LA SITUACIÓN DE LOS REFUGIADOS
EN EL MUNDO 2000
Cincuenta años de acción humanitaria

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A N T I G U A   R E G I Ó N   S O V I É T I C A |


8 . 3 Ataques armados contra el personal humanitario


Los peligros a que se enfrenta el personal humanitario no son nuevos. En julio de 1964, François Preziosi, un funcionario del El ACNUR que trabajaba en los campamentos de refugiados ruandeses en lo que entonces era la República del Congo, describió algunos de esos peligros en uno de sus informes de campo: «Si parece que asumo riesgos al ir con frecuencia a las primeras líneas, no es por simple curiosidad, sino para poder, cuando llegue el momento, intervenir para tratar de impedir cualquier acción desconsiderada contra los refugiados tanto sobre el terreno como en los centros de reasentamiento. Para que eso sea posible tengo que llegar a ser una presencia familiar para los oficiales y los soldados, y por tanto visitarlos con frecuencia».iv Seis semanas después, el 18 de agosto de 1964, Preziosi y un funcionario que trabajaba para la Organización Internacional del Trabajo fueron asesinados en el campamento de refugiados de Mwamba, en la zona de Kivu, en el este del Congo, mientras intentaba proteger a los refugiados ruandeses.

El personal humanitario ha tenido que trabajar con frecuencia en situaciones que ponían en peligro su vida en todo el mundo. Hasta el fin de la Guerra Fría, sin embargo, el ACNUR y la mayoría de las organizaciones humanitarias evitaron en gran medida actuar dentro de zonas de guerra activas. Sólo el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y un puñado de organizaciones no gubernamentales (ONG), como Médicos sin Fronteras, operaban habitualmente en medio del conflicto.

Aumento de los peligros

En la década de 1990, las organizaciones humanitarias —incluido el ACNUR— han incrementado gradualmente sus actividades en situaciones de conflicto armado en curso, y el número de trabajadores humanitarios que han resultado heridos o que han perdido la vida en el cumplimiento de su deber ha crecido en consecuencia. En muchos casos, los trabajadores humanitarios son víctimas de minas terrestres o sufren la amenaza de ataques indiscriminados contra zonas civiles. En la guerra de Bosnia y Herzegovina, por ejemplo, más de 40 trabajadores humanitarios de distintas organizaciones perdieron la vida y muchos otros resultaron heridos por bombardeos o disparos de francotiradores, en particular en Sarajevo, donde a comienzos de 1994 la ciudad era el blanco de 1.200 obuses diarios.v En aquellas fechas, y por primera vez en su historia, el ACNUR utilizó rutinariamente vehículos blindados y se equipó con chalecos antibalas a sus trabajadores.

Las organizaciones humanitarias que operan en situaciones de conflicto han procurado distinguirse usando vehículos blancos, marcados claramente con banderas y logotipos, para evitar ser atacados. Pero en muchos casos esta táctica no ha reportado una protección suficiente. En lugares de violencia aleatoria, donde reina la criminalidad, donde los caudillos militares y los comandantes locales no rinden cuentas ante nadie salvo ante ellos mismos, donde los puestos de control están guarnecidos por soldados ebrios o por niños soldados que portan fusiles que les superan en altura, nadie está a salvo. Por el contrario, las organizaciones de ayuda, con sus relucientes vehículos blancos de tracción a las cuatro ruedas, repletos de antenas de radio y otros accesorios sofisticados y costosos, constituyen con frecuencia excelentes objetivos.vi

Pero el personal humanitario no sólo está expuesto a la criminalidad y a la violencia aleatoria. La presencia de organizaciones humanitarias molesta a menudo a una o más de las partes en guerra, y esta hostilidad puede convertirse en una clase particular de amenaza. Las partes en guerra consideran a menudo que las operaciones de asistencia en situaciones de conflicto armado en curso representan obstáculos para sus objetivos militares, políticos o estratégicos. El personal humanitario puede ser sospechoso de pasar información secreta o confidencial, o pueden convertirse en testigos no deseados de crímenes que las partes en guerra desearían ocultar. A veces los combatientes tratan de eliminar o disuadir a testigos reales o posibles de abusos contra los derechos humanos y otras violaciones del derecho internacional creando un entorno en el que no sean seguras las actividades del personal humanitario. Las organizaciones que operan en ambos lados de un frente pueden importunar también por proporcionar asistencia al «enemigo». En muchas situaciones, el personal humanitario reclutado en la zona corre más peligro si cabe que el personal internacional, en gran parte por sus vinculaciones locales, religiosas o étnicas.

Ataques directos

Los ataques contra personal el humanitario se han convertido en hechos inquietantes por lo habitual. En febrero de 1993, Reinout Wanrooy, un funcionario del ACNUR que trabajaba en Afganistán, viajaba por la carretera de Peshawar a Jalalabad con dos colegas de la ONU y dos conductores afganos. Cuando estaban cerca de Jalalabad, tres hombres armados no identificados que iban a bordo de una camioneta los adelantaron y comenzaron a disparar contra los dos vehículos de la ONU claramente identificados. Después de obligar a los automóviles de la ONU a detenerse, los pistoleros echaron pie a tierra y abrieron fuego contra sus víctimas a quemarropa. Tres hombres murieron en el acto y uno de los conductores afganos quedó herido de muerte y falleció después en un hospital. Wanrooy logró escapar saltando del automóvil y corriendo lo más rápido que pudo, esquivando una lluvia de disparos.

Numerosos trabajadores de ayuda, de diferentes organizaciones, han perdido la vida en situaciones semejantes. Sólo en la región de los Grandes Lagos de África, al menos 23 personas que trabajaban para la Cruz Roja han perdido la vida desde 1996. El brutal asesinato de seis trabajadores del CICR en Chechenia en diciembre de 1996 fue especialmente alarmante. Médicos y enfermeras en su mayoría, todos fueron asesinados mientras yacían en sus camas del hospital en el que trabajaban. En Burundi, en el mismo año, tres trabajadores del CICR fueron asesinados en otro escalofriante ataque premeditado. Docenas de trabajadores de ayuda han perdido la vida en ataques directos, atrapados en el fuego cruzado de armas de bajo calibre o de bombardeos indiscriminados, en aviones que han sido derribados o a causa de las minas terrestres. Muchos más han resultado heridos o han sufrido, y continúan sufriendo, los efectos del trauma.

Los trabajadores de ayuda también han sido tomados con creciente frecuencia como rehenes. Una de esas víctimas fue Vincent Cochetel, jefe de la oficina del ACNUR en Vladikavkaz, Rusia, que supervisaba un programa de ayuda a decenas de miles de personas desplazadas por los conflictos de Chechenia, Osetia e Ingushetia. En enero de 1998, al abrir la puerta de su apartamento en un séptimo piso, tres pistoleros enmascarados le obligaron a arrodillarse en el suelo y le pusieron un arma en el cuello. Durante los 317 días siguientes estuvo prisionero en Chechenia en condiciones atroces. Estuvo metido durante tres días en el maletero de un automóvil, fue golpeado a menudo, estuvo esposado en sótanos y fue sometido a simulacros de ejecución, antes de ser puesto en libertad finalmente en Chechenia.

Entre el 1 de enero de 1992 y el 31 de diciembre de 1999, 184 trabajadores internacionales y locales de la ONU perdieron la vida en el cumplimiento de su deber. La mayoría participaba en operaciones humanitarias. Durante el mismo período hubo más de 60 episodios de toma de rehenes de empleados de la ONU, que en más de la mitad de los casos afectaron a personal humanitario. Desde el comienzo de la década de 1990, 15 trabajadores del ACNUR han muerto víctimas de ataques armados deliberados y premeditados; algunos murieron por disparos en la cabeza efectuados a corta distancia. Si se tienen en cuenta también las muertes y las heridas sufridas por el personal de las ONG, estas desalentadoras estadísticas son notablemente más altas.

Medidas de seguridad

Antes del conflicto en la antigua Yugoslavia, en el ACNUR trabajaba una sola persona, a tiempo parcial, con la función de asesorar sobre cuestiones relacionadas con la seguridad del personal. En 1992, el ACNUR puso en marcha un sistema de seguridad completamente nuevo, que implicó la contratación de asesores especializados en seguridad, un programa de formación para el personal y la mejora de la coordinación con las Naciones Unidas y con las ONG. Al terminar la década trabajaban para el ACNUR 21 asesores de seguridad sobre el terreno en 15 países de África, Asia y Europa. Estos funcionarios de seguridad proporcionan apoyo y asesoramiento al personal del ACNUR en cuestiones de seguridad, supervisan la situación de seguridad local, se coordinan con las autoridades locales pertinentes, otros organismos de la ONU, ONG y embajadas e imparten formación sobre el terreno acerca de cómo reducir al mínimo los riesgos y responder a las amenazas y los ataques.

En lugares como el norte de Iraq, Somalia, los Balcanes, Timor Oriental y Liberia, se han desplegado fuerzas de paz de la ONU y otras fuerzas de seguridad internacionales o regional para reforzar la seguridad del personal humanitario y mejorar el acceso a poblaciones vulnerables. Escoltan los convoyes de ayuda de emergencia, eliminan las minas terrestres, rehabilitan carreteras y puentes y gestionan aeropuertos. En muchos otros lugares, sin embargo, los gobiernos se han mostrado menos dispuestos a asignar tropas u otros recursos a la mejora de la seguridad del personal humanitario. En algunos de los lugares más peligrosos del mundo, lejos de la atención de los medios de comunicación internacionales, muchos trabajadores humanitarios desarmados continúan trabajando solos, poniendo en peligro su vida para tratar de proteger y ayudar a los demás.

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