BAJO EL FUEGO Avanzada la tarde, un mortero sacudió el suelo a sólo unos metros de distancia, haciendo temblar el edificio. Estaba claro que ahora éramos el blanco de ambos bandos. Éramos conscientes de nuestra vulnerabilidad. Las tropas del Gobierno podrían habernos matado fácilmente y haber culpado a los rebeldes tutsis. Muchos de los civiles que intentaban escapar de la ciudad resultaron muertos. Nosotros perdimos todo contacto con los refugiados. Sólo unos meses antes, había disfrutado de la más hermosa boda y luna de miel, y ahora mi mujer estaba embarazada de dos meses. ¿Cómo podía mantener la calma y tranquilizarla cuando, al mismo tiempo, me estaban haciendo entrevistas en los medios por algo que se había convertido en una historia internacional de primera plana? Un millón de pensamientos cruzó mi mente. ¿Saldría de allí con vida? ¿Debía empezar a escribir una carta a mi mujer? ¿Qué pasaría con mi hija? ¿Debía escribirla a ella también? ¿Y a mis padres? Otros compañeros ya lo estaban haciendo. Aquella noche los disparos se fueron acercando a nuestro edificio. Minutos más tarde oímos pasos en la oficina. Nuestro consejero de seguridad dijo que nos quedaban unos minutos antes de ser encontrados y, posiblemente, asesinados. Desconecté el receptor del teléfono vía satélite por si sonaba y delataba nuestro escondite. Al final, los intrusos se fueron. El segundo día, trabajadores humanitarios alojados en la «casa segura» a la que me referí antes nos contaron que muchos soldados que habían estado protegiéndoles habían muerto frente al edificio. Hubo falsas alarmas. Recibimos una llamada telefónica, aparentemente de la embajada francesa en Kinshasa, y nos preguntamos si aquello presagiaba un intento de rescate por tropas cercanas de la legión extranjera. No ocurrió nada. Después Ginebra nos informó de que un tal Capitán John contactaría con nosotros y nos escoltaría hasta la frontera ruandesa, a sólo tres kilómetros de distancia. Colocamos una bandera blanca en la puerta para identificar nuestra posición, pero no vino nadie. Después de la cuarta noche, decidimos arriesgarnos, conduciendo primero hasta la casa segura y huyendo luego a la frontera. Aún había focos de resistencia en Goma, pero tomamos dos coches y aceleramos por calles vacías llenas de neumáticos en llamas y cadáveres de civiles y soldados. También estaba el peligro de las minas. Alcanzamos la frontera ruandesa sin ningún incidente. Sentí que mi vida se prolongaba milagrosamente. Cuatro años más tarde vi el e-mail escrito por Carlos Cáceres minutos antes de ser asesinado. Me recordó que sólo era cuestión de suerte que yo aún siguiera vivo.
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