6 . 1 La protección de los refugiados
menores de edad
La guerra y el desplazamiento rompe las estructuras
sociales normales y los niños pertenecen a menudo al grupo
de afectados que más sufren. Por esta razón, los menores
siempre han sido motivo de especial preocupación para el
ACNUR y para otras organizaciones humanitarias que trabajan en situaciones
de emergencia. Cerca de la mitad de los refugiados y de las demás
personas a las que ha asistido el ACNUR en sus 50 años de
historia eran menores de 18 años.
Entre los menores más vulnerables
figuran los huérfanos y los que están separados de
sus familias. Ante la guerra, algunas familias envían a sus
hijos a países lejanos para protegerlos. En ciertos casos,
se aleja a los menores para eludir el servicio militar obligatorio,
para que reciban una buena educación o para que pidan asilo
político y preparen así el camino a otros familiares
que se reunirán con ellos más tarde (véase
recuadro 4.4). Como consecuencia, estos niños corren muchas
veces un riesgo mayor de convertirse en víctimas de agresión
y de explotación.
La vida de estos menores suele
interrumpirse en una etapa crucial de su desarrollo físico.
La precariedad de la higiene y de los alimentos durante el período
de desplazamiento tiene normalmente un efecto devastador sobre los
índices de mortandad de los muy jóvenes. Los asentamientos
para refugiados, construidos apresuradamente y superpoblados, ofrecen
más amenazas para su salud. En su condición de refugiados,
lo más habitual es que los niños de más edad
se vean obligados a asumir responsabilidades adicionales en la familia,
convirtiéndose en su sostén económico o en
cuidadores de los adultos incapacitados o de sus hermanos menores.
Al mismo tiempo, siguen desarrollando su identidad y su capacidad
de aprendizaje, aunque han de hacerlo lejos de sus comunidades de
origen y separados de su cultura familiar.
No menos de 300.000 menores de
18 años —algunos incluso de sólo siete u ocho
años de edad— participan directamente en conflictos
de todo el mundo. Algunos son voluntarios, pero en países
como Afganistán y Sri Lanka, así como en varias naciones
de África, los menores son obligados a tomar las armas. Los
niños refugiados corren un riesgo especial de ser víctimas
de este reclutamiento forzado, pues los grupos armados suelen utilizar
a los menores como porteadores, cocineros, mensajeros, informadores
o soldados de infantería.
Es frecuente que la participación
de niños y adolescentes en los programas de educación
se vea interrumpida tras el desplazamiento. En una situación
de emergencia, las necesidades educativas de los refugiados menores
de edad no suelen tener gran prioridad, y podrían resentirse
debido a la limitación de recursos. La educación y
la formación profesional son cruciales para niños
y adolescentes, al proporcionarles los conocimientos necesarios
para tener una vida independiente y productiva. También constituyen
un importante mecanismo de protección frente al reclutamiento
forzado en las fuerzas armadas y otras formas de explotación.
El reconocimiento de las
necesidades de los menores
La Convención de la ONU sobre
los Derechos del Niño de 1989, posiblemente el más
completo de todos los tratados internacionales de derechos humanos,
ha sido firmada y ratificada por todos los Estados miembros de la
ONU salvo los Estados Unidos y Somalia. A los efectos de la Convención,
se entiende por niño «todo ser humano menor de dieciocho
años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea aplicable,
haya alcanzado antes la mayoría de edad» (artículo
1). Sin embargo, el artículo 38 establece la edad mínima
de 15 años para el reclutamiento en las fuerzas armadas.
Un protocolo facultativo actualmente en negociación eleva
a 18 años la edad mínima para el reclutamiento obligatorio
en las fuerzas armadas y prohíbe su participación
en las hostilidades. La Carta Africana sobre los Derechos y el Bienestar
del Niño Africano, de 1990, que entró en vigor a finales
de 1999, ya establece la edad de 18 años como edad mínima
para el reclutamiento y para la participación en las hostilidades.
La protección de los niños
en las sociedades devastadas por la guerra ocupa desde hace unos
años un lugar destacado en la agenda de la ONU. En 1994,
el Secretario General de la ONU encargó a Graça Machel,
viuda del presidente de Mozambique Samora Machel, que realizase
un estudio sobre la repercusión de los conflictos armados
sobre la infancia, y en 1997, nombró un Representante Especial
para la Infancia y los Conflictos Armados. Otros organismos internacionales
han tratado recientemente de proteger a los menores de los efectos
de los conflictos armados. El Estatuto de Roma de la Corte Penal
Internacional, de 1998, considera crimen de guerra reclutar o alistar
a niños menores de 15 años en las fuerzas armadas
nacionales o utilizarlos para participar activamente en las hostilidades.
En junio de 1999, la Organización Internacional del Trabajo
aprobó el Convenio nº. 182, sobre la Prohibición
de las Peores Formas de Trabajo Infantil y la Acción Inmediata
para su Eliminación, que incluye la prohibición del
reclutamiento forzado u obligatorio de niños para su utilización
en conflictos armados. Más recientemente, el Secretario General
de la ONU elevó a 18 años la edad mínima para
los participantes en las operaciones de mantenimiento de la paz
de la ONU.
Entre las organizaciones de la
ONU, el Fondo de la Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) tiene
la responsabilidad principal de asistir a los niños. Al abordar
las necesidades especiales de los desplazados y refugiados menores
de edad, el ACNUR actúa en estrecha cooperación con
el UNICEF, la UNESCO y otras organizaciones especializadas, como
la Alianza Internacional Salvemos a los Niños. Los principales
motivos de preocupación del ACNUR incluyen la salud infantil,
las necesidades especiales de los adolescentes y de los menores
separados, la prevención de la explotación sexual,
la prevención del reclutamiento en las fuerzas armadas, y
la educación para niños y niñas. Aunque los
menores constituyen una categoría que preocupa especialmente
al ACNUR, los programas destinados a asistirlos y protegerlos sólo
serán eficaces si se llevan a cabo como parte de programas
más amplios encaminados a abordar las necesidades de familias
y sociedades en su conjunto.