Niños refugiados encuentran su voz en los coros inclusivos de Rumania

Un proyecto que une a los niños a través del canto se amplía para incluir a los refugiados.

Práctica de coro en la escuela secundaria King Ferdinand en Bucarest.
© ACNUR / Ioana Epure

Lina Jammal sabía que su hijo Sam tenía un don para la música. Cuando era pequeño, solía subirse al sofá y cantar las canciones de cantantes famosos que salían en la radio y en la televisión, usando un peine como micrófono.


Ahora Sam y su hermana Sara se han unido a un coro en el marco de un programa rumano para la integración de niños de diferentes orígenes, incluidos los niños refugiados, a través de la música.

“Como madre, estoy muy feliz de ver a mis hijos cumplir sus sueños”, dice Lina, de 39 años.

La familia de origen sirio llegó a Bucarest en 2013 procedente de Alepo, ciudad destruida por la guerra. Llegaron por Turquía para unirse con otros familiares que ya estaban en Rumania. La familia, compuesta por nueve miembros de tres generaciones, vive en un apartamento de tres habitaciones a las afueras de la ciudad.

El marido de Lina, Jihad, de 46 años, trabaja vendiendo textiles. Su hija mayor, Budur, de 22 años, y su hijo Abdul, de 20, están en la universidad, estudiando medicina e ingeniería civil, respectivamente. Los abuelos están tranquilamente sentados al fondo mientras Kaisar, de tres años y nacido en Rumanía, corre por la sala de estar.

“Estoy muy feliz de ver a mis hijos cumplir sus sueños”.

Sam, de 12 años, y Sara, de 10, van a un colegio árabe, pero dos veces a la semana tienen clase de coro en la Scoala Gimnaziala Ferdinand I (Escuela Rey Fernando I) de Bucarest.

La escuela, construida en 1926, participa en un programa nacional llamado Cantus Mundi destinado a unir a niños en coros. El programa Cantus Mundi es una iniciativa del famoso Coro de cámara Madrigal de Rumania.

Cerca de 30.000 niños rumanos de alrededor de 850 coros distintos (grupos escolares, eclesiásticos, coros para ciegos y discapacitados) cantan bajo los auspicios del programa Cantus Mundi.

De momento entre los participantes hay solo algunos refugiados, pero los organizadores quieren incluir a más. Consideran el canto como una de las mejores maneras para ayudar en la integración de los refugiados, porque es una forma de que los recién llegados aprendan la lengua y la cultura e interactúen con los residentes.

  • Anna Ungureanu es la directora jefa del coro Madrigal.
    Anna Ungureanu es la directora jefa del coro Madrigal. © ACNUR/Ioana Epure
  • Los hermanos Jammal, Sara, de 10 años y Sam, de 12, son de Siria.
    Los hermanos Jammal, Sara, de 10 años y Sam, de 12, son de Siria. © ACNUR/Ioana Epure
  • Sara con su madre Lina en su apartamento de tres habitaciones a las afueras de la ciudad.
    Sara con su madre Lina en su apartamento de tres habitaciones a las afueras de la ciudad. © ACNUR/Ioana Epure
  • La familia Jammal, con Sam (izquierda) y Sara (segunda por la izquierda).
    La familia Jammal, con Sam (izquierda) y Sara (segunda por la izquierda). © ACNUR/Ioana Epure
  • Clases de coro en la escuela Rey Fernando I en Bucarest.
    Clases de coro en la escuela Rey Fernando I en Bucarest. © ACNUR/Ioana Epure
  • Clases de coro en la escuela Rey Fernando I en Bucarest.
    Clases de coro en la escuela Rey Fernando I en Bucarest. © ACNUR/Ioana Epure
  • Sam y Sara van a clases de coro dos veces por semana.
    Sam y Sara van a clases de coro dos veces por semana. © ACNUR/Ioana Epure

“Los niños vienen de entornos muy distintos”, dice Anna Ungureanu, directora jefa del coro Madrigal y directora artística de Cantus Mundi. “Los niños cantan sin pensar que son diferentes o mejores o peores. Los niños no funcionan así. Sienten lo que hacen”.

Ya en su apartamento, Sam y Sara se preparan para ir a las clases de coro. Sam se viste de forma elegante con un traje gris y su hermana Sara lleva una bonita blusa blanca de encaje.

Sara es tímida y no le gusta cantar sola, por eso el coro es ideal para ella. Sam tiene más confianza. Se sube al sofá para mostrar cómo solía cantar con el peine y rapea una canción propia sobre la guerra en Siria:

“Cuando vayas a la escuela,

Di “adiós” a tu madre,

Cuando vuelvas a casa,

¿Podrás volver a verla?

Las calles concurridas, las echo de menos,

Bazares sirios,

El sonido de las bombas recuerdo,

Como balas en mi cuerpo.

Veo la tele,

Pero mejor pongo el tiempo,

No quiero ver a amigos morir,

No quiero verlos sufrir.

Somos sirios,

Siria construiremos de nuevo,

Somos sirios,

El dolor olvidaremos”.

 “Veo esto como una forma de ayudarlos”.

El salón de actos de la escuela Rey Fernando I empieza a llenarse de gente mientras van llegando los coristas para el ensayo. Sam y Sara se unen a otros niños rumanos de su edad en la fila de asientos. Lina se sienta al fondo y observa orgullosa cómo sus hijos participan.

Simona Spirescu, profesora de primaria y coordinadora del coro, se ha comprometido a incluir a niños refugiados en sus clases. “Soy de mente abierta, y de corazón también”, dice. “He leído mucho sobre los refugiados. He sufrido y he llorado al oír sus historias. Veo esto como una forma de ayudarlos”.

En el escenario está acompañada por Emanuel Pecingina, un tenor del coro Madrigal, que le enseña a dirigir y a dar clases de canto a los niños.

Pecingina habla de la rica cultura coral de Rumanía, arraigada en las tradiciones folclóricas y bizantinas. Bajo el régimen dictatorial del comunista Nicolae Ceausescu, Rumania tenía coros enormes.

“Cantábamos canciones patrióticas y del partido”,  recuerda. “La música no estaba mal, pero las letras no eran buenas. Hoy en día el repertorio es distinto, por supuesto”.

Por eso, tras enseñar a los niños a calentar sus voces entonando el “ma-me-mi-mo-mu”, dibuja pentagramas en la pizarra y marca el ritmo mientras imparte nociones de solfeo.

A continuación los niños cantan el “Frère Jacques” en varios idiomas y una canción sobre una regadera. Las canciones son sencillas, pero sus voces resuenan con claridad.

“¡Bravo!”, exclama Pecingina y el ensayo acaba con otra canción popular rumana llamada “Vine, Vine Primavera!” (“¡La primavera ya está aquí!”).

Emanuel destaca las ventajas del programa: “Creamos un ambiente de normalidad que incluya a todos los niños. Es un intercambio cultural. Los refugiados también aportan canciones de sus países. La música es universal”.

Sam y Sara parecen contentos. “Cuando canto solo, no oigo mis errores. En el coro, escucho, repito y mejoro”, dice Sam.

En lo que a la elección de las canciones de refiere, Sam tiene sus dudas sobre “Frère Jacques”.

“Me gusta cantar en el coro, — dice — pero rapear es aún mejor”.

Gracias a la Voluntaria en Línea Paula Fernández por el apoyo ofrecido con la traducción del inglés de este texto.