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ESTAMOS CASI AL LÍMITE


UN MODESTO PRIMER PASO

Las propuestas actuales, aun cuando lleguen a adoptarse, supondrían sólo un modesto primer paso hacia la creación de un clima más «hospitalario», tanto para trabajadores humanitarios como refugiados.

También es preciso abordar muchas otras cuestiones de gran complejidad.

La seguridad de los refugiados, así como la de los trabajadores de ayuda humanitaria, se ha deteriorado bruscamente en los últimos años. Se han producido asesinatos en masa y genocidios, como ocurrió en Ruanda en 1994. Incluso después de llegar a un lugar aparentemente seguro en un estado vecino, los refugiados han seguido sufriendo acoso militar, político y sexual.

“ En los últimos años hemos intentado mejorar nuestra seguridad y hemos hecho algunos progresos.”

Los procedimientos de asilo se han endurecido en Europa y otras regiones del mundo, ayudando a crear un peligroso y degradante pero lucrativo comercio de millones de dólares en torno al tráfico de seres humanos.

Pese al creciente peligro, la tarea de alimentar y proteger a cientos de miles de refugiados continúa.
© S.SALGADO

Alrededor de unos 20-25 millones de desplazados internos han quedado desarraigados de sus hogares, pero, como se han visto forzados a un exilio «interno» en vez de «externo», han recibido menos atención internacional o protección legal que los refugiados. Sólo recientemente la comunidad internacional ha empezado a plantearse cómo ayudar de forma más eficaz a este grupo de gente.

Un tema con un componente cada vez más emocional es el destino de los empleados locales de la ONU y otras agencias, especialmente cuando las emergencias se vuelven peligrosas. Suelen suponer el porcentaje más elevado entre los funcionarios de ayuda humanitaria de cada operación y llevan a cabo las tareas más peligrosas. Pero, aunque el personal internacional cuenta, en última instancia, con la posibilidad de ser evacuado de una situación difícil, el personal  nacional  no puede  hacerlo,

debido a las normas de la ONU o a las leyes locales, o deben negarse a ello porque tienen familia en la región. Algunos de estos empleados han sufrido la «pena máxima», pero su sacrificio rara vez se tiene en cuenta. Nunca se ha resuelto oficialmente cómo ayudar a las familias de estas víctimas y la única compensación que han recibido en ocasiones han sido donaciones privadas de otros colegas con mayor fortuna.


Las Naciones Unidas y literalmente cientos de organizaciones no gubernamentales trabajan codo a codo en las principales operaciones y a menudo cooperan sobre el terreno en coyunturas concretas. Pero los intentos por formalizar y fortalecer los acuerdos han fracasado. Ninguna ONG, por ejemplo, ha suscrito con la ONU el Memorandum de Entendimiento Mutuo de 1996-7 debido a sus grandes deficiencias. Una reunión celebrada a finales del año 2000 en Ginebra sobre cuestiones de seguridad concluyó que «se da por sentado (…)que la colaboración en seguridad es una de las ventajas en la acción humanitaria».

Pero, en muchas ocasiones, añadía, las ONGs pueden querer «abstenerse de una colaboración en seguridad por cuestión de principios (…) o evitar ser identificadas como asociados. El debate actual entre las agencias humanitarias sobre el uso de escoltas armadas pone de relieve las disyuntivas a las que se enfrentan las organizaciones independientes. Otras veces las ONGs necesitan acentuar su imagen de imparcialidad por razones de acceso y seguridad, viéndose forzadas a distanciarse de la ONU y de sus mecanismos de coordinación».


Las actuales propuestas
supondrían un primer y modesto paso hacia la creación de un clima más “hospitalario”, tanto para los trabajadores de ayuda humanitaria como para los refugiados.

NEUTRALIDAD


Una de las cuestiones más controvertidas en el mundo humanitario es el tema de la «neutralidad» y hasta qué punto los trabajadores civiles deben actuar en estrecha cooperación con unidades militares. Muchas ONGs insisten en que, independientemente de sus ventajas logísticas, este tipo de acuerdos socava totalmente su neutralidad y su carácter humanitario.

Esto es cada vez más importante en el contexto actual, donde muchos grupos de insurgentes no se sienten vinculados a las normas de conducta tradicionales y donde depende de los funcionarios humanitarios «demostrar» su buena fe, en vez de presuponer que estarán protegidos por el carácter de su trabajo.

Por su parte, el ACNUR ha trabajado con fuerzas de pacificación de la ONU en Bosnia y otros lugares y con los ejércitos de algunos países en África Central, donde suministraban el tipo de apoyo logístico del que los grupos civiles carecen cuando se trata de operaciones en las que están implicadas muchas personas.

Tras el asesinato de unos trabajadores humanitarios del ACNUR, en septiembre de 2000, sus compañeros se manifiestan en Ginebra. Miles de personas en todo el mundo han firmado una petición exigiendo al Consejo de Seguridad que haga frente a situaciones como ésta.
ACNUR/S.HOPPER

Las diferencias metodológicas y de planteamiento nunca fueron tan evidentes como en 1999 en Kosovo, donde muchas ONGs criticaron al ACNUR por su decisión no sólo de trabajar con los militares, sino de cooperar específicamente con un bando, la OTAN, que era una de las facciones involucradas directamente en el conflicto.

Aunque todo el mundo está de acuerdo en que los trabajadores civiles no deben ir armados, ¿hasta qué punto pueden ir acompañados de escoltas armadas y cuándo? Por primera vez y de mala gana, la Cruz Roja accedió a una protección armada para sus delegados durante el caos de Somalia en 1992.

En 1999, cuando dos trabajadores de las Naciones Unidas fueron asesinados por extremistas hutus en Burundi, algunos de sus compañeros declararon que podría haber habido más muertes si uno de los funcionarios que les acompañaba no hubiese ido armado. Sin embargo, en el incidente en que se vio envuelto François Preziosi del que dábamos cuenta al principio de este artículo, los congoleños armados y refugiados tutsis incrementaron su frenético ataque contra los dos civiles al descu-

brir que portaban un arma. Actualmente, el trabajo humanitario es víctima de una peligrosa contradicción.

Los refugiados necesitan la máxima ayuda en un momento en que los trabajadores humanitarios corren más peligro que nunca. En 1999, en Timor Oriental, los funcionarios humanitarios se resistieron a las exigencias de la sede central de abandonar la capital, Dili, insistiendo en que, al hacerlo, se desencadenaría una masacre entre los civiles hacinados en su recinto. Sin duda salvaron muchas vidas.

Sin embargo, los acontecimientos en Timor Occidental, justo un año después, demostraron que la línea entre tomar la decisión correcta en circunstancias difíciles y pagar el precio máximo es tan fina como el filo de una cuchilla de afeitar.


«Esta gente puede matar a un ser humano con la misma facilidad con que yo mato mosquitos en mi habitación…»

Carlos Cáceres, norteamericano de treinta y tres años de edad, había llegado a Indonesia en marzo para prestar servicio como funcionario de protección de refugiados en Timor Occidental. Este licenciado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Cornell había trabajado previamente para el ACNUR en Moscú; su nuevo puesto en la ciudad de Atambua se encontraba en el filo de la navaja del trabajo humanitario. Carlos estaba, por un lado, encantado con la experiencia de trabajar en primera línea de la ayuda a los refugiados, pero, por otro, cada vez más inquieto por los posibles peligros. Cuando empezó a hablarse de una manifestación inminente de las poco amistosas milicias armadas, escribió el siguiente email a un amigo:

Espero que mi próximo destino sea una isla tropical, sin malaria ni soldados locos. En este preciso instante, estamos atrincherados en la oficina. Ayer por la noche asesinaron a un líder de la milicia. De repente, Atambua se ha paralizado al correrse el rumor de que vienen hacia aquí camiones y autobuses llenos de milicianos… La ciudad se ha quedado desierta y todas las tiendas han sido asaltadas en cuestión de minutos. Menos mal que hace dos semanas compramos un montón de rollos de alambrada.

Estaba en la oficina cuando llegó la noticia de que una ola de violencia azotaría pronto Atambua. Hemos mandado a casi todo el personal a casa. Acabo de oír a alguien decir en la radio que están rezando por los que nos hemos quedado en la oficina. Las milicias están de camino y estoy convencido de que harán lo que puedan por demoler esta oficina. Esta gente actúa sin pensar y puede matar a un ser humano con la misma facilidad con que yo mato mosquitos en mi habitación.

Deberías ver la oficina. Paneles de madera en la ventana, el personal asomándose al exterior por las aberturas de las cortinas instaladas a toda prisa hace sólo unos minutos. Esperamos al enemigo, sentados como si fuéramos carnada, desarmados, esperando a que golpee la ola. Menos mal que me voy de la isla durante tres semanas. Sólo espero poder irme mañana.

Mientras espero a que los milicianos cumplan con su cometido, voy a preparar la agenda para la reunión de mañana en Kupang. El objetivo de la reunión: discutir cómo debemos proceder en esta operación.

Carlos.

Mientras su amigo leía este e-mail al otro lado del mundo, Carlos Cáceres y dos compañeros del ACNUR eran asesinados a machetazos en su oficina. Posteriormente, sus cuerpos fueron quemados.

 

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