10 . 1 El problema de la militarización de los campos de
refugiados
Entre 1994 y 1996, la dominación de los campamentos de
refugiados ruandeses de la región oriental del Zaire por
grupos armados hutus (Interahamwe) atrajo la atención de
la comunidad internacional hacia el problema de la militarización
de los campamentos de refugiados. Sin embargo, la presencia de
elementos armados en los campamentos no es un fenómeno
nuevo y pueden citarse numerosos ejemplos más.
Durante la década de 1970, los campamentos
para refugiados sudafricanos en Mozambique y Tanzania estaban
controlados por miembros del brazo armado del Congreso Nacional
Africano y del Congreso Panafricano, y, en consecuencia, sufrían
ataques y bombardeos aéreos de las fuerzas armadas sudafricanas.
De modo similar, en Angola, los campamentos de refugiados namibios
administrados por el movimiento de liberación namibio,
la Organización del Pueblo de África del Sudoeste,
fueron atacados por la fuerza aérea sudafricana. En Zambia
y en Mozambique, había campamentos de refugiados de la
guerra en lo que entonces era Rhodesia controlados por movimientos
de liberación de Zimbabue que fueron atacados por las fuerzas
gubernamentales de Rhodesia.
En la década de 1980 hubo muchos ejemplos
más de campamentos en los que no se podía distinguir
con facilidad a los elementos armados de la población civil.
A principios de los años ochenta, los camboyanos que huían
de la guerra civil y de la invasión de Vietnam fueron a
los campamentos de la frontera controlados por el Jemer Rojo y
otras facciones armadas. Debido a las actividades militares en
la frontera con Tailandia, hubo que trasladar los campamentos
en numerosas ocasiones, lo que creó problemas adicionales
para las organizaciones internacionales que intentaban asistir
a los refugiados que vivían en ellos. En Paquistán,
a mediados de los años ochenta, los pueblos de refugiados
afganos próximos a la frontera albergaban tanques y artillería
pesada, así como a combatientes muyahidín que participaban
activamente en el conflicto con el régimen de Afganistán
respaldado por Rusia. En el sudoeste de Etiopía, los rebeldes
del sur de Sudán utilizaron los campamentos de refugiados
como bases de retaguardia. En Honduras, los guerrilleros salvadoreños
actuaban desde los campamentos de refugiados, y los «contras»
nicaragüenses también operaban desde zonas donde se
habían asentado refugiados.
A lo largo de la década de 1990, el problema
de la militarización de los campamentos de refugiados siguió
vigente en diversas partes del mundo. En el África occidental,
por ejemplo, las áreas de asentamiento de refugiados fueron
a menudo un foco para el reclutamiento guerrillero, y el movimiento
de milicias entre Sierra Leona y Liberia empeoró a menudo
los conflictos en ambos países y afectó a la seguridad
de la población de refugiados. En 1998 y 1999, el Ejército
de Liberación de Kovoso utilizó los asentamientos
y campamentos de refugiados de Albania como puntos de estacionamiento
de efectivos militares. En Timor Oriental, los campamentos donde
vivían quienes huían de la violencia en Timor Oriental
daban refugio temporal a milicias armadas. En Burundi, los grupos
rebeldes han utilizado las zonas pobladas por refugiados de Tanzania
como campos de reclutamiento y medios para obtener recursos.
En todos estos casos, la presencia de elementos
armados entre las poblaciones de refugiados ha expuesto a los
civiles a riesgos cada vez mayores. Los ha hecho vulnerables a
la intimidación, al hostigamiento y al reclutamiento forzado
en grupos armados. También los ha expuesto a ataques armados
de las fuerzas enemigas contra los campamentos y asentamientos
de refugiados, a la siembra de minas en las zonas donde viven,
a la infiltración de fuerzas enemigas, y a secuestros y
asesinatos. La presencia de elementos armados en los campamentos
ha creado también problemas de seguridad para los trabajadores
de las organizaciones de ayuda de emergencia y ha debilitado la
credibilidad de organizaciones humanitarias como el ACNUR.
Garantizar la seguridad de los refugiados
Ante este problema, el ACNUR ha hecho crecientes
esfuerzos a lo largo de los años para encontrar formas
de garantizar la naturaleza civil y humanitaria de los campamentos
de refugiados. Pero el problema es complejo, y el ACNUR carece
tanto del mandato como de la capacidad para llevar a cabo la desmilitarización
de los campamentos y asentamientos de refugiados.
En virtud de las leyes internacionales sobre
refugiados, la responsabilidad de garantizar la seguridad de los
campamentos de refugiados recae, en primer término, sobre
el gobierno del país de acogida. Sin embargo, en muchos
casos, los gobiernos no pueden impedir la militarización
o no están dispuestos a hacerlo. Aunque en algunas ocasiones
las autoridades del país de acogida hacen una selección
y se ocupan del desarme inicial de los refugiados que llegan a
los pasos fronterizos, esto no siempre es eficaz y en situaciones
de entradas masivas a menudo es inviable. Por otra parte, salvo
que los combatientes estén dispuestos a deponer sus armas,
es casi imposible que los desarmen unos funcionarios de fronteras
o los funcionarios de protección del ACNUR, que actúan
desarmados.
Una vez que los combatientes armados se mezclan
con las poblaciones de refugiados civiles, es notablemente difícil
distinguirlos y separarlos. Cuando se ofrece resistencia a la
desmilitarización, su logro podría exigir la intervención
de una fuerza militar fuertemente armada. Pero incluso unas fuerzas
militares bien entrenadas y equipadas a menudo se niegan a asumir
esta tarea, como ocurrió en los campamentos para refugiados
ruandeses de la región oriental del Zaire, donde el ACNUR,
por medio del Secretario General de la ONU, pidió en reiteradas
ocasiones a los Estados que ayudaran a separar a los elementos
armados de la población civil. Ningún gobierno estaba
dispuesto a enviar al exterior fuerzas militares o policiales
para asistir en esta tarea. Como consecuencia, el ACNUR tuvo finalmente
que pagar y equipar un Contingente Zairense especial, reclutado
de entre la guardia presidencial zairense, para instaurar cierta
medida de orden público en los campamentos.
El artículo II.6 de la Convención
sobre los Refugiados de 1969 de la Organización de la Unidad
Africana (OUA), establece: «Por motivos de seguridad, los
países de asilo asentarán, en lo posible, a los
refugiados a una distancia razonable de la frontera de su país
de origen» (véase recuadro
2.3). Aunque la Convención no cuantifica esa distancia,
y aunque la Convención de la ONU sobre los Refugiados de
1951 no incluye ninguna disposición sobre la distancia
a la que han de estar los campamentos de refugiados de las fronteras,
el ACNUR ha tratado en numerosas ocasiones de hacer que estos
campamentos estén situados a una «distancia razonable»
de las fronteras internacionales. Sin embargo, esto a veces es
difícil de lograr por diversos motivos. Los refugiados
establecen espontáneamente campamentos cerca de las fronteras
para facilitar su regreso o seguir la situación en su región
de origen, y a veces se muestran reacios al traslado. La reubicación
es una operación compleja y costosa. Y los gobiernos de
los países de acogida suelen preferir mantener los campamentos
cerca de la frontera, esperando que ello aliente finalmente el
retorno.
Se ha alegado que los campamentos militarizados
deben ser eliminados de la categoría protegida de «campamentos
de refugiados», y que el ACNUR debe retirar sus servicios
de ellos. Pero es difícil decidir qué hacer cuando
estos campamentos siguen albergando a un número importante
de refugiados de buena fe. El ACNUR ha evitado a menudo actuar
en determinados campamentos debido a su militarización.
En otras situaciones, como en los campamentos para ruandeses de
Goma, en la región oriental del Zaire, el ACNUR mantuvo
una presencia a pesar de la militarización, ya que consideraba
que su retirada expondría a los refugiados a un peligro
aún mayor.
En los últimos años, el ACNUR ha
hecho varios intentos innovadores para mejorar la seguridad en
los campamentos y asentamientos de refugiados y garantizar su
carácter civil. Por ejemplo, en 1999, en los campamentos
albanokosovares en la ex República Yugoslava de Macedonia,
el ACNUR gestionó el despliegue de asesores policiales
internacionales para mejorar la seguridad y el cumplimiento de
la ley en los campamentos. Además, en 1998, en los campamentos
de refugiados burundeses de Tanzania, el ACNUR comenzó
a respaldar a alrededor de 270 agentes de policía tanzanos
cuya tarea es mejorar la seguridad de los refugiados y contribuir
a garantizar el carácter civil y humanitario de los campamentos.
Siguiendo la línea de estas nuevas iniciativas,
la Alta Comisionada Sadako Ogata ha propuesto recientemente una
«escala de opciones» para abordar los problemas de
seguridad en los campamentos, en la que hay opciones «blandas»,
«medias» y «duras», y que abarca medidas
encaminadas a garantizar el orden público, como programas
de instrucción y dirigidos a consolidar la capacidad de
la policía nacional para ocuparse de la seguridad de los
campamentos de refugiados, el despliegue de asesores policiales
internacionales y, como último recurso, el despliegue de
fuerzas militares. Pero el éxito de todos estos intentos
para mejorar la situación depende de la voluntad política
de los Estados, en concreto del Estado de acogida y de los demás
Estados de la región. A menos que los gobiernos receptores
y otros agentes tomen de forma activa medidas para impedir la
militarización de los campamentos de refugiados, el problema
persistirá y la seguridad de los refugiados seguirá
estando en peligro.