mujer adulta. Safia volvió a su casa natal radiante de felicidad: "No quiero que me casen, quiero ir al colegio".

Pese a que muchos desafíos para la seguridad y el goce de derechos siguen amenazando a los niños, Afganistán ha realizado progresos significativos. Desde 2001 las inscripciones han aumentado de 900.000 a más de 6 millones de alumnos. Muchos son refugiados retornados y el porcentaje de niñas ha pasado de casi cero a 35 por ciento. El número de maestros se ha multiplicado por siete y el de escuelas por dos.

ACNUR y otras agencias humanitarias han apoyado la construcción de escuelas y una serie de programas de recuperación y formación vocacional para adolescentes de riesgo que en su momento abandonaron las aulas debido a la guerra o a los desplazamientos.

Mientras tanto, para generar factores de atracción capaces de incentivar la repatriación, es indispensable que Afganistán se haga cargo de la seguridad y de las necesidades de educación, empleo, tierra y vivienda de las dos generaciones nacidas en el exilio. En esta fase crítica de la transición, el apoyo de la comunidad internacional a los habitantes de esta región es más urgente que nunca.

Maya Ameratunga desde Kabul, Afganistán

Gracias a la Voluntaria en Línea Delia Tasso por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.