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ESTAMOS CASI AL LÍMITE

LOS CAMPOS...

La vida cotidiana en un campo de refugiados es una experiencia angustiosa

“Se oyeron tambores de guerra…”

La violencia es inherente al mundo de los refugiados. La gente queda desplazada por guerras, persecuciones políticas, religiosas o de otro tipo. Su huida puede llevarles miles de kilómetros a través de campos de batalla, nuevos continentes y océanos, sin documentos oficiales y con poco dinero, su destino decidido por el capricho de un intermediario sin escrúpulos del tráfico de seres humanos, un policía de aduanas o un funcionario de inmigración. E, incluso, cuando aparentemente se encuentran seguros en un centro o campo de acogida, aún pueden sufrir acoso burocrático, encarcelamiento, palizas o violaciones.

El calvario de determinados grupos está bien documentado. Ante los focos de los medios de comunicación internacionales, casi un millón de personas de origen albanés huyeron o fueron expulsados de Kosovo por unidades serbias, lo que provocó el inicio de la ofensiva aliada y los bombardeos en la provincia. Cientos de miles de hutusruandeses  y timoreses orientales abandona-

Las mujeres afrontan peligros a diario, incluso realizando labores rutinarias como recoger leña.
ACNUR/E. EYSTER
ron sus hogares o fueron conducidos en masa hacia el exilio por milicias armadas y políticos mafiosos durante la década de los 90. Un número desconocido fue brutalmente asesinado durante este proceso.

Pero dar una imagen ajustada de los problemas de seguridad a los que se enfrenta la gran mayoría de las personas desplazadas del mundo —actualmente el ACNUR se ocupa de más de 22 millones de personas y hay un número parecido de desplazados internos que, por lo general, no reciben asistencia —, de cuándo empeora su situación y de cuál es la mejor forma de ayudarlas, se ha revelado como un asunto mucho más complejo.

En contra de lo que suele creerse, por ejemplo, Sarah Kenyon Lischer señala en un informe del ACNUR que el número de refugiados afectados por la denominada «violencia política» descendió drásticamente desde unos ocho millones en 1987 a 4,3 millones en 1998, principalmente por la reducción de las hostilidades entre la antigua Unión Soviética y Afganistán y en el conflicto árabe-israelí.

Más de 100 países han acogido refugiados en algún momento, pero el 95 por ciento de la violencia suele producirse en menos de 15 estados, siendo las naciones africanas responsables de hasta un 70 por ciento de los incidentes a finales de la pasada década, según el informe. A lo cual añadía: «El auténtico misterio es por qué las crisis de refugiados, que están impregnadas de miedo y animosidad, raramente conducen a la violencia.»

El informe definía la «violencia política» como ataques en los que se ven envueltos refugiados y fuerzas de su misma nación o de los estados receptores, violencia interna en países de acogida, guerra entre estados o conflictos étnicos entre refugiados. No incluía otros tipos de amenaza, a menudo más extendidos, como los incidentes domésticos o criminales perpretrados contra o entre los propios refugiados.

Jeff Crisp, director de la Unidad de Evaluación y Análisis del ACNUR, ha estudiado los problemas de seguridad a los que se enfrentan los más de 200.000 refugiados que viven en los dos campamentos principales de Kenia, Kakuma, en el noroeste del país, y Dadaab, en el noreste.

UNA HISTORIA ANGUSTIOSA

Su informe de 32 páginas describe un relato angustioso de comunidades enteras bajo asedio: sociedades milenarias, cuyas costumbres y leyes se resquebrajan bajo el peso del exilio y de la vida en «ciudades» de refugiados remotas y superpobladas; violencia como forma cotidiana de vida, incluidos los abusos sexuales generalizados, los ataques crminales por supuestos «bandidos » y los choques entre distintos grupos étnicos del mismo país, entre refugiados de distintos estados o entre refugiados y habitantes del lugar.

Las autoridades gubernamentales —que son las principales responsables de la seguridad de los refugiados— se ven incapaces o poco dispuestas a abordar el problema seriamente, según el informe, y las agencias humanitarias como el ACNUR tienen que hacer frente constantemente a limitaciones internas como la insuficiencia de fondos o a motivos profundamente enquistados, fuera de su control, para intentar solventar la situación.

Pese a que el informe de Crisp se ciñe específicamente a los campos de Kenia, los distintos escenarios descritos están, en mayor o menor medida, presentes en muchos otros casos de refugiados de todo el mundo, según aseguran los trabajadores sobre el terreno, aunque no tan bien documentados.

El informe destaca también la misma conclusión a la que llegan otros artículos de este número de REFUGIADOS: una vez que las amenazas a la seguridad de los refugiados se generalizan, los trabajadores humanitarios ya no pueden realizar sus tareas eficazmente (se quedan encerrados en los recintos de Dadaab y Kakuma desde que anochece hasta el alba), los problemas de seguridad se hacen más difíciles de resolver y el círculo vicioso se perpetúa indefinidamente.

Aunque el tipo de violencia descrita en este informe, casi «rutinaria», rara vez aparece en los medios de comunicación, Crisp cita a un experimentado trabajador humanitario según el cual la vida en el campamento de Dadaab es «en muchos sentidos más deprimente y peligrosa», que en otros conflictos más «visibles», como los de África Occidental o los Grandes Lagos. Un funcionario de seguridad del ACNUR llegó a referirse a Dadaab como una crisis «posiblemente peor que la de Kosovo».

Una consejera para casos de violación registró 192 ataques sexuales en sus primeros siete meses de destino en 1993 (en el 2000 se denunciaron 80 casos de violencia sexual). La mutilación genital femenina se sigue practicando ampliamente y la violencia doméstica «se acepta como algo normal entre la mayoría de los refugiados somalíes».

En Kakuma, en enero de 1999, fueron asesinados seis refugiados sudaneses, unos 300 resultaron heridos, 400 casas fueron quemadas hasta los cimientos y miles de habitantes del lugar huyeron después de que los grupos dinka y didinga se enfrentasen en una batalla campal con lanzas y espadas. Según lo describió un trabajador sobre el terreno del ACNUR, «se oyeron tambores de guerra procedentes de la comunidad dinka y se avistaron hombres jóvenes con lanzas y flechas…».

Los incidentes mortales, alentados por la aversión hacia otras nacionalidades o incluso por el abrumador aburrimiento de la vida en los campamentos, se producen incluso por el problema más nimio. Cuando dos somalíes que iban en bicicleta chocaron contra unos cuantos bidones de agua pertenecientes a un grupo de muchachos sudaneses, estalló una pequeña guerra de bandas en la que fue asesinada una persona y 24 resultaron heridas.


ABORDANDO EL PROBLEMA

El ACNUR y otras agencias humanitarias han hecho frente al problema integrando sus programas, combinando funciones clave como la protección, la asistencia, la gestión de los campamentos, la educación y los servicios comunitarios. La organización ha potenciado, además, la eficacia de las fuerzas de seguridad locales, tanto dentro como fuera de los campos, con apoyo económico, material y técnico.

Se ha introducido la autogestión comunitaria, con prioridad a la ley y el orden. En Dadaab se ha plantado una valla natural «impenetrable» de más de 150 kilómetros de espino para reforzar la seguridad, especialmente de las mujeres y las niñas. Se ha puesto en marcha un proyecto subvencionado por Ted Turner, fundador de la CNN, para aumentar la concienciación de los refugiados en torno a la violencia sexual. Se ha «sensibilizado» a las comunidades locales y se han puesto en marcha programas para combatir la delincuencia juvenil.

Un hospital de campaña en Daab.
ACNUR/L. TAYLOR
Los proyectos han hecho efecto. Pero, con frecuencia, el éxito a nivel local ha peligrado por problemas ajenos al control de los trabajadores sobre el terreno, como la continua carestía de fondos para programas educativos y de otro tipo (Estados Unidos donó recientemente 660.000 dólares al ACNUR para mejorar la seguridad de los campamentos) y otras causas muy arraigadas en cuestión de seguridad, incluidos el estado físico de las poblaciones refugiadas y la política global de cada país en materia de refugiados.

En ocasiones, los programas han tenido efectos secundarios inesperados. El informe menciona que se incita a muchas mujeres a aceptar nuevas responsabilidades y a participar activamente en los procesos de toma de decisión, al tiempo que cita a un antiguo refugiado según el cual «la mayoría de los ancianos y las personas que detentaban la autoridad en Somalia ahora ya no tienen ningún poder. La población ha perdido confianza en su liderazgo y los mira con recelo». Crisp añade: «Como sugiere  esta   cita, los distintos roles
de hombres y mujeres se han visto sujetos a determinados cambios, un factor que puede ayudar a explicar los altos niveles de violencia doméstica y sexual en los campamentos.»

El informe señala que ambos campamentos son «entidades con enormes disfunciones», poblados por personas que viven en circunstancias extremadamente difíciles, que padecen «traumas», «agresividad » o «fuerte estrés» y que sufren de «problemas emocionales y de conducta», condiciones que son aplicables a los demás campos del mundo. Pese a esta desalentadora imagen, también es cierto que las más de 200.000 personas huidas de una guerra han recibido asilo en un estado vecino y no se han visto obligadas a volver a sus aún caóticos países.

 

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