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“ESTAMOS CASI AL LÍMITE”

Tras una nueva oleada de asesinatos, el mundo humanitario agoniza por el precio que debe pagar para ayudar a los necesitados del mundo


Por Ray Wilkinson

El debate internacional se ha centrado recientemente en la seguridad de los trabajadores humanitarios. Pero, cada vez más, refugiados como estos ruandeses junto a la ciudad zaireña de Kisangani en 1997, se convierten en objetivo intencionado de las facciones en lucha.
© S . SALGADO

La situación era tensa junto a la ciudad congoleña oriental de Bukavu cuando François Preziosi y un compañero de las Naciones Unidas partieron a visitar a los refugiados de la región. Preziosi, el director italiano de la oficina local del ACNUR, estaba ansioso por suavizar las tensiones entre las autoridades y sus «administrados» ruandeses.

Incluso cuando el conductor local advirtió la presencia de hombres escondidos en la maleza con armas automáticas y machetes, los funcionarios de la ONU parecieron sentirse seguros, pensando que su condición de trabajadores humanitarios les protegía frente a cualquier incidente.

Después de todo, los funcionarios de ayuda humanitaria llevaban años desarrollando su labor en los lugares más problemáticos del mundo y, con frecuencia, un acuerdo implícito entre las facciones contendientes les había evitado cualquier daño.

Un telegrama oficial, basado en la declaración de un testigo presencial, el conductor Yogolero Georges Corneille, describe lo que ocurrió a continuación: «Un poco más adelante, una multitud de congoleños y refugiados tutsis detuvo el coche. Nos rodeaban por todas partes. Los congoleños tenían armas automáticas, los refugiados machetes y lanzas. La multitud empezó a chillar.»

«Yogolero fue el primero en salir del coche, mostrando un pañuelo blanco. Les explicó que los pasajeros del vehículo habían venido a ayudar a los refugiados. La multitud le ordenó callar. Cinco congoleños registraron el coche. Otros dos registraron a Preziosi y al segundo funcionario de la ONU, Plicque.»

«La multitud empezó a golpearlos con todo tipo de armas, sobre todo con machetes. Plicque gritó: «Sólo hemos venido para ayudaros.» Yogolero, aprovechando que nadie le prestaba atención, se alejó… pero un rebelde le hirió el antebrazo izquierdo con un machete. Mientras huía coriendo, vio a un congoleño apuntándole con su subfusil. Disparó 12 veces.» El conductor consiguió escapar, pero los dos europeos fueron asesinados.

Aquel incidente tuvo lugar en agosto de 1964 y Preziosi se convirtió en la primera víctima destacada de una organización que había sido creada 14 años antes para ayudar a los refugiados del mundo. Su asesinato ponía de manifiesto lo extremadamente frágil y contradictorio del entorno en que trabajaban los funcionarios de ayuda humanitaria, ya incluso en aquellos primeros días.

La seguridad de todos los trabajadores humanitarios —el personal de las Naciones Unidas y la Cruz Roja y los profesionales del sector privado, las organizaciones no gubernamentales— dependía principalmente del acuerdo, a menudo tácito y no verbal, entre los grupos involucrados en un conflicto de respetar su neutralidad. Ahora bien, la decisión de cualquier bando de ignorar este acuerdo podía precipitar a los civiles hacia los peligros más graves.

Durante un tiempo al menos, la muerte de Preziosi y Plicque pareció la excepción que confirma la regla. Ese código de protección siguió funcionando en general a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, aun cuando el número de refugiados y de personas desplazadas se incrementó desde el millón de personas hasta decenas de millones.

EL ACUERDO SE DESHACE

Irónicamente, el acuerdo empezó a resquebrajarse en un momento en que el mundo esperaba lo que más tarde demostró ser un falso renacer de la esperanza. En la época de la rivalidad de las superpotencias, la pesadilla mundial se centraba en la amenaza de un holocausto nuclear. Los problemas de los pequeños estados se mantenían a raya de algún modo. Cuando finalizó la guerra fría y desapareció la amenaza de una conflagración nuclear, algunos hombres de estado predijeron una era ininterrumpida de paz y prosperidad económica.

Sin embargo, una serie de conflictos étnicos, religiosos y de otro tipo, que habían permanecido latentes durante largo tiempo, acabaron estallando, a menudo dentro de los estados más que entre éstos. Las normas que regían el trabajo humanitario y el destino de los necesitados de ayuda empezaron a cambiar espectacularmente. Hasta entonces, los gobiernos habían sido los principales responsables de la seguridad, tanto de los funcionarios de ayuda humanitaria como de los refugiados. Pero, en estas insurrecciones de nuevo cuño, con frecuencia las capitales estatales se veían incapaces o, a veces, simplemente se negaban a intervenir en su ayuda. Los funcionarios y los refugiados se convirtieron en blancos concretos de uno u otro bando más que en víctimas ocasionales y accidentales.

El personal sobre el terreno del ACNUR había trabajado hasta entonces al margen de las guerras, asistiendo a los refugiados cuando llegaban a un lugar seguro en un segundo país. Pero, durante los años 90, en el norte de Irak, los Balcanes, África Central y muchas otras zonas, el personal de la agencia empezó a trabajar en el ojo mismo del huracán.

Los resultados pueden ser horrorosos.
© S . SALGADO

El número de organizaciones privadas de ayuda humanitaria proliferó. Trabajaban en algunos de los lugares más arriesgados y remotos, muchas veces sin la protección que las grandes organizaciones internacionales proporcionan a sus empleados, convirtiéndose en nuevos objetivos de provecho. El Comité Internacional de la Cruz Roja había estado operando en zonas difíciles en guerra durante muchos años, pero también esta agencia notó el deterioro de las condiciones y el hecho de que sus trabajadores eran, cada vez más, el blanco de ataques intencionados.

Por supuesto, la comunidad internacional todavía era bienvenida a las zonas en crisis, aunque a menudo por la razón equivocada. Las agencias de ayuda humanitaria eran las únicas que podían asistir a las cientos de miles de personas desplazadas. Pero éstas —y sus suministros, como vehículos, alimentos y equipos de radio— se convirtieron gradualmente en lucrativos botines. Describiendo la provocación de adolescentes armados durante una operación, un funcionario de ayuda dijo una frase memorable: «El rifle AK47 es su versión de la tarjeta de crédito. Pueden conseguir lo que quieran con él y no vacilan en hacerlo.»

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