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“SIN TIEMPO PARA ESCRIBIR UNA ÚLTIMA CARTA, PARA LLORAR Y GRITAR”

La seguridad se ha convertido en un problema cotidiano para los trabajadores humanitarios, tanto de las grandes organizaciones internacionales como de las agencias pequeñas y privadas. El mundo exterior se entera de los peores incidentes, los asesinatos o secuestros importantes, pero rara vez de problemas más numerosos como palizas, amenazas de muerte, atracos, desplazamientos por territorios en guerra y otras situaciones dantescas:

SRI LANKA, 1997

Chico, ¡qué calor!… Con estos chalecos antibalas y las chapas blindadas por delante y detrás. El sudor que gotea desde el casco empapa la espalda.

¿Cuarenta y cinco o cincuenta grados centígrados, quién sabe, a quién le importa, quién se atreve a respirar de todas formas?

Oscuridad total. Ahí esta la granja abandonada a mitad de camino; el pequeño altar hindú con todas esas cintitas de colores, los cocoteros rotos donde los camioneros rezan de día tras cruzar la tierra de nadie.

Las palmeras con sus copas destrozadas por la artillería.

Big Dany, el conductor, está tan tranquilo, se oculta tras el volante y conduce tan despacio… A paso de tortuga, palmo a palmo, igual que los cinco camiones vacíos que vienen detrás.

SRI LANKA: Los trabajadores humanitarios suelen verse obligados a cruzar una peligrosa tierra de nadie entre las tropas gubernamentales y la guerrilla tamil para llegar hasta los desplazados internos.
ACNUR/M. KOBAYASHI

Esperando el «boom» que nos indique, durante una fracción de segundo, que estamos muertos y que nunca llegaremos a casa, que nos haga ver que la mina nos ha alcanzado.

Sin tiempo para escribir una última carta, para llorar y chillar. Avanzando con cuidado: otras 500 metros, 400, 300, 200, 100… ¡Caray! Lo conseguimos. ¡Completamente mojados! ¡Empapados! ¡Destrozados!

Nos saluda ese soldadito vestido de negro con su gran metralleta en el puesto de control rebelde.

Dany, tengo hambre; vamos a pedir el curry más picante de este antro de camioneros, un poco de leche de coco para recuperar las sales perdidas y el agua y bajar otra vez el nivel de adrenalina. ¿Todavía nos funcionan las piernas?

Ha sido decisión mía lo de intentar volver de territorio rebelde pasando por el frente. ¿No me prometió mi amigo el brigada dejarme entrar y abrir las barreras de la línea de bunkers incluso si volvía de noche de territorio rebelde?

¿No le dije a mi amigo, el comandante rebelde del puesto de control, que el ejército nos dejaría cruzar, incluso entrada la noche?

¿No me contestó él que si nuestro convoy cruzaba no habría viaje de vuelta, que minaría la tierra de nadie esa noche y dispararía sobre cualquier objeto en movimiento?

¿Acaso no era yo responsable de Dany, de cinco camioneros, cinco acompañantes y de mí mismo?

El ejército no abrió la barrera. Tuvimos que volver por la tierra de nadie. La mina no nos hizo pedacitos.No nos dispararon.

El curry estaba más picante que nunca.

– Kilian Kleinschmidt

KOSOVO, 1999

KOSOVO: La vida era extremadamente peligrosa en la provincia antes de que las fuerzas de la OTAN interviniesen en 1999 y los equipos sobre el terreno del ACNUR hicieran un
seguimiento de las condiciones de vida de los civiles, proporcionando su ayuda.
ACNUR/L. SENNIGALLIESI

En la carretera principal de Pristina a Podujevo, en Kosovo. Había llegado el día anterior y era mi primera misión a campo abierto. Tropas serbias fuertemente armadas, tanques y transportes de soldados a nuestra derecha. Se escuchan tiros esporádicamente en las colinas a la izquierda.

Sin previo aviso, los serbios abren fuego con todo lo que tienen, sobre la carretera principal y el tráfico. Podemos oír los disparos de los cañones de 20 mm silbando en el aire justo por encima de nuestro vehículo.

Nos refugiamos en un garaje de ladrillo cercano durante una hora, hasta que el fuego de artillería baja en intensidad. Finalmente seguimos camino y completamos la misión.

De regreso a Pristina nos encontramos con miembros de la Misión de Verificación de Kosovo, a cubierto y con ropas de protección, porque el Ejército de Liberación de Kosovo ha empezado el contraataque contra los serbios.

Un miembro de la misión nos dice que hay un albanés en una aldea cercana que, si no recibe diálisis en Pristina, morirá. «¿Podéis ayudarnos?»

Damos la vuelta, conducimos a través del peligro otra vez, recogemos al paciente y a su hijo. En el hospital de Pristina, el hijo pregunta: «Nos vais a esperar para llevarnos de vuelta, ¿verdad?» Imposible transcribir aquí la respuesta de un compañero. Le pregunto: «¿Todos los días es así?» Simplemente sonríe.

– Brian Golesworthy

MALI

Volvíamos a nuestro todoterreno en el norte de Mali, después de una reunión con un líder de retornados tuareg, cuando dos hombres con turbante y máscara, blandiendo rifles kalashnikov, irrumpieron desde un edificio vacío.

Hubo algunos disparos, pero, antes de que pudiera sentir miedo o correr, entraron en el vehículo y se dieron a la fuga. Sólo cuando el coche hubo desaparecido me di cuenta de que mi conductor había sido alcanzado. No perdió la vida, pero su evacuación fue terriblemente larga y penosa.

Tuvimos suerte de encontrar una misión de la Cruz Roja con vehículo y radio.
Pero la diferencia de frecuencia y nuestra incapacidad  para contactar con la oficina del ACNUR más cercana complicó las comunicaciones. Finalmente pudimos dar la señal de alarma a
MALI: Retornados de camino al mercado.
ACNUR/C. SHIRLEY
través de una oficina de la capital, a 1.600 kilómetros de distancia.

Las consecuencias directas de este incidente fueron mínimas para los refugiados y retornados. Pero sí estuvieron preocupados por que el incidente hiciera salir del país a las organizaciones internacionales.

Revisamos nuestras medidas de seguridad y optamos por usar escoltas de gendarmes armados en las misiones sobre el terreno. Nos llevó bastante tiempo convencer a los refugiados de que los aceptaran. Tenían aún muy fresco el recuerdo de la lucha armada con las fuerzas del gobierno.

– Carolyn Wand

TURQUIA, 1991

TURQUÍA: Refugiados kurdos en las montañas turcas cercanas a Irak en 1997.
© S. SALGADO
No había calefacción en la habitación de la ciudad turca donde estaba haciendo las entrevistas a los solicitantes de asilo y refugiados y llevaba puesto mi abrigo. Una persona, cuya petición ya había sido rechazada, vertía todas sus desgracias, problemas y frustraciones sobre mí. Todo el mal que había experimentado en su vida era culpa del funcionario que tenía enfrente.
" Me abrazó
para
inmolarnos en una macabra
danza de la
muerte."

De repente abandonó la habitación y tuve la sensación de que se avecinaba peligro. Cerré miportátil y sin razón aparente me desabroché el abrigo. El hombre se precipitó en la habitación con una botella llena de gasolina, empezó a rociar el líquido por encima de ambos y prendió fuego. Me abrazó para inmolarnos juntos en una macabra danza de la muerte. Me escapé deslizándome fuera del abrigo, dejándoselo en las manos, con una de sus piernas ardiendo. Días más tarde me escribió una carta desde su cama en el hospital: «Querido Sr. Quintero, quería matarlo, pero, por favor, ayúdeme.»

– Roberto Quintero Mariño

 

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