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Gonzalo
Vargas Llosa representante
del ACNUR en Panama
El
incremento aparentemente imparable de la migración que hemos visto
en esta última década no solamente en Europa sino también
en otros continentes —incluyendo el americano— desgraciadamente
ha incentivado la xenofobia en muchos países, especialmente entre
los sectores mas “afectados” de la sociedad. Y Panamá,
donde se calcula que pueden haber por lo menos 60,000 colombianos indocumentados
viviendo en la capital y otros centros urbanos, no es ninguna excepción
en este sentido. Para algunos panameños esta ola de migración
proveniente del vecino “inestable” no solamente pone en riesgo
la economía sino la misma soberanía de Panamá, un
país pequeño y con apenas tres millones de habitantes –
y que además fue parte de Colombia hasta 1903. He escuchado a algunos
panameños decir que la única manera de asegurar la supervivencia
de su país a largo plazo es cerrándole las puertas a los
extranjeros, y a los colombianos en especial.
Sin
duda, ésta es una teoría (y una visión) muy deprimente.
Afortunadamente, en Panamá, como en muchos otros lugares —incluyendo
mi país, el Perú—, la realidad contradice radicalmente
el tipo de retórica con la que uno a veces se topa. En efecto,
las pequeñas comunidades de Jaqué, el Tuira y Puerto Obaldía
en el Darién, en la frontera entre Panamá y Colombia, son
una prueba viviente —y emocionante— de la hospitalidad local,
de una actitud de brazos abiertos y de la coexistencia pacífica
entre vecinos. Estas tres regiones en Panamá albergan a más
de 800 colombianos que llegaron allí desde 1996-97 huyendo del
conflicto. Aunque en un principio el gobierno les permitió la entrada
por un tiempo limitado —bajo un régimen de refugio humanitario
temporal— el hecho de que la violencia en Colombia no haya parado
desde entonces significa que en la práctica han permanecido en
el Darién muchos años. Y, durante este período, han
logrado integrarse a tal punto en las comunidades receptoras que, hoy
en día, es casi imposible diferenciar entre las dos. Cabe recalcar
por ejemplo que más de la mitad de los colombianos se han casado
o emparejado con panameños o panameñas, con quienes han
tenido hijos nacidos en el Darién. En la práctica, por ende,
éstas se han convertido en comunidades colombo-panameñas,
en donde el concepto tradicional de fronteras ha dejado casi de existir.
No
son tan sólo los vínculos familiares e históricos
lo que explica porqué los panameños en Jaqué, el
Tuira y Puerto Obaldía han recibido tan bien a los colombianos.
El hecho es que, a pesar de que hasta ahora a los colombianos se les restringe
el derecho a trabajar y a circular libremente, estos individuos, con su
entusiasmo y tenacidad, han logrado contribuir de una manera importante
a la economía (muy pobre) del Darién, y sobre todo en lo
que respecta al comercio. Es más, la presencia de estos refugiados
a lo largo de estos años ha generado un apoyo vital de la comunidad
internacional, por medio del ACNUR, en términos de ayuda humanitaria
y proyectos de infraestructura comunitaria y generación de ingresos,
que por supuesto benefician también a la población local
panameña. Y esto en una región que nunca ha sido una prioridad
para ningún gobierno y que por ende siempre ha recibido muy poca
inversión estatal. Los panameños que viven en estas comunidades
fronterizas tan aisladas son muy conscientes que en gran parte su propio
bienestar —y hasta su supervivencia— dependen de que esta
ayuda multilateral continúe. Tanto es así que son estos
mismos panameños los primeros que se han opuesto en el pasado a
cualquier intento por regresar a los colombianos a su “antiguo”
hogar (consideran el Darién su “nuevo” hogar). Un hecho
muy alentador en esta época marcada por un nacionalismo galopante
en muchos rincones del mundo.
Recientemente,
el Gobierno de Panamá, reconociendo el proceso de integración
que se ha llevado a cabo en la práctica en el Darién desde
que llegaron los colombianos en 1996/97, ha expresado su voluntad de comenzar
a regularizar su estatus legal, en base a un exámen individual
(es decir, caso por caso). Muchos panameños en Jaqué, el
Tuira y Puerto Obaldía están muy ansiosos por ver cómo
y cuándo se materializa este plan, que sin duda tendrá un
impacto enorme en sus vidas y su futuro.
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