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ESTAMOS CASI AL LÍMITE


GOMA...

Miles de pensamientos cruzaron mi mente. ¿Saldría de allí con vida?

Por Panos Moumtzis

En cuestión de días, cientos de miles de aterrorizados hutus entraron en masa en la ciudad zaireña de Goma en 1994, abandonando armas y machetes a su llegada. Dos años más tarde, cuando la ciudad se vio envuelta en nuevos combates, los trabajadores humanitarios emprendieron una peligrosa huida.
ACNUR/P. MOUMTZIS
La primera señal de peligro empezó con una lluvia de fuego de mortero y cañones sobre la ciudad de Goma desde la cercana frontera ruandesa. Instantáneamente se desató el pánico entre los cientos de miles de refugiados instalados en grandes campamentos en la región. ¿Quién los atacaba y por qué?

Cuando volvíamos en coche al cuartel general del ACNUR, el terror se apoderó de la ciudad. Los propietarios de las tiendas echaban los cierres metálicos. Los niños corrían a sus casas y camiones atestados de soldados del Gobierno surcaban velozmente las calles.

Casi todos los aproximadamente 100 trabajadores humanitarios extranjeros, de unas 30 organizaciones distintas, se reunieron en una casa a las afueras de Goma. Ocho de nosotros nos quedamos en el sótano de la oficina del ACNUR, que se convirtió en el centro de operaciones y el punto de contacto con el mundo exterior a través de un solitario teléfono vía satélite.

La primera noche la pasamos destruyendo archivos delicados sobre solicitantes de asilo, temerosos de que sus vidas pudieran verse en peligro si la información caía en las manos equivocadas.

A la mañana siguiente, Ginebra decidió evacuar a todos los trabajadores de ayuda humanitaria. Yo había estado en Goma en 1994, cuando más de un millón de personas huyeron al Zaire Oriental. Ahora, dos años después, se les volvía a dejar desprotegidos, como peones de ese inacabable conflicto civil.

Al día siguiente decidimos no unirnos a las tropas del Gobierno que se retiraban ante el avance rebelde, temiendo convertirnos en escudos humanos. Sin embargo, a las pocas horas, los soldados irrumpieron en la oficina exigiendo las llaves de los cerca de 20 coches que había en el recinto. Uno de ellos disparó contra el techo. Fuera se escuchaban tiros por toda la ciudad.

Los soldados se llevaron cuatro coches. Mientras los mirábamos escapar, uno de los vehículos fue alcanzado por un obús y cuatro soldados murieron.

BAJO EL FUEGO

Avanzada la tarde, un mortero sacudió el suelo a sólo unos metros de distancia, haciendo temblar el edificio. Estaba claro que ahora éramos el blanco de ambos bandos. Éramos conscientes de nuestra vulnerabilidad. Las tropas del Gobierno podrían habernos matado fácilmente y haber culpado a los rebeldes tutsis. Muchos de los civiles que intentaban escapar de la ciudad resultaron muertos. Nosotros perdimos todo contacto con los refugiados.

Sólo unos meses antes, había disfrutado de la más hermosa boda y luna de miel, y ahora mi mujer estaba embarazada de dos meses. ¿Cómo podía mantener la calma y tranquilizarla cuando, al mismo tiempo, me estaban haciendo entrevistas en los medios por algo que se había convertido en una historia internacional de primera plana?

Un millón de pensamientos cruzó mi mente. ¿Saldría de allí con vida? ¿Debía empezar a escribir una carta a mi mujer? ¿Qué pasaría con mi hija? ¿Debía escribirla a ella también? ¿Y a mis padres? Otros compañeros ya lo estaban haciendo.

Aquella noche los disparos se fueron acercando a nuestro edificio. Minutos más tarde oímos pasos en la oficina. Nuestro consejero de seguridad dijo que nos quedaban unos minutos antes de ser encontrados y, posiblemente, asesinados. Desconecté el receptor del teléfono vía satélite por si sonaba y delataba nuestro escondite. Al final, los intrusos se fueron.

El segundo día, trabajadores humanitarios alojados en la «casa segura» a la que me referí antes nos contaron que muchos soldados que habían estado protegiéndoles habían muerto frente al edificio.

Hubo falsas alarmas. Recibimos una llamada telefónica, aparentemente de la embajada francesa en Kinshasa, y nos preguntamos si aquello presagiaba un intento de rescate por tropas cercanas de la legión extranjera. No ocurrió nada.

Después Ginebra nos informó de que un tal Capitán John contactaría con nosotros y nos escoltaría hasta la frontera ruandesa, a sólo tres kilómetros de distancia. Colocamos una bandera blanca en la puerta para identificar nuestra posición, pero no vino nadie.

Después de la cuarta noche, decidimos arriesgarnos, conduciendo primero hasta la casa segura y huyendo luego a la frontera. Aún había focos de resistencia en Goma, pero tomamos dos coches y aceleramos por calles vacías llenas de neumáticos en llamas y cadáveres de civiles y soldados. También estaba el peligro de las minas.

Alcanzamos la frontera ruandesa sin ningún incidente. Sentí que mi vida se prolongaba milagrosamente. Cuatro años más tarde vi el e-mail escrito por Carlos Cáceres minutos antes de ser asesinado. Me recordó que sólo era cuestión de suerte que yo aún siguiera vivo.


Moumtzis fue portavoz del ACNUR en Zaire Oriental en 1994 y 1996, después del genocidio ocurrido en la vecina Ruanda.

 

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