Tiempo de reflexion Me doy cuenta de que, personalmente, he estado subiendo por una escalera mortal, aceptando riesgos cada vez mayores y mas incontrolados en mi vida y mi trabajo. Me pregunto en qué medida he sido responsable de esta espiral de peligro, en qué medida era un peligro institucionalizado y, finalmente, qué influencia ha tenido el hecho de vivir en un mundo cada vez mas caótico. Después de 12 años de trabajo humanitario, principalmente en zonas de peligro, mi fascinación por lo excitante o lo desconocido, que al principio me hacia correr riesgos innecesarios, se ha calmado. Pero ha sido sustituida por el deseo institucional de estar en el sitio justo, de ser el primero en llegar y el último en irse, y por otro tipo de consideraciones como el impacto en los medios, los donantes y los gobiernos. Esta perspectiva estaba bien hace unos cuantos años, cuando los bandos beligerantes respetaban ciertas reglas. Los incidentes eran accidentes, no acciones deliberadas y objetivos concretos. Las grandes potencias podían activar y desactivar un conflicto si era necesario, y todos, los que trabajabamos allí, teníamos claro quienes podíamos hacerlo, cuando y como. Hoy nuestros símbolos y banderas han dejado de respetarse. ¿A quién le importan los colores azul y blanco de la ONU o una cruz roja? ¿Cuántas veces tenemos que ocultar nuestra identidad humanitaria para evitar convertirnos en objetivos? ¿Cuántas veces traicionamos nuestros principios y mandatos al trabajar sólo, por ejemplo, bajo escolta militar? Por el hecho de dirigir operaciones de ayuda en una de las zonas más caóticas del mundo, me enfrento a diario con el mismo dilema: ayudar a los necesitados sin exponer a los equipos sobre el terreno a demasiados riesgos. MUERTES INNECESARIAS En los últimos 10 años son muchos los compañeros que han muerto, no como resultado del pillaje, sino por su pertenencia a una determinada organización. Mientras las agencias tengan que seguir respondiendo a presiones externas de los gobiernos o los medios de comunicación, mientras persista la competitividad entre los propios grupos humanitarios, el trabajo no dejará de ser peligroso. El ACNUR ya ha diseñado una serie de criterios de asistencia. Lleva a cabo prácticas de seguridad y envía expertos en seguridad sobre el terreno a los lugares problemáticos. Pero necesitamos ponernos de acuerdo urgentemente sobre las «normas de compromiso» básicas y las condiciones mínimas de trabajo, vida y dotación de los trabajadores. Las operaciones más relevantes reciben fondos, equipamiento, equipos de emergencia, funcionarios de seguridad y, a veces, hasta soldados de la ONU. El riesgo es menor. Pero la mayoría de nosotros trabajamos en rincones olvidados del mundo. ¿Cómo le explicas tu a los refugiados, cuando estas allí, que han reducido una vez más las raciones de comida a unos pocos cientos de calorías por problemas presupuestarios, que los niños no pueden ir a la escuela secundaria y que no hay fondos para tratar las enfermedades crónicas? Muchos de nosotros pasamos días enteros sentados junto a nuestros vehículos estancados en el barro, averiados, sin una antena en condiciones que nos permita dar la voz de alarma. ¿Acaso no sabemos lo que es compartir un solo ordenador para toda la oficina o tres walkie-talkies entre 10 personas, pasar tardes aburridísimas en la selva, porque un generador de más de cinco años se ha vuelto a estropear? El constante -aunque mortal, en potencia- bajo nivel de seguridad es el resultado de operaciones infrasubvencionadas y mal equipadas. Tenemos que plantearnos medidas urgentes para proteger principios, mandatos y vidas, estipulando unos umbrales aceptables y unas normas de intervención adecuadas. Se necesitan donantes concertados y campañas en los medios de comunicación, manteniéndonos siempre firmes al respecto. No se debe poner en marcha un programa de ayuda sin disponer de los recursos y la protección necesarios, no sólo por nuestra propia seguridad, sino también por la de la gente a la que intentamos ayudar.
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