5.2 Los refugiados mozambiqueños: el impacto sobre los
países de acogida
Durante gran parte de la década
de 1980, los mozambiqueños, que huyeron de su país
en el curso de una guerra devastadora que comenzó en 1976
y que no finalizó hasta 1992, representaron la tercera
población de refugiados del mundo, detrás de palestinos
y afganos. Las consecuencias para los países vecinos que
recibieron a la inmensa mayoría de estos refugiados fueron
mucho más allá de las derivadas de proporcionarles
protección.
El conflicto mozambiqueño se inició
poco después de que el país obtuvo la independencia
en 1975. Cuando Portugal abandonó apresuradamente sus colonias
africanas tras la caída del régimen militar de Lisboa,
en Mozambique se hizo cargo del poder el Frente de Liberación
de Mozambique (Frente de Libertação de Moçambique,
Frelimo), que libraba una guerra de guerrillas de baja intensidad
contra los portugueses desde 1964. El conflicto enfrentaba a este
gobierno del Frelimo con la Resistencia Nacional de Mozambique
(Resistência Nacional Moçambicana, Renamo),
grupo rebelde creado y apoyado por los gobiernos minoritarios
blancos de Rhodesia y Sudáfrica.
Durante esta guerra, las fuerzas de la Renamo
recurrieron cada vez más a tácticas despiadadas
para controlar a la población en las zonas donde actuaban.
A donde quiera que iban, aterrorizaban a la gente con homicidios,
mutilaciones, violaciones y saqueos sistemáticos. A medida
que ampliaban las zonas que controlaban, fue aumentando el número
de mozambiqueños que huían. Por su parte, las fuerzas
del Frelimo también recurrieron a medidas cada vez más
brutales, lo que permitió que la Renamo obtuviera cierto
apoyo popular.
La crisis de los refugiados alcanzó su
punto culminante en 1992, cuando cerca de 1,7 millones de mozambiqueños
se habían refugiado en los países vecinos, y al
menos el doble eran desplazados internos. Algunas de las zonas
abandonadas por quienes se convirtieron en refugiados quedaron
prácticamente vacías. Por ejemplo, en varios distritos
de la provincia mozambiqueña de Tete, huyó hasta
el 90 por ciento de los habitantes. El conflicto, además
de forzar el éxodo de alrededor de 5,7 millones de personas
en total, se cobró, entre 1976 y 1992, la vida de más
de un millón de mozambiqueños y dejó huérfanos
a cientos de miles de niños.
Pero los mozambiqueños no fueron los únicos
que sufrieron las consecuencias del conflicto. Los habitantes
de los países limítrofes, que tuvieron que compartir
con los refugiados sus escasos recursos, servicios sociales, y
a veces hasta sus tierras, también se vieron afectados.
Estos países de acogida fueron Malaui, Sudáfrica,
Suazilandia, la República Unida de Tanzania, Zambia y Zimbabue.
Malaui abre sus puertas
El más afectado de estos países
fue, con diferencia, Malaui, un país pequeño, empobrecido
y densamente poblado que acogió a la mayor parte de quienes
huyeron de Mozambique. En el punto álgido del éxodo
tenía a no menos de 1,1 millones de refugiados, lo que
equivalía al 10 por ciento de la población de Malaui.
Malaui no estaba preparado para hacer frente
a una afluencia importante de refugiados. A mediados de la década
de 1980, era el sexto país más pobre del mundo y
uno de los menos desarrollados de África. El 50 por ciento
de su población infantil sufría desnutrición
y su tasa de mortandad infantil era la más elevada del
mundo. Aunque en algunas zonas los refugiados llegaron a alcanzar
incluso una proporción de tres a dos respecto de los habitantes
locales, rara vez flaqueó la acogida que les dispensaron.
Muchos de los primeros refugiados, que eran étnicamente
similares a los malauis, se establecieron junto con la población
local. Algunos pudieron obtener tierras para labrar, aunque otros
dependieron de la ayuda internacional.
Durante los primeros diez años del conflicto
de Mozambique, el gobierno de Malaui, que proporcionaba apoyo
encubierto a la Renamo, se opuso a que los refugiados recibieran
ayuda internacional e intentó atender a sus necesidades
con las estructuras y servicios existentes, proporcionándoles
acceso a las clínicas y a los hospitales locales, así
como a sus limitados servicios sociales. Después, en 1986,
el mismo año en que cedió a la presión de
los gobiernos de los países vecinos para que pusiera fin
a su apoyo a la Renamo, Malaui reconoció su incapacidad
para hacer frente a la afluencia de refugiados y pidió
ayuda al ACNUR.
Inicialmente, el ACNUR trató de potenciar
los esfuerzos del gobierno por facilitar ayuda a los refugiados
por medio de los mecanismos existentes. El Programa Mundial de
Alimentos (PMA) de la ONU facilitó ayuda alimentaria. Sin
embargo, ni siquiera con esta contribución pudieron las
instituciones locales comenzar a satisfacer adecuadamente las
necesidades tanto de los habitantes locales como de los refugiados.
Cuando el número de éstos se multiplicó en
1987, Malaui pidió al ACNUR que estableciera campamentos
para los refugiados y ordenó a todos los refugiados que
llegaron a partir de entonces que se trasladaran a ellos. El gobierno
también prohibió a sus ciudadanos que proporcionaran
tierras de cultivo a los refugiados. Finalmente, más de
dos tercios de los 1,1 millones de refugiados que huyeron a Malaui
se establecieron en los campamentos.
Aunque el alojamiento de los refugiados en campamentos
facilitó la asistencia que les prestaban el ACNUR, el PMA
y otras organizaciones, proporcionarles siquiera la atención
y el mantenimiento básicos siguió siendo una tarea
de enormes proporciones. Malaui, sin salida al mar, tenía
un precario sistema de carreteras, y los camiones escaseaban.
Muchos de los campamentos estaban situados en zonas a las que
sólo se podía acceder por caminos de tierra en los
que no podían circular vehículos pesados. El tráfico
de éstos causó enormes daños en carreteras
y puentes. Las organizaciones de ayuda de emergencia alquilaron
muchos de los camiones disponibles en Malaui para el reparto de
alimentos, lo que dificultó el transporte de sus productos
a los agricultores y comerciantes locales. El ACNUR y el PMA tuvieron
problemas para mantener reservas temporales debido a la precariedad
del sistema de transporte y a la ausencia de lugares de almacenamiento
suficientes. Como resultado, se produjeron interrupciones en el
suministro de alimentos y un alarmante aumento de los índices
de desnutrición entre los refugiados.
Aunque la mayoría de éstos no tenía acceso
a la tierra, encontraron medios para generar ingresos. Más
del 90 por ciento de los refugiados participaba en actividades
económicas como la fabricación y venta de vasijas,
el molido de maíz, la cría y venta de animales domésticos
y la fabricación de cerveza. Muchos vendían o intercambiaban
además sus raciones para obtener otros artículos
de primera necesidad, como carne, verduras frescas y jabón.
Los refugiados más pobres, algunos de los cuales ni siquiera
tenían cartillas de racionamiento, sobrevivían cortando
leña. La tala de árboles a gran escala en Malaui
provocó una deforestación tan grande que el medio
ambiente de este país sigue sufriendo sus consecuencias
negativas.
La ausencia de conflictos abiertos entre los
habitantes locales y los refugiados fue notable, teniendo en cuenta
todo el tiempo que los segundos permanecieron en el país
y su gran número. Sin embargo, en 1992, la larga estancia
de los refugiados en Malaui había comenzado a tensar las
relaciones con la población local. Los problemas se debían,
principalmente, a la repercusión de su presencia sobre
la economía, a consecuencias medioambientales como la deforestación,
a la delincuencia y a otros problemas sociales. La sequía
que sufrió la región en 1992 y principios de 1993
agravó la situación. Aunque la ayuda humanitaria
destinada a los refugiados se distribuyó también
entre los habitantes locales afectados por la sequía, aumentaron
los robos en los almacenes y centros de distribución de
alimentos. En algunos campamentos de refugiados se secaron los
pozos, lo que provocó problemas sanitarios y un brote de
cólera que se propagó entre la población
local.
El precio oculto
Estas consecuencias representan el precio oculto
que pagan los países que acogen a grandes poblaciones de
refugiados, especialmente cuando estos países se encuentran
entre los más pobres del mundo. Los refugiados pueden tener
un impacto positivo en los países de acogida, pero en algunos
casos su presencia tiene también consecuencias negativas
de gran alcance que pueden afectar a la economía y al medio
ambiente locales, así como al equilibrio social y político.
También pueden tener repercusiones graves sobre la paz
y la seguridad nacional, regional o internacional.
Por otro lado, los esfuerzos de desarrollo en
los países de acogida pueden verse minados y distorsionados,
pues la presencia de refugiados ejerce una gran presión
sobre los suministros y servicios locales. A menudo las autoridades
del país de acogida se ven obligadas a desviar fondos de
proyectos generales de desarrollo para satisfacer las necesidades
inmediatas de los refugiados en cuanto a alimentos, alojamiento
y seguridad. En Malaui, un estudio patrocinado por el Banco Mundial
concluyó que, incluso teniendo en cuenta la ayuda internacional
facilitada por medio del ACNUR, entre 1988 y 1990 se habían
dedicado alrededor de 25 millones de dólares de EE UU a
asistencia para los refugiados, cantidad que se había desviado
de otros proyectos.