Declaración del Alto Comisionado António Guterres con ocasión del Día Mundial del Refugiado 2015

A quince años del inicio de este milenio, en el cual muchos de nosotros teníamos la esperanza de ver el fin de las guerras, la violencia generalizada se ha propagado amenazando incluso los fundamentos de nuestro sistema internacional.

Más personas huyeron el año pasado que en ningún otro período registrado en nuestros archivos. A lo largo del mundo, cerca de 60 millones de personas han sido desplazadas a causa de los conflictos y la persecución. Cerca de 20 millones de ellas son refugiados, y más de la mitad son niños. Estas cifras están aumentando y a un ritmo cada vez más rápido cada día, en cada continente. En el 2014, cada día un promedio de 42.500 personas se convirtieron en refugiados, solicitantes de asilo o en desplazados internos -esto es cuatro veces más que tan sólo hace 4 años. Estas personas confían en nosotros para sobrevivir y tener esperanzas. Ellos recordarán lo que hagamos.

Sin embargo, incluso mientras se desenvuelve esta tragedia, algunos de los países en mejor posición de ayudar están cerrando sus puertas a las personas que solicitan asilo. Las fronteras se están cerrando, los rechazos están aumentando y la hostilidad va en aumento. Las alternativas legales para huir están desapareciendo. Y las organizaciones humanitarias como la mía funcionan bajo presupuestos muy ajustados, sin poder satisfacer las crecientes necesidades de un número de víctimas tan enorme.

Hemos alcanzado el momento de la verdad. La estabilidad mundial se está cayendo a pedazos dejando una estela de desplazamiento de proporciones nunca vistas. Los poderes mundiales se han convertido en observadores pasivos o en participantes en la distancia de los conflictos que están empujando a tantos civiles inocentes fuera de sus hogares.

En este mundo en guerra, donde las relaciones de poder no están claras, y la imprevisibilidad y la impunidad se han convertido en reglas del juego, es ahora urgente que todos aquellos que tienen influencia sobre las partes en estos conflictos pongan a un lado sus diferencias y se reúnan para crear las condiciones que permitan acabar con este derramamiento de sangre.

Pero mientras tanto, el mundo debe asumir colectivamente la responsabilidad de la carga de ayudar a las víctimas de la guerra o arriesgarse a permanecer al margen, mientras los países y las comunidades con menos recursos -que acogen el 86% de los refugiados del mundo- están al límite y comienzan a desestabilizarse.

Desde los inicios de la civilización, hemos tratado a los refugiados como merecedores de nuestra protección. Sean cual sean nuestras diferencias, hemos reconocido la obligación humana fundamental de dar albergue a quienes huyen de la guerra y la persecución.

Pero incluso hoy en día, algunos de los más ricos entre nosotros están desafiando este antiguo principio, presentando a los refugiados como intrusos, desempleados o terroristas. Esta es una peligrosa línea de acción, miope, moralmente incorrecta y -en algunos casos- en contravención de las obligaciones internacionales. Es tiempo de dejar de escondernos detrás de palabras vagas. Las naciones más ricas deben reconocer a los refugiados como las víctimas que son, huyendo de las guerras que ellas fueron incapaces de prevenir o detener. Y luego los países más ricos deben decidir si asumir una parte justa de la carga, tanto internamente como en el extranjero, o esconderse tras sus muros, mientras una creciente anarquía se extiende por el mundo.

Para mí, la opción es clara: ya sea permitir que el cáncer del desplazamiento forzado se extienda sin tratamiento, o manejar esta crisis todos juntos. Nosotros tenemos las soluciones y la experiencia. No va a ser fácil o barato, pero valdrá la pena. La historia ha demostrado que hacer lo correcto por las víctimas de la guerra o la persecución crea buena voluntad y prosperidad por generaciones. Y fomenta la estabilidad a largo plazo.

El mundo necesita ahora renovar su compromiso con la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y sus principios, que nos hacen más fuertes. Para ofrecer un refugio seguro, tanto en nuestros propios países como en el epicentro de las crisis, y ayudar a los refugiados a rehacer sus vidas. No debemos fallar.