“ESTAMOS CASI AL LÍMITE”
«Yogolero fue el primero en salir del coche, mostrando un pañuelo blanco. Les explicó que los pasajeros del vehículo habían venido a ayudar a los refugiados. La multitud le ordenó callar. Cinco congoleños registraron el coche. Otros dos registraron a Preziosi y al segundo funcionario de la ONU, Plicque.» «La multitud empezó a golpearlos con todo tipo de armas, sobre todo con machetes. Plicque gritó: «Sólo hemos venido para ayudaros.» Yogolero, aprovechando que nadie le prestaba atención, se alejó… pero un rebelde le hirió el antebrazo izquierdo con un machete. Mientras huía coriendo, vio a un congoleño apuntándole con su subfusil. Disparó 12 veces.» El conductor consiguió escapar, pero los dos europeos fueron asesinados. Aquel incidente tuvo lugar en agosto de 1964 y Preziosi se convirtió en la primera víctima destacada de una organización que había sido creada 14 años antes para ayudar a los refugiados del mundo. Su asesinato ponía de manifiesto lo extremadamente frágil y contradictorio del entorno en que trabajaban los funcionarios de ayuda humanitaria, ya incluso en aquellos primeros días. La seguridad de todos los trabajadores humanitarios —el personal de las Naciones Unidas y la Cruz Roja y los profesionales del sector privado, las organizaciones no gubernamentales— dependía principalmente del acuerdo, a menudo tácito y no verbal, entre los grupos involucrados en un conflicto de respetar su neutralidad. Ahora bien, la decisión de cualquier bando de ignorar este acuerdo podía precipitar a los civiles hacia los peligros más graves. Durante un tiempo al menos, la muerte de Preziosi y Plicque pareció la excepción que confirma la regla. Ese código de protección siguió funcionando en general a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, aun cuando el número de refugiados y de personas desplazadas se incrementó desde el millón de personas hasta decenas de millones. EL ACUERDO SE DESHACE Irónicamente, el acuerdo empezó a resquebrajarse en un momento en que el mundo esperaba lo que más tarde demostró ser un falso renacer de la esperanza. En la época de la rivalidad de las superpotencias, la pesadilla mundial se centraba en la amenaza de un holocausto nuclear. Los problemas de los pequeños estados se mantenían a raya de algún modo. Cuando finalizó la guerra fría y desapareció la amenaza de una conflagración nuclear, algunos hombres de estado predijeron una era ininterrumpida de paz y prosperidad económica.
El número de organizaciones privadas de ayuda humanitaria proliferó. Trabajaban en algunos de los lugares más arriesgados y remotos, muchas veces sin la protección que las grandes organizaciones internacionales proporcionan a sus empleados, convirtiéndose en nuevos objetivos de provecho. El Comité Internacional de la Cruz Roja había estado operando en zonas difíciles en guerra durante muchos años, pero también esta agencia notó el deterioro de las condiciones y el hecho de que sus trabajadores eran, cada vez más, el blanco de ataques intencionados. Por supuesto, la comunidad internacional todavía era bienvenida a las zonas en crisis, aunque a menudo por la razón equivocada. Las agencias de ayuda humanitaria eran las únicas que podían asistir a las cientos de miles de personas desplazadas. Pero éstas —y sus suministros, como vehículos, alimentos y equipos de radio— se convirtieron gradualmente en lucrativos botines. Describiendo la provocación de adolescentes armados durante una operación, un funcionario de ayuda dijo una frase memorable: «El rifle AK47 es su versión de la tarjeta de crédito. Pueden conseguir lo que quieran con él y no vacilan en hacerlo.» |
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