4 . 4 Los menores no acompañados
de Indochina
Cuando los refugiados camboyanos comenzaron
a cruzar la frontera tailandesa en 1979, había entre ellos
una gran proporción de niños y adolescentes menores
de 18 años de edad, que parecían no tener familiares.
A esos niños se les dieron los nombres de «menores
no acompañados» o «niños separados».
Desde el principio, se realizaron llamamientos internacionales
urgentes para su reasentamiento en otros países. Pero su
situación era compleja y la búsqueda de soluciones
para ellos se convirtió en una cuestión sumamente
controvertida.
Muchos de aquellos niños habían
sido reclutados por la fuerza años atrás para servir
en las brigadas juveniles del Jemer Rojo. Algunos habían
perdido a su familia; otros habían sido separados de ella
por los trastornos que siguieron a la invasión vietnamita
de Camboya en 1978. Otros eran auténticos huérfanos,
que habían perdido a ambos progenitores. Pero, tras una
investigación más detenida, resultó que un
número significativo de niños tenían familiares
cercanos en Camboya, en algún lugar a lo largo de la frontera
o incluso en el mismo campamento. Este era el núcleo de
la controversia. En consecuencia, en diciembre de 1979 el ACNUR
advirtió contra cualquier paso precipitado tendente al
reasentamiento en terceros países y a la adopción
permanente hasta que se hubieran hecho esfuerzos exhaustivos para
reunir a los niños no acompañados o separados con
sus familiares supervivientes en Camboya o en los campamentos
fronterizos.
Un estudio realizado el año siguiente
por la organización noruega Redd Barna y otras organizaciones
no gubernamentales (ONG) encontró pruebas de que los padres
de muchos de aquellos niños estaban vivos. Después
de examinar más de 2.000 expedientes, Redd Barna llegó
a la conclusión de que más de la mitad de los niños
de los campamentos habían sido separados de sus padres
por las circunstancias, no por la muerte. Algunos niños
suponían que sus padres habían muerto basándose
en la larga separación o en rumores infundados. Otros afirmaban
falsamente que sus padres habían muerto, convencidos de
que su condición de «no acompañados»
facilitaría su reasentamiento en terceros países.
El informe de Redd Barna llegaba a esta conclusión: «Los
datos indican que la mayoría de los padres de los menores
no acompañados continúan vivos en el interior de
Kampuchea, por lo que las posibilidades de reunificación
son considerables.»viii
El informe resultó acertado en relación
con el primer punto, pero estaba equivocado en relación
con el segundo. Durante la década siguiente, la política
de la Guerra Fría frustró todos los intentos de
reunificación familiar en el interior de Camboya. Aunque
cientos de niños camboyanos no acompañados o separados
se reunieron finalmente con miembros de su familia en campamentos
fronterizos, la gran mayoría fueron reasentados efectivamente
en terceros países, tanto si tenían familiares en
ellos como si no.
El interés superior del niño
El marco del derecho sobre bienestar familiar
e infantil en el que se basan las políticas sobre niños
no acompañados o separados concede a los padres el presunto
derecho y obligación de cuidar de sus hijos hasta que lleguen
a la mayoría de edad. En el caso de un niño cuyos
padres hayan muerto o no estén disponibles, el principio
internacional unificador es promover «el interés
superior del niño» proporcionado seguridad y cuidados
temporales mientras se intenta la reunificación con un
miembro de la familia o el acogimiento familiar por otro adulto
responsable.
La pregunta es: ¿qué sucede cuando
el principio de «unidad familiar» choca con el «interés
superior del niño», como sucedía con harta
frecuencia en Indochina? Aproximadamente el 7% de los vietnamitas
que llegaron a países de primer asilo eran menores no acompañados.
Algunos habían sido separados de los miembros de la familia
durante los caóticos años de guerra o habían
perdido a sus padres en el mar en el viaje de salida. Pero para
muchos de los niños, la separación de los padres
fue un acto deliberado. Nada menos que un tercio de ellos no huían
tanto de la opresión política como de familias disfuncionales.
En otros casos, los padres enviaban fuera a sus hijos con la esperanza
de que se asegurasen una educación y una vida mejor en
Occidente.
En los decenios de 1970 y 1980, cuando el estatuto
de refugiado prima facie se aplicaba a prácticamente todos
los refugiados del mar vietnamitas, el debate acerca de los menores
no acompañados se centró en cómo se los podría
proteger mejor en los campamentos de primer asilo y en cómo
reasentarlos con éxito después. Pero con el establecimiento
de procedimientos regionales para determinar su estatuto en aplicación
del Plan General de Acción del ACNUR, la cuestión
de la repatriación y la devolución de los menores
a sus familias en Vietnam pasó a ser una cuestión
fundamental.
En 1989, el ACNUR creó comités
especiales en cada país de primer asilo para decidir caso
por caso qué solución redundaría en el interés
superior de cada menor no acompañado. Como integrantes
de esos comités figuraban representantes del gobierno del
país de acogida, del ACNUR y de otros organismo con experiencia
en bienestar infantil. El ACNUR insistió en que la celeridad
era esencial, pues la residencia prolongada en campamentos era
perjudicial en potencia para los menores no acompañados,
más aún que para los adultos o los niños
acompañados por otros miembros de la familia. En noviembre
de 1990 había 5.000 menores no acompañados en la
región en espera de una decisión, y los procedimientos
especiales suscitaban intensas críticas. Más de
una ONG acusó al ACNUR de parcialidad en favor de la repatriación
y de causar retrasos injustificados como medio para alcanzar ese
objetivo.
Los menores no acompañados que fueron recomendados
para el reasentamiento en el proceso de determinación de
su estatuto (casi un tercio de los afectados) pasaron a comenzar
una nueva vida. Los recomendados para la repatriación permanecieron
en su mayoría en los campamentos. En realidad, los procedimientos
especiales significaron que muchos menores estuvieron esperando
más tiempo que cualquier otra persona. A finales de 1993,
más de 2.600 menores que habían llegado a los campamentos
cuando tenían menos de 16 años habían «superado
la edad», lo que los incluía en los procedimientos
normales para la determinación del estatuto establecidos
para los adultos.