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UNA NUEVA CATÁSTROFE

Veintiún años de guerra... y ahora una sequía devastadora.

Por Yusuf Hassan

La desgracia vuelve a cebarse con Afganistán. Con el nada envidiable récord de generar la mayor y más antigua población refugiada del mundo, el país se encuentra ahora paralizado por una de las peores sequías que se recuerdan, una sequía cuyos efectos se han dejado sentir ya en forma de reguero de muerte y destrucción.

Doce millones de personas han resultado afectadas, cuatro de ellos gravemente. Se han perdido las cosechas, se han marchitado los campos y los huertos, se han secado ríos, presas y pozos y se han extinguido los rebaños de ganado, que suponen una fuente de sustento para millones de afganos. La producción cerealista ha descendido un 50 por ciento y el país necesita ahora 2,3 millones de toneladas de alimentos.

Según las Naciones Unidas, «después de un año excepcionalmente difícil para los afganos, se espera que, en el 2001, los niveles de miseria alcancen proporciones aún mayores », con millones de personas amenazadas por la hambruna.

Decenas de miles de afganos se han lanzado a la carretera, tanto dentro como fuera del país, en un intento desesperado por sobrevivir. Un éxodo constante se dirige hacia las principales ciudades, como Kabul, Kandahar, Herat, Mazar-i-Sharif y Jalalabad. Más de 70.000 personas han huido desde las provincias más afectadas al oeste de Afganistán hasta la ciudad de Herat, donde la ONU ha levantado numerosos campamentos. En el norte, los desplazados han acampado en refugios improvisados, en escuelas y edificios públicos o han sido acogidos por otras familias. Son muchos los que han cruzado la frontera con Pakistán e Irán.

La sequía ha agudizado enormemente la devastación de un país deshecho por 21 años de guerra sin cuartel que no da señales de remitir.

La invasión soviética de Afganistán en 1979 precipitó el éxodo de 6,2 millones de afganos hacia las vecinas Irán y Pakistán. La salida de las tropas soviéticas en 1989 y la caída del régimen de Najibullah en 1992 hizo concebir esperanzas de paz durante un breve periodo, pero el victorioso movimiento de los muyaidines se fragmentó rápidamente en facciones enemigas.

La repentina ascensión de los talibanes en 1994 no pudo impedir que el país se precipitase hacia el caos y hacia otra sangrienta guerra civil.

Desde que tomaron la capital, Kabul, en 1996, los talibanes se han esforzado sobre todo en derrotar a su principal adversario, la Alianza del Norte, dirigida por Ahmed Shah Masoud, que controla la esquina nororiental de Afganistán. Ambos bandos sostienen desde entonces un encarnizado vaivén de luchas que modifica constantemente la línea del frente pero que no consigue inclinar la balanza decisivamente hacia ningún lado.

En septiembre los talibanes se apoderaron de la ciudad de Taloqan, que hacía las veces de cuartel general del todavía presidente oficial de la nación, Burhanuddin Rabbani. También se hizo con el control de las principales rutas de acceso a Tajikistan.

DE NUEVO EN FUGA

Al menos 70.000 personas han huido al renovarse los combates, sumándose a las que ya intentaban escapar de los estragos producidos por la sequía.

Unos 10.000 civiles han quedado atrapados, con temperaturas bajo cero, entre dos franjas de tierra del río Pyandj, que marca la frontera con Tajikistan, tras haberles sido denegado el permiso para entrar en ese país.

Otras 60.000 personas huyeron a Pakistán antes de que sus autoridades cerrasen las fronteras en noviembre de 2000, alegando que no podían recibir más refugiados ante la continua falta de apoyo económico internacional.

Los efectos de la sequía y la guerra en Afganistán.
© R. VENTURI

A pesar de que ya han regresado casi 4,4 millones de los más de seis millones de afganos que huyeron de la invasión soviética (una de las mayores repatriaciones de refugiados desde que se fundó el ACNUR), Pakistán e Irán aún albergan conjuntamente a unos 2,6 millones de afganos. Además, se desconoce el número exacto de civiles de esta nacionalidad dispersos por todo el mundo, lo que les convierte en el «mayor» y «más antiguo» grupo de refugiados de la historia moderna. Por otro lado, hay entre 600.000 y 800.000 desplazados internos en el país.

El futuro, que nunca ha sido demasiado esperanzador, sigue siendo muy poco prometedor.

Los países  de  acogida empiezan  a padecer  la «fatiga  del  refugiado», con un creciente

sentimiento de xenofobia por parte de las poblaciones locales hacia estos visitantes. A medida que las oportunidades de asilo se deterioran, los afganos, que entran en su tercera década de exilio, empiezan a sentir que ya no son bien recibidos.

«Recuerdo perfectamente los días en que un flujo incesante de dignatarios visitaba los campos de refugiados, hablando de la necesidad de aliviar la miseria y el sufrimiento humanos», señala Hasim Utkan, actual Representante del ACNUR en Pakistán, quien también trabajó allí en los años 80. «Esas escenas me parecen ahora distantes y desdibujadas. Con el cambio en las preocupaciones estratégicas, la aparición de nuevos casos de refugiados y el creciente desinterés de los medios de comunicación, los refugiados afganos ya no están de moda.»

ABANDONO

Lo que hace que la situación de Afganistán sea especialmente difícil es su brusco abandono por parte de las mismas naciones que contribuyeron a su inestabilidad, incluidas las antiguas superpotencias. Al final de la guerra fría, Afganistán dejó de estar en el radar de las emergencias globales y el mundo desvió su mirada hacia otras crisis. Perdió el carácter estratégico necesario para seguir estando en el centro de atención.

Las contribuciones al programa afgano del ACNUR cayeron en picado hasta alcanzar mínimos históricos, obligando a reducciones drásticas en la asistencia a los refugiados. La situación dentro de Afganistán ha seguido deteriorándose debido a la guerra y ahora por la sequía.

Los esfuerzos para ayudar a los refugiados afganos a regresar a sus hogares se han visto frustrados por la fuerte presión económica, el fracaso de las instituciones, las violaciones de los derechos humanos y los programas y las políticas puestas en práctica por las autoridades.

Según un sondeo reciente del ACNUR entre 4.025 cabezas de familia de retornados, un 24 por ciento no tiene trabajo estable, un 41 por ciento ha regresado para encontrar su casa completamente destruida, un 11 por ciento tiene problemas relacionados con minas terrestres o proyectiles sin explotar, un 45 por ciento no tiene acceso alguno a servicios de salud y el 79 por ciento no puede mandar a sus hijos a la escuela.

Los refugiados afganos y el ACNUR se enfrentan a la disyuntiva «entre un regreso incierto y una política de asilo en deterioro, ambos en el contexto de unos recursos muy limitados», dice Mustafa Djemali, director del ACNUR para la región del suroeste asiático. Para conseguir un regreso sostenible, asegura, la comunidad internacional tiene que volver a centrarse en Afganistán y ayudar a la reconstrucción de su arruinada infraestructura.

Los sucesivos intentos de encontrar una solución política no han dado ningún resultado. El conflicto presenta una compleja interrelación de factores internos, regionales y globales y no puede ser considerado sólo como una guerra civil. La ONU ha acusado a «distintos protagonistas externos » en ambos bandos de seguir alentando el conflicto.

No hay testigos extranjeros ni cámaras de televisión para hacerse eco de la espantosa tragedia de Afganistán. El pueblo afgano sigue soportando la destrucción provocada por una guerra oculta que el mundo ha decidido ignorar.


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