¿UN PRECIO DEMASIADO ALTO?
La vida es cada vez más peligrosa para refugiados y trabajadores
humanitarios por igual

Número 109• 2000
ARTÍCULOS

NOTA


Editorial

La desaparición del «escudo invisible»

Ayudar a los demás es un trabajo que siempre implica peligro. Sin embargo, durante años, la gran mayoría de los trabajadores humanitarios parecía estar protegida de los riesgos intrínsecos de su profesión casi por un escudo invisible.

Efectivamente, existía un acuerdo tácito entre los bandos beligerantes en todo el mundo para que, mientras ellos se disparaban entre sí, los trabajadores humanitarios pudieran proseguir su trabajo con una cierta seguridad entre el retumbar de los cañones, ayudando a las desventuradas víctimas civiles. Hay casi un aire de inocencia, una nota de caballerosidad en aquel período inicial.

Trabajadores humanitarios realizan un entrenamiento de seguridad en Dinamarca.
ACNUR/R. WILKINSON.
La situación cambió dramáticamente con el final de la guerra fría, en un momento en que el mundo esperaba una era de mayores libertades personales y progreso social. Como se vio después, el empate técnico entre las superpotencias fue sustituido por una serie de sórdidos conflictos étnicos, religiosos y de otro tipo. Las antiguas reglas del juego fueron arrojadas por la borda por grupos sin el menor respeto por los acuerdos existentes.

Los civiles se convirtieron en objetivos intencionados del terror o en peones humanos de un tablero de juego político. Los funcionarios humanitarios empezaron a ser vistos como «aliados» y «espías» de la facción enemiga y, como tales, objetivos políticos, militares o materiales.

Los países y organizaciones más directamente involucrados eran conscientes del deterioro de la situación, pero durante años se vivió en un régimen de autonegación: esto no puede estar ocurriendo de verdad, esta atrocidad es algo aislado, las cosas mejorarán…

Sólo ahora, cuando el número de víctimas entre personas desplazadas y funcionarios humanitarios ha aumentado de forma alarmante, la mayor parte de la comunidad internacional empieza a tomarse en serio cómo corregir la situación.

El ACNUR y las agencias privadas han comenzado a hacer reajustes en sus operaciones sobre el terreno. El Secretario General de la ONU, Kofi Annan, ha reclamado un fuerte aumento de los fondos para los programas de seguridad global y ha declarado que ésta no es un «lujo», sino una pieza necesaria para seguir con el trabajo de salvar vidas.

Pero incluso si dichas medidas se ponen en marcha serán sólo los primeros pasos provisionales hacia la reorganización del panorama humanitario a nivel global.

Es preciso abordar cuestiones más complejas ¿Cómo se puede proteger a los millones de desplazados internos de todo el mundo, que actualmente sólo gozan de una mínima protección, de forma más efectiva? ¿Qué ocurre con los empleados locales de las organizaciones humanitarias, que suelen encargarse de los trabajos más arriesgados pero que reciben una mínima ayuda en situaciones de peligro? ¿Deben las agencias humanitarias trabajar con las organizaciones militares, comprometiendo tal vez su neutralidad y seguridad, a cambio de un apoyo logístico vital?

Los refugiados necesitan más ayuda que nunca justo en un momento en que los funcionarios humanitarios se exponen a mayores peligros personales. A menos que se solucionen muchos de los problemas recién expuestos, las operaciones de las agencias humanitarias se verán afectadas y millones de personas desplazadas no recibirán la ayuda que merecen.