Viaje a las tinieblas
Un grupo de mujeres sentadas a la sombra se trenzaba el pelo cuando nuestro convoy, compuesto por seis funcionarios de las Naciones Unidas y tres funcionarios locales en misión de valoración, se detuvo frente a la oficina comunal. Sin previo aviso, estalló un tiroteo y un grupo de hombres armados, vestidos con uniformes andrajosos, corrió hacia nosotros. «Volved al coche», gritó uno de mis compañeros, pero me maldije a mí mismo mientras, tumbado en el asiento trasero, escuchaba el golpe seco de las balas atravesando la carrocería del vehículo. De repente sentí en el cuello el calor de la sangre que manaba desde mi cabeza.
Mis gafas de sol estaban manchadas por la sangre que me goteaba desde la frente. Tenía un intenso dolor de cabeza y miedo a perder la conciencia. Vi cómo ardían nuestros coches entre un espeso humo negro y el sonido de explosiones. Había alrededor de 30 hombres armados hasta los dientes. Algunos eran muy jóvenes, muchachos de 16 años que estaban especialmente agitados y me gritaban. Uno le había quitado las gafas a Saskia, que no podía ver nada. Hablé con él y se las devolvió, pero no sus botas. Las últimas palabras que le oí decir fueron de incredulidad: «Hasta me han quitado los zapatos.» Los hombres armados empezaron a retirarse. Otra explosión y luego ya no recuerdo claramente lo que sucedió. Escuché un único y estridente disparo muy cerca de mí. Me puse de pie de un salto y corrí, pasé a tres compañeros por mi izquierda y alcancé la esquina de la casa. VÍCTIMAS Miré hacia atrás y vi a Saskia echada sobre el lado izquierdo, con su cabello rubio empapado de sangre. Luis yacía muerto junto a ella. Un momento después Guy, otro colega de la ONU, alcanzó la misma esquina. Le dije: «Esto es el fin.» Sentí la muerte en ese instante, un miedo profundo y un negro vacío. Guy desapareció e, increíblemente, volvió poco después con otros dos compañeros. «Corred», gritó. Corrimos. A través de un mercado callejero, por una cuesta abajo, a través de la carretera, esperando en todo momento un tiro en la espalda. Nos protegimos tras una roca. Un niño del pueblo pasó junto a nosotros arrastrándose sobre la barriga, con sus zapatillas de plástico en las manos. Nos arrastramos tras él. Leo estaba herida en el pecho y ya no podía correr. La sostuve y seguimos a Guy y Kathleen a distancia. En la primera granja que encontramos, una familia nos dio agua. Yo había perdido bastante sangre y ya casi no tenía fuerzas. Había dejado a Leo bajo un árbol, pero, cuando volví con la familia, no la encontré. Me había equivocado de árbol. De nuevo estalló el tiroteo. El granjero me apremió a que corriese. Finalmente volví a alcanzar a Guy y Kathleen y cruzamos un río. Me sentí más seguro. Cada vez nos topábamos con más aldeanos. Nadie nos hablaba. Los hombres nos miraban con una expresión vacía en los ojos. Las mujeres observaban mis ropas empapadas en sangre con miedo y pena. Nunca olvidaré esa travesía a través de los campos, entre gente que huía de sus casas, habiendo perdido a su familia o dejado atrás, como nosotros, a amigos muertos. Después de cruzar numerosas plantaciones de azúcar, llegamos a una fábrica, a lugar seguro. Nos llevaron a una casa de campo con un hermoso jardín y vistas a los llanos de Tanzania; la luz del sol, los pájaros y las ramas de los árboles. Vida. Guy volvió con el ejército para recuperar los cuerpos de Saskia, Luis y el ayudante burundés del director de la fábrica. También trajeron a Leo, a la que habían encontrado unos granjeros. En una clínica local le vendaron la herida y a mí me extrajeron fragmentos de cristal y bala del cráneo. Volamos de regreso a casa con los cuerpos de nuestros amigos metidos en bolsas en el pasillo del avión. Pensé: «Es tan fácil… la forma en que se apaga la luz de una persona. Nosotros, los supervivientes, hemos tenido un pie en las tinieblas y la experiencia nos sigue obsesionando y perturbando. Y la tristeza por los compañeros que se han ido permanece.»
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